Creo que ya lo hablamos. Pero te das cuenta, ¿no? Estás ingresando al bucle nuevamente.
Me decís que está bien no pensar tanto, pero te cuesta llevarlo a la práctica. Cuando arrancás, te repetís que tenés que parar; pero volvés al ataque. Te explicás por qué no tiene sentido, o por qué sí lo tiene, y te armás de reflexiones profundas para rastrear el origen de todo: el trauma inicial, lo que vino después. Todo con tal de aminorar la carga hasta que desaparezca. Buscás la liviandad, pero te olvidás de cómo se sentía estar bien... como cuando te duele una muela y recién ahí valorás los días en que no había dolor.
Pero lo sabés, Manuel: con los días se te va formando un aire denso en la cabeza. Ya no sos capaz de convivir con vos mismo, con tu propia mente convertida en cárcel; te aislás y dejás de disfrutar lo que antes disfrutabas. Y estoy segura de que llorás. Llorás amargamente porque es la única forma de drenar esa pesadez inaguantable. Sé que no es una elección, simplemente te pasa.
Pero te quiero decir algo, porque sé que a la larga tus conclusiones siempre apuntan contra vos. Te sentenciás a no encontrar nunca la tranquilidad, observás a la gente que aparenta ser feliz, los odiás y después te sentís culpable.
Cuanto más luches, peor. Cuanto más te esfuerces en echar la idea, con más ferocidad va a arremeter. Vas a lograr despejarte un segundo y, de pronto, pum: aparece. Te vas a acordar de que debías recordarla, se te va a contracturar la espalda, vas a rechinar los dientes.
Por eso, dejá que se cuele por los filtros de tu sistema nervioso. Pensá, pensá y volvé a pensar. Que te haga sentir miserable, ridículo, horrendo. Como vino, esa porquería se va a ir.
¿Y sabés qué va a pasar, Manuel? Un día, cuando pase el tormento, te vas a olvidar de cómo se sentía esto. Porque de todo nos olvidamos. Hasta que regrese.