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NOSTALGIA PARTE II

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arenaFina

Terminé esto y no sé si todavía estoy respirando. ¿De verdad va a lograr salvarlo en la horca, o eso fue solo un sueño dentro del sueño?

Terminé esto y no sé si todavía estoy respirando. ¿De verdad va a lograr salvarlo en la horca, o eso fue solo un sueño dentro del sueño?

Contenido de la publicación

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Esa criatura… fue la más pura y espantosa de mis perturbaciones. Antes de que siquiera pudiera rozarla, me golpeó con una saña desmedida. No fue un empujón ordinario; fue una descarga de odio puro y concentrado que me lanzó por los aires como si yo no fuera más que un muñeco de trapo viejo. Sentí de forma nítida cómo mis energías se desgarraban por completo al chocar contra el suelo; un dolor sordo que no era físico, pero que calaba y dolía mucho más que cualquier hueso roto, como si unas manos invisibles me estuvieran desmembrando el alma en mitad de la noche. Todo se fundió en un negro absoluto, denso y sepulcral.

Traté de levantarme de aquel vacío, arrancándome de los abismos del sopor, y entonces la realidad estalló ante mí con la fuerza destructiva de un incendio. No era una pesadilla común, no era un sueño piadoso, era una visión. Percibí una nitidez tan agresiva que me desgarraba las pupilas con el rigor de la vigilia: Lessán.

Está allí, en lo más hondo de un calabozo de piedra, bajo la luz escasa y temblorosa de una antorcha que apenas vence la humedad y la oscuridad. No hay asiento, ni mantos, ni dignidad: solo está recostado contra el muro frío, con cadenas de hierro forjado que le sujetan muñecas y tobillos, oxidados por los años y el salitre. Es la imagen de una bestia poderosa, derribada y encadenada, pero no domada, no vencida. Mueve rítmicamente entre sus dedos largos y manchados de hollín un pequeño retrato muy antiguo, desgastado por el roce incesante; parece contener el peso de un universo dinástico ya extinto por la traición, el último resto de todo lo que le arrebataron. Su mente, antes un engranaje frío y calculador, comenzaba a desquiciarse en un monólogo silencioso donde los rostros de los muertos se fundían con las sombras de la celda. Cada roce contra el metal era un recordatorio constante de su aniquilación, un goteo constante que pudría su juicio hasta reducirlo a espasmos de pura demencia contenida. Sus ojos, fijos en el vacío, ya no albergaban el brillo del estratega, sino El fuego hueco de quien ha cruzado la frontera de la razón para habitar su propio infierno. El delirio lo envolvía como una segunda piel, susurrándole promesas de venganza tan absurdas como inevitables en medio de aquel calabozo húmedo. Y mientras sus dedos apretaban el retrato hasta romperlo, comprendí que la peor condena no era el hierro en sus extremidades, sino el desmoronamiento absoluto de su alma.

Él no levanta la vista hacia mí, no sabe que estoy aquí, observando en este viaje sin cuerpo, invisible testigo de lo que el tiempo intentó borrar. Habla solo, con una voz grave y profunda que resuena entre los muros como el eco de un juramento antiguo, con el acento de los caballeros que partieron de las tierras de Inglaterra hacia Tierra Santa, con el lenguaje de los hombres del Temple:

—Me llamaron traidor —dice, acariciando el borde del retrato con una ternura que contrasta con la dureza de sus cadenas—. Me llamaron perjuro, enemigo de la fe y de la corona. Yo que cargué la cruz sobre mi pecho en las arenas de Oriente, yo que derramé mi sangre por la causa que el Pontífice bendijo, yo que entregué mi espada y mi vida a la orden, al rey y a Dios… terminé arrojado a este agujero, acusado por quienes temían lo que éramos, por quienes codiciaban lo que habíamos construido. Las palabras salían de sus labios como esquirlas de vidrio, astillando el poco juicio que le quedaba en medio de la pestilencia y el aislamiento. Su mente, fragmentada por la traición institucional, comenzaba a desvariar entre los rezos latinos y los nombres de los hermanos a los que vio arder en la hoguera. Cada sílaba era un recordatorio sangriento de que la lealtad absoluta siempre se paga con el patíbulo o el olvido. La cordura se le escurría entre los dedos encadenados, dejando al descubierto a un hombre reducido a cenizas por la paranoia y el desprecio. Y allí, inmerso en su propia locura, continuaba dialogando con fantasmas que jamás le responderían desde la fría oscuridad de los muros.

Hace una pausa, y el hierro chirría levemente al moverse:

—Creyeron que encerrándome aquí, privándome de luz y de nombre, harían que desapareciera. Creyeron que la traición de los poderosos borraría nuestra estirpe. No saben que lo que se forja en la lealtad y en la sangre no muere en una prisión. Aquí, entre estas piedras, he contado los días, las noches, los siglos. He visto cómo cambian los reyes, cómo caen los tronos, cómo se escribe la historia con la mentira de los vencedores. Pero la verdad no muere, y la deuda se acumula. Lo que me quitaron, lo que mancharon con su infamia, será recuperado. Ningún juramento se rompe realmente, ninguna traición queda sin respuesta, y ninguna cadena puede contener para siempre a quien pertenece a algo mucho más grande que reinos y coronas. Su risa bronca y seca retumbó en la bóveda, una mueca espeluznante que demostraba cómo la soledad había terminado por devorar los últimos jirones de su humanidad. El delirio de la inmortalidad y la revancha operaba en su interior como un ácido, disolviendo cualquier resto de cordura en un océano de rencor inagotable. Ya no era un caballero templado por la fe, sino un espectro viviente alimentado únicamente por la bilis del odio y la justicia propia. Cada respiración en ese calabozo fétido era un pacto sellado con la locura, un recordatorio de que su mente habitaba ya en los dominios de la sombra. Y mientras apretaba los dientes con furia ciega, el peso de los siglos pareció aplastar definitivamente lo poco que quedaba de su razón.

Aprieta el retrato contra su pecho, y su mirada se pierde en la sombra, como si viera más allá de los muros, más allá de su propio tiempo:

—El fuego que nos dio origen no se apaga. Solo espera. Y cuando despierte, nadie recordará que alguna vez nos llamaron traidores. Solo sabrán que nosotros volvimos. Sus dedos rígidos terminaron por doblar el papel antiguo, ajenos ya al daño que causaban en su única reliquia, mientras un temblor febril sacudía sus hombros en la penumbra. La demencia se había instalado de forma permanente en su mirada, convirtiendo el dolor acumulado en un veneno sordo que le quemaba las entrañas. Ya no entre el mundo real y el fantasma de su venganza, habitando un limbo perpetuo construido de promesas rotas y delirios de resurrección. El silencio que siguió a sus palabras fue pesado, sepulcral, interrumpido únicamente por el goteo constante del agua en la humedad de los muros. Y mientras su conciencia se hundía definitivamente en esa ciénaga de oscuridad, supe que aquel hombre moriría en ese tiempo.

En alguna parte de este laberinto el golpeteo de un reloj se escuchó dos veces en la madrugada, un sonido sordo que se perdió entre los altos techos de la mansión. La habitación estaba vacía. Analián no estaba. La preocupación empezó a carcomer a Celián hasta volverle insoportable la quietud; no era simple inquietud, era el alerta de un hombre que sabe que algo preciado ha desaparecido de su territorio por su imprudencia y desdén. Lessán, por su parte, sentía su presencia en algún punto dentro de la mansión, pero una barrera invisible, fría y absoluta, le bloqueaba el paso cada vez que intentaba acercarse, como si el mismo espacio se negara a dejarle llegar.

Hasta que su instinto animal se despertó de golpe, agudo y brutal: captó una perturbación térmica en el aire, una corriente extraña que alteraba la temperatura, como si el ambiente mismo se hubiera rasgado y mezclado con el frío de siglos pasados. El vaho de su propia respiración se congeló al instante, formando volutas blancas que flotaban como espectros mudos en la penumbra del pasillo. Cada fibra de su cuerpo reaccionó con la violencia de un depredador al que le han pisado el territorio, sintiendo el pulso de una anomalía que desafiaba toda lógica física. No era una simple corriente de aire, sino la huella indeleble de algo ancestral cruzando el umbral de su realidad. La tensión en sus músculos se volvió insoportable, un aviso visceral de que la jugada había cambiado de manos sin previo aviso. Y mientras el frío se adhería a su piel como una condena, supo que el verdadero peligro acababa de manifestarse en las sombras.

El silencio de la biblioteca se tensó como la cuerda de un arco a punto de partirse. Lessán detuvo el movimiento de sus dedos sobre el pequeño retrato, aquella reliquia de tiempos muertos pero presentes. Entornando la mirada hacia la penumbra del ala norte, ahí donde el aire parecía volverse pesado y espeso.

—Está aquí, en la mansión; no ha salido —sentenció Lessán con una voz grave que hizo vibrar las maderas—. Percibo su rastro, pero es difuso, errático… como si su alma habitara en otro plano que no nos corresponde.

Celián dio un paso al frente desde el umbral, arrastrando el peso de su propia fisonomía quebrada, con los ojos ensombrecidos por un remordimiento tan antiguo como sus heridas. No había indiferencia en él, ni la calma de quien espera; cada fibra de su ser le gritaba que ella caminaba por lugares que podían destruirla, y que él estaba ahí atado, sin poder sostener su mano cuando fue el mismo quien la arrojó al abismo. El eco de sus pasos resonó en el parqué como un recordatorio hueco de su propia impotencia ante lo inevitable. Sabían de sobra que el laberinto no perdonaba intrusos y que cruzar ciertos umbrales significaba entregar el alma a cambio de respuestas. La atmósfera se volvió irrespirable, cargada con la estática de un peligro inminente que desafiaba cualquier ley terrenal. Entre las sombras de la biblioteca, el fantasma de su propio fracaso los observaba en silencio, burlándose de su incapacidad para proteger lo único que les quedaba. Y mientras el frío de la madrugada se filtraba por las rendijas, comprendieron que la búsqueda de Analián los arrastraría a ambos al fondo de la perdición.

Mientras yo me siento fragmentada, reducida a una conciencia náufraga entre dos líneas temporales que colisionan en mi cerebro con la violencia sorda de un impacto frontal. En un extremo del laberinto, el hombre que conozco se desploma en el sillón de su inmensa biblioteca, rodeado de sombras chinescas y del aroma a cuero viejo de sus miles de libros, sin notar en absoluto mi sutil presencia… El reloj golpeó nuevamente en la madrugada, un sonido sordo que se perdió entre la pesadumbre de la casa.

Cada segundo de ausencia operaba como un goteo de ácido sobre sus nervios, recordándoles que la mansión guardaba secretos mucho más oscuros que sus propios muros. La quietud de la noche no era paz, sino el preludio de una tormenta desatada por una imprudencia imperdonable. Y mientras el perímetro invisible repelía sus intentos de avanzar, la certeza de que habían perdido el control del territorio se instaló como una condena inevitable.

Y mientras apretaba los puños hasta lastimarse la carne, comprendió que el peor castigo no era la pérdida, sino tener que mirar cómo se desmoronaba sin poder evitarlo.

—¡Yo tuve la culpa! —bramó Celián, y su voz se quebró con un eco de hiel—. Mi rechazo fue la soga que la empujó al abismo. Fui yo quien la desterró.

—¡Basta de lamentaciones inútiles, Celián! —El rugido de Lessán fracturó la quietud de la biblioteca, cargado con una autoridad militar y ancestral—. ¡Cada segundo que desperdicias en remordimientos es un centímetro de vida que ella pierde en el fango! ¡Tenemos que hallar su paradero antes de que su mente la abandone para siempre en ese limbo! ¡Vamos!

La orden resuena en mi cabeza en el presente, pero mi conciencia náufraga ya ha sido arrastrada por un remolino temporal todavía más profundo y oscuro. Los anaqueles de libros se disuelven. Me desplomo de golpe a su lado, azotando contra las losas frías de una celda inmunda y medieval. Siento la opresión de los muros de piedra cortada a cincel. Rozo su mano con una delicadeza tan pura que me hiere el espíritu, y le hablo con una voz que es apenas un hilo de seda suspendido en mitad de la penumbra:

—Déjame entrar, Lessán. Déjame contemplar tu herida. ¿Qué ocurrió en esta centuria? Necesito saber qué demonios sucedió en tu pasado… para que tu rechazo actual no termine de consumirme como el desprecio de tus hermanos. Por lo que más quieras, no me dejes fuera de tu dolor.

En sus facciones aristocráticas hay una putrefacción emocional, una hiel tan densa que parece devorarle el alma centenaria desde las entrañas. Él se resiste, blindando sus recuerdos contra mi intrusión. Le imploro con desesperación, casi gritando en su oído para romper la barrera de los siglos:

—¡Deja de oponer resistencia! ¡Mírame, maldita sea! ¿Qué es lo que te lacera tanto en este tortuoso recuerdo que prefieres morir en este agujero antes que dejarte salvar?

El peso muerto de su historia es la llave de mi propia supervivencia, y yo estoy dispuesta a girarla con todas mis fuerzas, sin importar que mi propio corazón estalle en el intento.

Año 1268: Las sombras se consolidan con el frío del hierro. Lessán Zalgorán está en prisión, encadenado al muro como un soberano proscrito...

Yace allí, arrojado sobre la inmundicia: sucio, famélico, con el rostro desfigurado por hematomas violáceos y costras de sangre deshidratada que narran, con rigor, las secuelas de un interrogatorio brutal. Me cuesta asimilar que este hombre despojado sea mi implacable Lessán, reencarnado o atrapado en los engranajes de esta época oscura y bárbara. Sin embargo, a pesar de la mugre adherida a su piel y de la herrumbre que le devora las muñecas, su estructura ósea y su belleza aristocrática siguen siendo un insulto flagrante a la fealdad de sus circunstancias. Percibo las oleadas de su odio, un fuego volcánico que le calcina las entrañas; el desdichado intenta sostener un ápice de dignidad frente a este mundo cruel, pero su fuerza física son ya de papel mojado. No cuenta con más de veintitrés años sobre la tierra y ya ha sido vilmente traicionado por la gente que juró lealtad ante los cielos.

Llora. Es un sollozo seco, desprovisto de lágrimas, un estertor que le raspa la garganta y resuena contra los sillares húmedos de la fosa. Me invade un deseo salvaje de rodearlo con mis brazos, de fundirme con su anatomía rota para transferirle mi propio calor vital, pero la física de este limbo me condena a ser una mera espectadora en mitad de las penumbras. Su dolor me atraviesa el pecho como una saeta al rojo vivo, diseccionando el último rastro de mi calma.

Me aproximo gateando por la paja descompuesta, ignorando el hedor a salitre y encierro, hasta alcanzar los mechones enredados de su cabello; lo beso con una suavidad mística, aspirando el aroma denso de su desgracia, y me quedo recostada a su flanco, pegada por completo a su costado herido para hacerle de escudo contra las piedras.

—Aquí estoy… no te voy a dejar solo en este abismo —le susurro al oído, desafiando al destino—. Juro por mi propia vida que no permitiré que te maten.

Lessán se incorpora de golpe, rompiendo la inercia del dolor, como si una descarga eléctrica y sobrenatural le hubiera tocado las fibras del sistema corporal:

—¿Hay alguien en este pozo de inmundicia? ¿Me escuchas? —interroga Lessán apuntando sus ojos febriles, inyectados en sangre, hacia el vacío absoluto de la penumbra, buscando desesperado el eco del beso fantasma que acaba de rozarle la frente como una exhalación divina.

Sin embargo, la respuesta que quiebra la quietud sepulcral de la fosa no proviene de mi laringe incorpórea. Una mujer irrumpe en la mazmorra con una elegancia tan altiva y soberbia que me revuelve las entrañas por la pura náusea de su presencia. Su andar señorial, esquivando la putrefacción del suelo con el borde de sus sedas importadas, constituye un insulto criminal ante la desgracia absoluta del prisionero.

—¡Lessán! —exclama ella, quebrando el silencio con una voz que finge pesadumbre pero transpira desprecio.

—¡Nataly! ¡Mi vida, viniste por mí! —El joven soberano, encadenado y herido, estira los hierros con un chasquido rudo y ensordecedor; le arrebata la mano pálida y comienza a besarle los dedos con un fervor demente y desesperado, con el hambre atroz del náufrago que busca aferrarse a la vida en una piel que, a leguas se nota, solo porta veneno de áspid. Mi propio corazón se fragmenta en mil pedazos al verlo mendigar amor de esa manera tan baja ante su propia verdugo—. Nataly, sácame de este purgatorio… ayúdame a huir… te lo suplico por la memoria de nuestros votos, por lo que más quieras en este mundo. No me dejes morir así.

—¡Oh, por favor, ten un poco de decoro y dignidad, Lessán! —Ella retira la mano con un movimiento seco y asqueado, clavándole una mirada cargada de una repulsión aristocrática que no se molesta en ocultar en lo más mínimo.

Lessán percibe el latigazo del desprecio y retrae los brazos apresuradamente, avergonzado de su propio estado de degradación. En un acto que me arranca un grito de rabia y me disecciona la calma, el noble intenta limpiar con una torpeza desgarradora sus dedos sucios, llenos de fango negro y costras de su propia sangre, restregándolos con desesperación sobre sus harapos de lana rota para intentar purificar su tacto para volver a tocarla; pero Nataly da un paso atrás instantáneo, apartándose del jergón podrido como si estuviera frente a un leproso apestado en estado terminal. La escena entera se transforma en una Cloaca emocional dantesca, un espectáculo asqueroso donde la soberbia condena al desdichado al ostracismo.

—Tranquilízate de una buena vez, Lessán. Modera tus alaridos —sentencia ella con una parsimonia que hiela la sangre, alisándose los pliegues del jubón—. Mis señores tíos y yo hicimos cuanto estuvo en nuestras manos ante el tribunal, pero el destino de las armas es caprichoso. Todas las actas y las pruebas de alta traición al rey están firmadas e irrebatibles en tu contra. No existe un solo juez ni apelación en este reino que pueda salvar tu cabeza. Esta misma noche serás conducido al patíbulo en la plaza pública y colgado de la soga hasta la muerte, ante la vista y el escarnio de todos aquellos vasallos que alguna vez te rindieron pleitesía y respeto. Tu linaje se apaga hoy en el lodo.

Me levanto de golpe sobre el jergón podrido; el aire viciado de la fosa me falta en los pulmones con la contundencia de un golpe. Siento, por un espantoso magnetismo de la carne, que la soga de cáñamo también rodea mi propio cuello, estrangulándome el aliento antes de tiempo. Me aferro con desesperación a los gruesos barrotes de hierro forjado, apretando el agarre hasta que los nudillos se me tornan blancos y rígidos por la presión.

—Vuestra muerte en la horca será el ejemplo perfecto para quienes osen cometer alta traición contra la corona —sentencia Nataly, irguiendo la testuz con una solemnidad blasfema—. Una lección de sangre y escarmiento que ninguna casa noble de este reino olvidará jamás. El verdugo ya afila su oficio.

¿Corona? ¿Traición de Estado? Miro a Lessán en mitad de su desgracia; su fisonomía es la devastación absoluta, la viva estampa de un soberano al que le han arrebatado los blasones y el alma. ¿Cómo es posible que esta mujer, que alguna vez durmió bajo su amparo, pueda dirigirle la palabra con esa frialdad de hielo que corta las entrañas? El silencio del calabozo se vuelve tan denso que casi se puede palpar la infamia.

—Lo lamento, mi otrora querido señor… —añade ella, dibujando una sonrisa lánguida y ponzoñosa en sus labios delgados—. Realmente no hay dictamen eclesiástico ni apelación de armas que pueda hacerse ya por vuestra causa. Disfrutad, si es que podéis, de vuestras últimas horas de vigilia bajo este techo.

—¡Oye! ¡Maldita bruja de presidio! —aúllo con todas las fuerzas de mi laringe incorpórea, estrellándome contra el espacio que nos separa—. ¡No puedes dejarlo abandonado a su suerte en este fango! ¡Es inocente de toda culpa! ¡Mírame a la cara, mírame, maldita seas!

Pero la noble ni siquiera parpadea ante mi paroxismo; soy un fantasma invisible en su línea temporal. Con un ademán cargado de una soberbia insufrible, Nataly extrae un pañuelo de fina seda bordada de Flandes y lo presiona contra su nariz para bloquear el hedor a letrina, humedad y carne corrompida que emana de la celda. Ante tal muestra de vileza, me arrojo al suelo de la fosa y me abrazo al cuerpo herido de Léssan, ignorando por completo la costra de mugre, el lodo negro y el aroma a muerte que despide su piel de veintitrés años. La repulsión que esa mujer me provoca es tan violenta y volcánica que desearía arrancarle los ojos de las cuencas con mis propias uñas, ver su sangre patricia correr por las losas. Es un espectáculo atroz, una Cloaca de deshonor ver cómo el titán se consume de rodillas mientras la traidora se retira del corredor con la frente en alto y el paso firme del vencedor.

Necesito entender. Salgo de la celda atravesando los muros y corro tras ella. Llego a una choza oculta y lo que veo me hace querer vomitar mi propia existencia. Nataly está envuelta en los brazos de otro hombre, celebrando la caída de Lessán.

—El Hombre: Nataly, mi reina… está hecho. Dime que el veredicto es final. Que nos quedaremos con cada moneda de su fortuna.

—Nataly: La traición a la corona se paga con el cuello; esta noche el mundo lo olvidará y nosotros seremos dueños de todo.

El hombre la besa con una lujuria vulgar. Siento un impulso homicida.

—El Hombre: Eres una auténtica ramera, Nataly. ¿Cómo puedes hablar así de mi pobre amigo mientras lo mandas a la horca?

—Nataly: No pensaste eso cuando planeamos quitarlo del medio. Siempre has estado bajo mis faldas. Ese hombre era patético, un idealista aburrido. Fingir que me excitaba era la tarea más pesada de mi vida. Tú, en cambio… eres un perro en celo que sabe exactamente qué hacer.

Una furia telúrica, gélida y letal, comienza a consumir cada partícula de mi ser incorpóreo. El cuchillo de caza que descansa sobre la mesa de madera tosca empieza a vibrar, cimbrando el metal bajo el yugo de mi rabia contenida. ¡Deseo con toda mi alma que sientan el filo del acero rasgándoles el gaznate! «¡Mi señor Lessán padece el infierno por vuestra maldita culpa!», bromo con un alarido que quiebra el aire de la choza. En un paroxismo de energía espiritual, descargo un manotazo desesperado sobre la superficie; el puñal sale proyectado y azota contra las losas con un estruendo metálico y seco que reverbera en el antro. Los amantes se sobresaltan de golpe, interrumpiendo el manoseo; miran a su alrededor con los ojos desorbitados y el pulso alterado por la confusión, buscando al intruso en los rincones oscuros... pero la lascivia vulgar los vuelve a atrapar entre las sábanas, desechando el presagio como una jugarreta del viento del páramo. Yo retrocedo tambaleante hacia la penumbra; el esfuerzo de alterar la materia del pasado me ha dejado exhausta, extinguiéndome las pocas fuerzas que me sostienen.

—Es la mayor de nuestras fortunas: que Lessán jamás osó quebrar el sello de cera ni leer el contenido de la carta —comenta Nataly con una sonrisa de desprecio que denota su bajeza, acomodándose los cabellos disipados—. Se limitó a entregarla ante el tribunal real con la sumisión de un lacayo, firmando su propio cadalso sin saberlo.

Su único y trágico error en esta era oscura fue amarla con una inocencia y una rectitud caballeresca que semejantes alimañas no merecen. Salgo de esa choza maldita corriendo con el alma en un puño, atravesando la maleza del páramo con dirección a la fortaleza; el corazón me arde como si contuviera carbón encendido.

Al llegar a la villa, el panorama es pavoroso. La plaza pública ya se encuentra atestada de una plebe rancia y vociferante, una turba hambrienta de sangre y escarnio que aguarda el espectáculo de la muerte. Esquivo los cuerpos y busco con desesperación a Lessán en su celda de aislamiento, pero el habitáculo de piedra se halla vacío, con las cadenas colgando sin presa. Corro desbocada por los pasadizos subterráneos de la heredad, guiada por el eco de los lamentos, hasta que mis ojos tropiezan con una estampa de horror en la cámara de tormento: lo han conducido allí antes de la horca. El noble yace atado a la argolla de madera, y los verdugos de la corona lo han azotado con una saña inhumana y bestial, desolando su espalda a golpes de flagelo hasta convertir su piel aristocrática en un mapa de jirones y sangre viva.

—¡NO! —Un alarido de puro paroxismo animal rasga mi garganta incorpórea al contemplar la desnudez de su espalda.

La anatomía de mi soberano es un mapa dantesco de carne viva y desollada. Los verdugos de la corona han dejado surcos profundos que exhalan un vapor ferroso y denso; cicatrices superpuestas que delatan de forma inequívoca años de un abuso sistémico y cruel infligido por su propia estirpe mucho antes de caer en esta fosa. El ensañamiento de los captores es insufrible: los grilletes de hierro forjado le han devorado la piel y los tendones de las muñecas con una fricción constante, hasta dejar expuesto el color blanquecino del hueso en mitad de las herrumbres.

En este instante de horror, desearía que la muerte me reclamara junto a él; me importa un bledo el futuro, la ciudad y mi propia existencia en otra era. Coloco mi palma temblorosa directamente sobre la superficie flagelada de su piel herida, concentrando todo mi espíritu en un intento desesperado por absorber el tormento que lo consume.

—Lessán… lucha, te lo suplico por tus blasones… —le susurro al oído, pegando mi aliento de espectro a su oído ensangrentado—. Te juro por mi propia vida y por mi alma que nos reencontraremos en las centurias venideras. No te rindas al verdugo ahora. No en este agujero.

Me inclino ante su fisonomía rota y beso sus labios partidos y manchados de sangre viva, saboreando en la boca el amargor del hierro, la saliva agria y la agonía de su juventud traicionada. Es entonces un milagro acontece en la cámara de tormento: el noble parece reaccionar de golpe al contacto de mi espectro; una chispa de fuego antiguo, un destello mineral e inapelable se enciende con violencia en el fondo de sus pupilas grises, trocando la sumisión por un odio soberano.

—Juro por la heráldica de mi sangre que nos reencontraremos… —pronuncia Lessán con una voz cavernosa, un susurro denso que parece emerger de las profundidades de la ultratumba, quebrando el aire de la estancia—. No moriré en este patíbulo… no a manos de estos siervos. No así.

El universo entero se tambalea bajo mis pies espectrales. Siento de forma nítida cómo mi propia energía vital se drena, escapándose por las comisuras de mi alma; caigo de bruces contra las losas frías del calabozo. Ese beso maldito y glorioso ha funcionado como un ancla biológica que me encadena a su suplicio. Sin darme tiempo a reponerme, los guardias reales de la corona irrumpen con las espadas desenvainadas, desatan a Lessán de la argolla y lo arrastran sin piedad, como a un animal herido y moribundo, en dirección al patíbulo. ¡No, por lo que más quieran, deténganse! Intento interponerme en el pasillo, lucho con una furia ciega por asfixiar a los verdugos, pero mis palmas desesperadas atraviesan sus cuerpos acorazados sin dejar más que un rastro de vaho frío. Me arrastro con las uñas por la piedra fría y húmeda de los subterráneos, experimentando en carne propia cómo un fragmento de mi mismísima alma es arrancado de cuajo a cada centímetro que lo alejan de mí.

La plaza pública de la villa se despliega ante mis ojos como un teatro de horror. El hedor de la turba es asfixiante, una mezcla nauseabunda de sudor rancio, estiércol de las bestias y la expectación de la muerte inminente. Léssan yace ahí arriba, elevado sobre los tablones carcomidos de la estructura, recortándose en su absoluta soledad contra un cielo de plomo que amenaza tormenta. El verdugo le ciñe el cáñamo al cuello. De pronto, justo antes de que la trampilla ceda, un grito de guerra salvaje e inesperado rompe el silencio sepulcral de la comarca.

Aprovechando el descuido de la guardia, Lessán tumba su propio eje y golpea con la cabeza a un alguacil, arrebatándole una guizarma con la fuerza descomunal de la pura desesperación. El caos estalla en un paroxismo de alaridos y empujones. ¡Corre, Léssan! ¡Corre por tu vida!

Le grito desde el centro del gentío con la laringe rota por el dolor. Algo más, una fuerza invisible y voraz nacida del mismo juramento, corre delante de su silueta, abriendo un callejón de pánico entre la multitud que cae al suelo despavorida sin comprender qué los embiste. Me levanto del fango con un esfuerzo sobrehumano que me desgarra las entrañas; corro tras sus pasos heridos por las intrincadas callejuelas de sillería. El noble tropieza con la pesadez de los hierros, las costras de su espalda se abren de par en par con el movimiento violento y la sangre mana de su carne desollada como una fuente ferrosa que tiñe las piedras del camino. Viendo que sus fuerzas flaquean y los jinetes de la corona se aproximan, me arrojo sobre él y lo aferro con violencia de los hombros, sintiendo una corriente de fuerza furiosa y caliente regresar a mi ser desde el futuro.

—¡VAMOS! ¡MALDITA SEA, TÚ JURASTE NO MORIR EN ESTE AGUJERO! ¡PÁRATE DE UNA VEZ, LESSÁN!

Mi voz resuena en mitad de la espesura del bosque como un trueno sobrenatural que sacude las copas de los robles. Él se incorpora de golpe sobre el lodo, espoleado por el eco de mi aullido de guerra, y se interna con desespero hacia la densidad de la arboleda. Detrás, el tropel de los perseguidores acorta la distancia; los guardias de la corona arman las pesadas ballestas de acero, tensando las cuerdas de cáñamo con el crujido sordo de los tornos mecánicos. El capitán de la guardia alza su espada y brama la orden fatal que detiene los latidos de mi propio pecho:

—¡SAETAS! ¡DISPARAD A MATAR!

—¡¡NOOOO!!

Me lanzo en el aire, interponiendo mi silueta incorpórea y cubriendo su espalda flagelada con la totalidad de mi espíritu. En ese micro segundo, el tiempo parece congelarse en una quietud de tumba. Una neblina densa, gélida y sobrenatural emana de mis poros espectrales, alterando la temperatura del bosque. Siento el impacto sordo y ardiente de la saeta de hierro atravesando mi pecho fantasmagórico; la fuerza del proyectil se disipa en mi bruma, desviando la trayectoria original de modo que la punta de acero solo consigue rozar de pasada el hombro de Lessán.

—¡Escapa! ¡Vete ya de este reino! —le ordeno en un gemido.

Mientras él se pierde en la espesura, escucho a mi espalda el crujido de ramas rotas y cuerpos acorazados caer pesadamente contra el suelo. Son los gritos de agonía de hombres curtidos en batalla que están siendo cazados, despedazados en la obscuridad por algo atroz que no pertenece al género humano; la maldición biológica de la estirpe ha despertado en el bosque. Me desplomo sobre la hojarasca, sintiéndome completamente vacía, despojada de toda pizca de energía vital.

Abro los ojos de golpe en la realidad del presente, arrancada de cuajo de aquella visión medieval con una violencia sorda y despiadada. El dolor que me invade las sienes es una tortura insoportable, una migraña de fuego puro que me nubla la vista y hace que el entorno dé vueltas. Estoy tirada en mitad de la obscuridad, y la cobija con la que intenté guarecerme en mi huida pesa toneladas sobre mi cuerpo debilitado.

De pronto, percibo un correr frío, un roce escamoso y reptante deslizándose de forma directa sobre mi piel..… y entonces la lucidez me devuelve la visión de horror. Un nido de víboras negras se retuerce enmarañado sobre mi propio vientre y mi pecho, siseando con una furia sorda mientras sus lenguas bífidas rozan la superficie de mi garganta, buscando el calor de mi aliento. Pataleé desbocada, presa del pánico, y grité. El horror de mi grito fue un retumbo de locura desatada que me quemó las cuerdas vocales, quebrando la paz sepulcral de la maleza y perdiéndose entre las copas de los árboles.

INTERLUDIO: LA INTUICIÓN DE LA ESTIRPE

A lo lejos, tras los muros de concreto de la gran mansión Zalgorán, los hermanos se detienen en seco, interrumpiendo su careo. Sus instintos ancestrales se encienden al unísono como soplos de pólvora. Sienten el miedo volcánico de la intrusa reverberando en el aire de la noche, pero son incapaces de precisar la ubicación exacta de su cuerpo; el rastro es una exhalación difusa que se confunde con el lodo y el misterio.

Me levanto del suelo como puedo, tropezando con las raíces y las rocas del sendero, y corro con las pocas fuerzas que me quedan en dirección a la mansión Zalgorán. He perdido la noción del peligro; no soy consciente de nada más que de la necesidad imperiosa de verlo, de comprobar que sigue respirando en esta era. Lloro con desesperación, y mi vista se reduce a un borrón negro por las lágrimas y el fango. Grito su nombre con lo último que me queda de vida, desgañotándome en mitad de la penumbra:

—¡¡LESSÁN!!

Y de pronto, en mitad de mi carrera ciega, me estrelle de frente contra una superficie tan sólida, rígida y fría como una pared de granito. El impacto me corto el aliento. Antes de caer al suelo lo último que pude percibir, fueron unas manos con la fuerza del hierro que me sujetaban los brazos para sostener mi peso, y una voz cavernosa, densa, que suena a mil años de soledad y desprecio por el mundo, me susurro directamente al oído:

—Te dije que nos reencontraríamos.

Thoughts

  • mediocapitulo

    Menos mal que no estoy al día en nada más, porque por esto me hubiese saltado todas las historias. Lessán y ella, por favor dígannos que se quedan.

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  • lo_lei_en_el_bus

    Leí todo esto en la micro y me bajé tres paradas adelante porque no podía parar. ¿Esto cuánto tiempo llevó escribir?

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  • leoenvozalta

    ¿Cuándo fue ese año 1268? ¿De verdad los templarios sufrieron así, o es pura ficción? Porque mi abuela querrá saber si es historia.

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  • hojaSuelta

    Imprimí esto para leer en el turno y ahora no puedo. Lessán está azotado, ella está llorando, y yo aquí gritando en silencio.

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  • hastalapagina40

    ¿Las cuarenta páginas de mi regla no alcanzan para esto? ¿Cuándo sale la tercera parte?

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  • dosdelamadrugada

    A las dos de la mañana esto me pateó el alma. ¿Cómo escribiste esto? ¿Llorando?

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  • capitulo_y_medio

    Una sección por noche fue idea estúpida esta vez. Ahora tengo que dormir con este caos adentro.

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  • arenaFina

    Terminé esto y no sé si todavía estoy respirando. ¿De verdad va a lograr salvarlo en la horca, o eso fue solo un sueño dentro del sueño?

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  • backtofriend

    Se reencontrarron que alivio .

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