Neighbors parece una comedia bastante simple sobre una pareja adulta que entra en guerra con una fraternidad universitaria, y en buena parte lo es. Hay fiestas, drogas, peleas ridículas, planes cada vez más absurdos y una competencia que escala hasta niveles completamente innecesarios. Pero debajo de todo eso hay una idea que me parece bastante clara: El miedo a crecer y sentir que, al hacerlo, dejamos atrás una parte de nosotros mismos.
Mac y Kelly ya tienen una hija, una casa y una vida mucho más estable, pero todavía no terminan de verse como “adultos”. Y eso es importante, porque al principio la fraternidad no les genera solamente rechazo. También hay cierta fascinación. Teddy y sus amigos representan exactamente aquello que ellos sienten que fueron hace no tanto tiempo: noches interminables, amigos entrando y saliendo de casa, cero responsabilidades y esa sensación de que cualquier cosa puede pasar mañana porque todavía no hay demasiado que perder.
Por eso la guerra entre vecinos también tiene algo de guerra contra ellos mismos. Mac y Kelly quieren dormir, cuidar a su hija y mantener cierta tranquilidad, pero tampoco quieren convertirse en esas personas que llaman a la policía porque hay música fuerte a las diez de la noche. Quieren tener las responsabilidades de la adultez sin sentir que la adultez ya los definió completamente.
Y ahí Rose Byrne es fundamental. Kelly podría haber quedado como la típica esposa que intenta frenar al marido mientras él hace estupideces, pero la película hace algo mucho más divertido: ella está tan metida en el conflicto como Mac, y muchas veces es incluso más salvaje. Eso mejora muchísimo la dinámica porque no tenemos “el inmaduro y la adulta responsable”. Tenemos dos personas intentando descubrir cómo ser padres sin transformarse en una versión aburrida de ellos mismos.
Seth Rogen también encaja perfecto porque su personaje parece estar constantemente entre esas dos edades. Tiene una familia, una casa y una hija, pero sigue reaccionando a muchas situaciones como alguien que todavía necesita demostrar que puede pertenecer al mundo de los veinteañeros. Hay algo bastante gracioso y bastante triste en verlo intentar convencer a Teddy de que todavía puede ser parte de ese ambiente.
Pero Teddy también está atrapado.
Y para mí ahí está lo más interesante de Zac Efron. En principio parece simplemente el típico líder de fraternidad: lindo, popular, seguro de sí mismo y completamente dedicado a la fiesta. Pero cuanto más avanza la película, más se nota que toda su identidad está construida alrededor de ese lugar. Teddy sabe perfectamente quién es mientras existe la fraternidad.
El problema es que no tiene demasiada idea de quién va a ser después.
Entonces el conflicto entre ellos empieza a verse de otra manera. Mac y Kelly tienen miedo de haber dejado atrás la juventud. Teddy tiene miedo de que su juventud termine.
Unos miran hacia atrás y el otro todavía no sabe mirar hacia adelante.
Por eso, aunque parezcan opuestos, se entienden bastante más de lo que creen. Mac envidia la libertad de Teddy. Teddy probablemente envidia, aunque jamás lo admitiría, que Mac ya tenga algo construido fuera de la fraternidad. Uno tiene el futuro que el otro todavía no sabe cómo imaginar y el otro conserva un presente que Mac siente que ya perdió.
Obviamente, Neighbors no se queda demasiado tiempo filosofando sobre eso. Cada vez que parece que va a profundizar demasiado aparece otro chiste sexual, una pelea o un plan ridículo. Y está bien. La película entiende perfectamente qué clase de comedia quiere ser y no intenta disfrazarse de algo más serio de lo que es.
Además, el conflicto funciona porque la escalada es constantemente absurda. Lo que empieza como “por favor, bajen la música” termina convirtiéndose en una guerra donde ambas partes parecen olvidar completamente que viven una al lado de la otra y van a tener que seguir viéndose todos los días. Ahí Nicholas Stoller aprovecha bastante bien el choque entre la tranquilidad suburbana y el caos de una fraternidad instalada literalmente al lado.
También hay algo gracioso en cómo ambas casas representan etapas distintas de la vida. De un lado tenés juguetes, mamaderas, horarios y una pareja intentando dormir. Del otro, luces, música, alcohol y gente que ni siquiera parece saber qué día es.
Y solamente hay una cerca entre ambos mundos. Eso resume bastante bien la película.
La distancia entre sentirse joven y sentirse adulto muchas veces parece enorme, pero en realidad puede estar separada por muy poco. Tener una hija o comprar una casa no hace que alguien deje de reconocer a la persona que era unos años antes. Y seguir saliendo todas las noches tampoco significa que esa etapa vaya a durar para siempre.
Por eso creo que Neighbors funciona mejor cuando entiende que ninguno de los dos lados tiene realmente la respuesta. Mac y Kelly no necesitan volver a ser veinteañeros. Teddy tampoco necesita quedarse congelado dentro de la fraternidad.
Los tres necesitan aceptar que algo está cambiando. Y cambiar no significa necesariamente perder.
Quizás crecer sea justamente eso: Aprender a dejar atrás algunas versiones de nosotros mismos sin sentir que estamos traicionando quiénes fuimos.
Neighbors no es una película que necesite mucha más profundidad que esa. Es vulgar, exagerada, bastante tonta cuando quiere serlo y funciona gracias a la química entre Seth Rogen, Rose Byrne y Zac Efron.
Pero debajo de todos los chistes hay algo bastante reconocible. En algún momento dejamos de preguntarnos cuándo vamos a crecer y empezamos a preguntarnos cuándo pasó.
Y quizás la respuesta sea bastante simple: No dejamos de ser quienes éramos. Solamente empezamos a tener más cosas de las que hacernos cargo.