Hay algo en la forma en que parpadeas que parece marcar el tiempo, como si cada vez que cierras los ojos algo terminara, y cada vez que los abres, algo empezara de nuevo. No es un gesto que llame la atención, pasa rápido, casi nadie lo nota, pero yo sí.
A veces ese parpadeo es lento, como si necesitaras un segundo extra para pensar antes de seguir mirando el mundo. Otras veces es tan breve que apenas se distingue, como si algo te hubiera sorprendido antes de que tú mismo lo entendieras.
Yo aprendí a leer esos silencios pequeños. Sé cuándo un parpadeo tuyo significa que algo te dolió sin que lo dijeras, sé cuándo significa que estás a punto de decir algo importante, sé cuándo simplemente significa que estás cansado y el día ha sido demasiado largo.
Y entre tantos parpadeos distintos, hay uno que aprendí a esperar más que ningún otro: ese que llega despacio, casi sin querer, justo antes de que sonrías. Ese no se parece a los demás. Ese no marca el tiempo, lo detiene.