Una de las historias de amor que más me gusta es la del Sol y la Luna. Siempre me ha parecido una de las más bonitas, porque habla de dos seres completamente diferentes que, a pesar de todo, nunca dejaron de amarse.
Mientras uno iluminaba el día, el otro hacía brillar la noche. Siempre estaban lejos, siguiendo caminos distintos, pero eso nunca hizo que su amor fuera menos real. Solo tenían un momento para volver a encontrarse: un eclipse. Eran solo unos minutos, pero para ellos era suficiente, porque después de tanta espera, por fin podían estar juntos otra vez.
Y creo que eso demuestra que el amor no se mide por el tiempo ni por la distancia. Que no importa cuántos días pasen sin verse o cuántos kilómetros los separen, porque cuando dos almas se aman de verdad, siempre encuentran la forma de seguir eligiéndose.
Para muchos, un eclipse es solo un fenómeno que pasa de vez en cuando. Pero para mí es mucho más que eso. Es la prueba de que, aunque la vida a veces nos obligue a tomar caminos diferentes, el amor verdadero nunca deja de existir. Solo espera el momento correcto para volver a encontrarse.