Lo del padre, uf.
Mundo 7: donde se hizo presente
No hubo Biblioteca.
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Pensamiento
Lo del padre, uf.
Contenido de la publicación
No hubo Biblioteca.
No hubo estantes infinitos, ni libros flotando, ni aquella luz tranquila y antigua que siempre parecía envolver ese lugar imposible.
Y, más importante aún…
Luna no estaba.
No sentiste su presencia.
No escuchaste su voz.
No viste esa sonrisa inquietante observándolo todo desde algún rincón imposible.
No había ni rastro de esa niebla oscura que siempre parecía estar acechando en los bordes de la realidad.
Por primera vez en mucho tiempo…había tranquilidad. Una tranquilidad extraña, pesada, casi vacía.
El cambio ocurrió sin aviso, igual que siempre. Un parpadeo, una pequeña pausa en tu percepción, y el mundo entero se reemplazó a sí mismo de golpe.
Pero esta vez, cuando abriste los ojos, no viste ruinas ni cadáveres eternos.
Viste una ciudad.
Y no una ciudad cualquiera.
Gigantescas estructuras metálicas se elevaban hacia el cielo como agujas brillantes, formando torres curvas y orgánicas, atravesadas por cientos de luces de colores: azules eléctricos, morados profundos, verdes neón. Había caminos suspendidos en el aire, puentes de energía que conectaban los edificios a cientos de metros de altura. Pantallas holográficas flotaban en el espacio entre las torres, proyectando símbolos geométricos desconocidos, anuncios parpadeantes y formas que se movían en un lenguaje que tus ojos podían ver, pero tu mente no comprendía.
El aire estaba cargado. Olía a ozono, a metal caliente, a especias exóticas que nunca habías respirado, y a algo dulce y metálico al mismo tiempo. Era un aire denso, cálido, que se te quedaba pegado a la piel.
Naves.
Había naves por todas partes.
Algunas cruzaban lentamente entre las torres como enormes ballenas de acero iluminadas por motores que dejaban estelas de luz azul pálida. Su paso hacía vibrar el suelo levemente, un zumbido grave que sentías en el pecho más que escucharlo. Otras descendían suavemente hacia plataformas suspendidas, mientras pequeñas luces de navegación recorrían sus superficies curvas como luciérnagas mecánicas. El cielo mismo parecía vivo, un flujo constante de tráfico que no se detenía ni un segundo.
Y las personas…No.
Las criaturas.
Las calles, anchas y pavimentadas con un material oscuro que absorbía parte de la luz, estaban llenas hasta el borde. Especies completamente diferentes unas de otras caminaban, corrían, negociaban y reían a tu alrededor.
A tu derecha, pasaron tres seres altos y delgados, casi transparentes, cubiertos por placas brillantes parecidas al cristal que cambiaban de tono cuando se movían. Al cruzarte con ellos, notaste que no emitían calor, y que sus ojos eran facetas brillantes sin pupila.
Más adelante, una familia de criaturas rechonchas, con piel rugosa como corteza de árbol y cuatro piernas cortas, se detuvo frente a un escaparate, señalando algo con extremidades que parecían ramas flexibles. Hablaban con un sonido parecido al crujido de hojas secas, y se tocaban entre ellos con suavidad.
Viste seres con varios brazos, otros con rostros alargados y ojos repartidos por toda la cabeza, vigilando todo lo que pasaba. Había quienes parecían criaturas acuáticas, moviéndose con elegancia dentro de trajes herméticos llenos de un líquido brillante y burbujeante. Y cerca de una fuente de energía, tres pequeñas masas gelatinosas, de un tono rosa pálido, avanzaban flotando apenas sobre el suelo, dejando tras de sí un rastro de luz que se desvanecía rápido.
Y, aun así…nadie parecía sorprendido por nadie.
Era un puerto.
Un verdadero puerto intergaláctico, un cruce de caminos infinito.
Miles de especies diferentes convivían unas junto a otras, entre puestos de comida con vapores de colores intensos, mercados donde flotaban objetos imposibles, anuncios luminosos que gritaban ofertas en mil idiomas, y enormes avenidas que parecían no tener fin.
Todo se sentía…normal.
Vivo.Próspero.
Extrañamente, inquietantemente pacífico.
Caminaste despacio entre la multitud, sintiéndote pequeño, observando aquel lugar imposible. Algunas criaturas te miraban de reojo, claramente curiosas por tu apariencia humana, por tu piel lisa, por tu sola forma de caminar. Un ser con cuerpo de mamífero y cabeza de ave pasó a tu lado, te miró de arriba abajo y emitió un sonido agudo, como una risa extraña, antes de seguir su camino. Una pequeña criatura con seis patas y grandes ojos negros se detuvo frente a ti, inclinó la cabeza y te tocó la mano con una extremidad suave y húmeda, antes de que su "madre" —una masa de tentáculos brillantes— la alejara suavemente.
Nadie estaba alarmado. En un sitio como ese, donde cientos de realidades distintas chocaban cada día, ser extraño parecía lo más normal del mundo.
El sonido ambiente era una marea constante que te envolvía: motores lejanos zumbando, voces en idiomas que sonaban como agua o como piedras chocando, anuncios electrónicos que hablaban en tonos agudos o graves, risas, música suave y melancólica que escapaba de algunos locales abiertos, y el crujido eléctrico de la energía que alimentaba todo.
Vida.
Había vida por todas partes. Tanta vida que dolía.
Y después de los últimos mundos que habías recorrido —de las ruinas eternas, del silencio de los cadáveres inmortales, de la nada absoluta—, todo esto se sentía casi irreal. Demasiado perfecto. Demasiado armónico. Como una pintura demasiado bien hecha.
Seguiste caminando, buscando algo familiar, buscando cualquier rastro de lo que sabes que es la verdad, pero todo lo que veías eran luces, colores, avance y progreso.
Terminaste deteniéndote frente a un pequeño puesto de comida construido bajo una estructura metálica curvada, iluminada por paneles que emitían una luz violeta suave y parpadeante. El calor que salía de allí era agradable, mezcla de aceites calientes y especias desconocidas que hacían que tu estómago rugiera levemente.
La criatura que atendía era imponente pero amable: tenía cuatro brazos ágiles y fuertes, y una piel azul oscura cubierta de pequeños patrones luminosos que cambiaban lentamente de color —de azul a verde, de verde a amarillo— como si fuera un lenguaje propio. Tenía tres ojos grandes y redondos, situados en diferentes ángulos de su rostro, para vigilarlo todo a la vez.
Cuando te acercaste, los tres ojos se giraron hacia ti al mismo tiempo, enfocándote con una curiosidad tranquila. Luego, hizo un gesto con una de sus manos, un movimiento circular lento que claramente significaba: "¿Qué deseas?".
Parecía acostumbrado a tratar con especies extrañas, a entender gestos, a lidiar con lo diferente.
Señalaste algo que parecía ser comida: una masa dorada y humeante que cocinaba sobre una plancha brillante que no emitía fuego, solo calor. La criatura asintió con un sonido de aprobación —un chasquido húmedo— y comenzó a prepararlo todo rápidamente. Usaba dos manos para manipular los alimentos, mezclando ingredientes que flotaban en pequeños recipientes magnéticos, mientras las otras dos manos recibían pagos de cristal brillante de otros clientes y entregaban pedidos listos.
Todo parecía tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Y entonces…ocurrió.
Un dolor agudo, afilado como una aguja gigante, atravesó tu cabeza de lado a lado.
De golpe.
Seco.
Violento.
Fue como si alguien hubiera intentado separar tu cerebro en dos partes. Te llevaste las manos a la cabeza e hiciste una mueca de dolor. Tu visión se distorsionó inmediatamente, los bordes de todo lo que veías se ondularon como si estuvieras mirando a través de agua caliente.
La ciudad entera tembló. No fue un terremoto, no fue un choque. Fue algo peor: la realidad misma vibró. El suelo, el aire, la luz, todo tembló en una frecuencia que hizo que tus dientes rechinaran.
Y durante una fracción de segundo…el tiempo se rompió.
La realidad sufrió un fallo.
Glitch.
Las luces de los edificios no parpadearon… se deshicieron. Se convirtieron en líneas horizontales de colores que se estiraron hacia arriba y hacia abajo.
Las voces se deformaron, dejaron de ser palabras y se convirtieron en ruidos electrónicos, en estática, en un grito inmenso y ahogado que venía de todas partes y de ninguna.
Los colores desaparecieron de golpe. Todo se volvió blanco, luego gris, luego negro.
Y entonces, la capa fina, hermosa y brillante que cubría todo… se rasgó.
La ciudad pacífica desapareció.
Las torres curvas, la música, el aire limpio… todo se desgarró como un papel viejo.
En su lugar…había destrucción absoluta.
Las enormes estructuras metálicas estaban partidas en pedazos, retorcidas, envueltas en llamas de un tono negro y rojo que consumían lo que quedaba.
El cielo, antes brillante y lleno de tráfico, estaba cubierto por una manta de humo espeso y ceniza que caía como nieve sucia.
Naves gigantescas caían en llamas, chocando contra los edificios destrozados, estallando en bolas de fuego que iluminaban la catástrofe.
Las calles, antes llenas de vida y color… estaban llenas de cadáveres.
Miles.
Millones.
Criaturas de todas las formas y tamaños, las mismas que hacía un instante caminaban, comían y reían… ahora yacían mutiladas, carbonizadas, aplastadas o simplemente rotas. Había miembros cortados, fluidos extraños de mil colores mezclándose en el suelo, cuerpos retorcidos en posiciones imposibles. El olor cambió en un milisegundo: pasó a ser olor a quemado, a muerte, a podredumbre y a miedo puro.
Y entre todo ese caos, entre el humo y las llamas…algo enorme se movía en lo alto del cielo destrozado.
Algo oscuro
.Algo inmenso, infinito, que cubría todo el horizonte.
Una silueta que no tenía forma definida, que parecía absorber la luz a su alrededor, que se deslizaba entre los escombros como una marea negra. Sentiste su presencia, esa presencia que conoces tan bien, esa que hiela la sangre: No estaba mirando, no estaba atacando… solo avanzaba como si todo a su paso no fuera nada.
No llegaste a verlo bien. No pudiste comprender lo que tus ojos te mostraban.
Porque el fallo terminó apenas un segundo después.
El sonido de estática fue cortado de golpe.
El negro se convirtió en luz.
El fuego y la muerte fueron arrancados de tu vista.
La ciudad volvió inmediatamente a la normalidad.
Las luces regresaron a su sitio, brillando con un ritmo perfecto.
Las voces continuaron sus conversaciones como si nada.
Las naves siguieron moviéndose suavemente sobre tu cabeza, zumbando con suavidad.
El olor a especias y metal caliente volvió a llenar tus pulmones.
Todo estaba igual. Absolutamente igual.
Como si nada hubiera pasado.
Te quedaste allí, de pie, temblando de pies a cabeza, el corazón golpeándote las costillas con fuerza, respirando agitadamente, casi sin aire. El sudor frío te recorría la espalda. Miraste tus manos: estaban intactas. Miraste a tu alrededor: la gente seguía caminando, riendo, ignorando que hacía un momento, todo esto era un infierno en ruinas.
El vendedor azul frente a ti te observaba con preocupación. Sus patrones luminosos, que antes eran de un amarillo cálido, habían cambiado a un tono tenue y nervioso, un azul oscuro que parpadeaba rápido.
—¿Se encuentra bien? —preguntó en un idioma extraño, una mezcla de chasquidos y silbidos que, de alguna manera, tu mente tradujo perfectamente al instante—. Por un momento se puso muy pálido, sus ojos se quedaron en blanco y parecía que iba a desmayarse o a caer al suelo.
Te entregó la comida envuelta en una hoja brillante, pero no podías dejar de mirarlo a él, ni de mirar más allá de él, buscando las grietas, buscando el fuego, buscando esa silueta oscura que habías visto en la destrucción.
Sabías la verdad.
Solo tú la sabías.
Sabías que esta ciudad brillante, esta civilización avanzada, esta paz y este progreso… no eran más que una capa muy fina pintada sobre el abismo.
No supiste cuándo ocurrió el cambio.
No hubo transición.
No hubo oscuridad.
Ni siquiera sentiste que el mundo se moviera.
Simplemente…ya no estabas en la ciudad.
Ahora te encontrabas dentro de una enorme estructura metálica, inmensa y alargada, llena de luces suaves de tono blanco y azul pálido. Los pasillos eran amplios, con paredes curvas recubiertas de paneles brillantes que parecían absorber parte del sonido. Bajo tus pies, el suelo vibraba con un zumbido grave, constante y profundo: el latido de los motores que mantenían todo en funcionamiento. Un sonido que no escuchabas tanto como lo sentías en los huesos.
Porque sí.
Era una nave.
O más bien…una estación espacial. Una ciudad flotante que viajaba entre sistemas.
Frente a ti, enormes ventanales curvos, tan altos como edificios, se extendían a lo largo del pasillo, ofreciendo una vista directa a la inmensidad del espacio abierto. La oscuridad ahí fuera no era vacía; estaba llena de polvo estelar, nebulosas de colores difusos y el resplandor lejano de miles de soles.
Y allí afuera…había un planeta.
Gigantesco.
Azul profundo, intenso, cubierto parcialmente por masas blancas y esponjosas de nubes que giraban lentamente, y enormes masas continentales de tonos verdes y marrones oscuros, todo iluminado por el resplandor cálido de una estrella cercana que bañaba todo con una luz dorada. Se veía hermoso. Habitable. Próspero.
A su alrededor, llenando toda la órbita hasta donde alcanzaba la vista, flotaban cientos de naves. Miles.
Algunas eran pequeñas embarcaciones comerciales, de diseño elegante y colorido, que iban y venían constantemente entre plataformas gigantescas y muelles magnéticos suspendidos en el vacío. Otras eran colosales: enormes estructuras militares, pesadas, angulosas, de metal gris oscuro, cubiertas de cañones, baterías de energía y grandes anillos metálicos que giraban lentamente generando campos de fuerza.
Defensas.
Toda la órbita parecía una fortaleza impenetrable, una gigantesca red de flotas espaciales diseñada para proteger aquel mundo azul de cualquier amenaza imaginable.
Y aun así…todo seguía sintiéndose normal.
Pacífico.
Civilizado.
A tu alrededor, criaturas de distintas especies caminaban por los corredores amplios. Unos transportaban contenedores flotantes que seguían a sus dueños como si fueran perros mecánicos. Otros revisaban enormes pantallas holográficas flotantes llenas de gráficos y símbolos geométricos que cambiaban rápido. Familias enteras pasaban a tu lado, hablando con tranquilidad, vestidas con ropas ligeras y coloridas.
Parecía un puerto comercial interestelar.
Un lugar vivo.
Un lugar seguro.
Un lugar que había conquistado el espacio y dominado las leyes de la física.
—Disculpe.
La voz vino desde tu lado, suave, grave, resonando extrañamente en el aire filtrado de la estación.
Giraste la cabeza, todavía tratando de acostumbrarte al cambio repentino.
La criatura que te hablaba era alta, esbelta y delgada, casi elegante en su postura. Estaba cubierta por una especie de piel o capa gris azulada, suave al tacto a la vista, atravesada por líneas luminosas de color celeste pálido que recorrían lentamente todo su cuerpo como ríos de energía líquida que fluían bajo su superficie. Sus manos eran largas y delicadas, con dedos extra articulados. Pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos: grandes, completamente negros, sin pupila ni brillo, pozos oscuros que te observaban con una curiosidad genuina, inteligente y amable.
—¿Está perdido? —preguntó inclinando ligeramente la cabeza, en un gesto que denotaba costumbre ante lo desconocido.
Y aunque hablaba en un idioma hecho de sonidos guturales y chasquidos suaves…lo entendiste perfectamente. Como si las palabras se escribieran directamente en tu mente.
La criatura pareció interpretar tu silencio y tu mirada perpleja como una respuesta afirmativa. Sonrió, una sonrisa amplia y tranquila.
—Es fácil desorientarse aquí la primera vez —continuó con calma, haciendo un gesto amplio señalando los interminables pasillos—. Este puerto conecta demasiadas rutas comerciales, demasiados mundos. Todo parece igual, pero nada lo es.
Te hizo un gesto amistoso con una mano para que lo siguieras.
—Vamos, yo me dirijo al sector central. Le enseñaré el camino.
Comenzaste a caminar junto a él por los enormes corredores de la estación. Mientras avanzaban, absorbías todo lo que veías: comerciantes regateando precios junto a contenedores que levitaban, naves entrando lentamente en enormes hangares abiertos sellados por campos de fuerza brillantes, pantallas gigantes que mostraban mapas estelares en tiempo real, familias alienígenas riendo mientras compraban en tiendas iluminadas.
Todo parecía…normal.
Una civilización avanzada.
Pacífica.
Organizada.
Segura.
Viva.
Y entonces…el dolor volvió.
Seco.
Violento.
Directo en el centro de la cabeza, como si un hierro candente atravesara tu cráneo de lado a lado.
Tu visión tembló inmediatamente. El mundo se onduló.
Glitch.
Las luces blancas y azules parpadearon violentamente, estallaron en rayas horizontales de colores que se deslizaron por las paredes.
Los sonidos se deformaron. Las voces amistosas se convirtieron en estática, en chillidos electrónicos, en un ruido agudo que taladraba tus oídos.
El aire mismo pareció espesarse, volverse pesado, difícil de respirar.
Y la realidad volvió a romperse.
Todo cambió de golpe.
Las luces suaves de la estación se volvieron rojas. Un rojo sangre, parpadeante, que bañaba todo en tonos enfermizos.
Alarmas.
Sonidos agudos, repetitivos, desesperados, resonando por todos los altavoces: ¡Peligro! ¡Alerta máxima! ¡Rompa la formación!
El suelo temblaba constantemente bajo tus pies, sacudido por impactos y explosiones lejanas que hacían vibrar toda la estructura metálica como si fuera una lata vacía.
La estación ya no era un puerto comercial.
Era un campo de batalla destrozado.
Las paredes estaban abiertas y agrietadas en varios sectores, grandes brechas dejando ver el vacío helado del espacio exterior directamente. El aire se escapaba silbando hacia afuera en algunas zonas, arrastrando escombros. Cuerpos flotaban lentamente cerca de las aberturas, inmóviles, mientras incendios de fuego azul y amarillo recorrían los pasillos consumiendo cables y paneles.
Las criaturas que hacía un segundo caminaban tranquilas, comprando o hablando… ya no estaban en paz.
Corrían.
Gritaban.
Lloraban.
Algunos estaban heridos, arrastrándose por el suelo entre escombros. Otros cargaban armas pesadas, mirando hacia los ventanales con terror y determinación. Otros simplemente intentaban escapar desesperadamente hacia las compuertas de evacuación, empujándose unos a otros.
Y afuera…el infierno había comenzado.
Las naves luchaban.
Miles de disparos atravesaban la oscuridad del espacio: rayos de energía azul, misiles dejando estelas blancas, explosiones que iluminaban el planeta entero con destellos cegadores. Las enormes flotas militares, esas defensas que parecían impenetrables, se movían en formaciones desesperadas, disparando sin descanso hacia algo que avanzaba lentamente entre ellas, rompiendo filas como si fueran de papel.
Algo imposible.
Algo que no parecía una criatura.
Ni una nave.
Ni siquiera materia.
Era una masa.
Gigantesca.
Oscura.
Sin forma definida.
A veces parecía una sombra, otras una mancha de tinta derramada sobre el universo, otras simplemente un agujero donde la luz se negaba a entrar. No tenía ojos. No tenía cuerpo. No tenía estructura. No tenía superficie.
Simplemente…existía.
Y aun así, su sola presencia hacía que el espacio mismo pareciera deformarse a su alrededor. Las estrellas al fondo se veían dobladas, distorsionadas, como si miraras a través de agua en movimiento. La gravedad fallaba cerca de ella. El tiempo se torcía.
Las flotas disparaban sin descanso.
Rayos gigantescos capaces de partir continentes.
Misiles nucleares y de antimateria.
Armas de energía concentrada que habían podido destruir lunas enteras.
Nada parecía afectarla.
Los proyectiles, al acercarse, simplemente… se desvanecían. La energía impactaba contra ella y se perdía, absorbida sin dejar rastro, sin causar ni el más mínimo daño. Ella seguía avanzando, lenta, inexorable, como una marea negra.
Entonces lo viste claramente.
Una de las enormes naves de guerra, una fortaleza metálica del tamaño de una ciudad, fue alcanzada por el borde de aquella masa oscura.
No explotó.
No se rompió.
No hubo fuego.
La realidad de la nave simplemente… falló.
Viste cómo ocurría. Su estructura comenzó a ondularse, a doblarse sobre sí misma, como si el metal olvidara que debía ser duro, como si la nave dejara de recordar qué era. Líneas negras, finas como cabellos, aparecieron repentinamente sobre toda su superficie, recorriéndola de arriba abajo.
Y entonces…la nave se convirtió en letras.
Miles.
Millones.
Billones de símbolos.
Caracteres brillantes, pequeños, densos, comenzaron a desprenderse de la estructura, flotando en el vacío. El casco de acero se deshacía convirtiéndose en una lluvia infinita de escritura. Motores, cañones, puentes, habitaciones… todo se desintegraba formando un océano de letras flotantes que giraban en remolinos antes de ser absorbidas lentamente por aquella masa oscura, como si alguien estuviera borrando una línea de texto con una goma gigante.
Pero no eran letras humanas.
Ni siquiera parecían pertenecer al lenguaje de aquella civilización, ni a ningún alfabeto conocido en el universo.
Eran símbolos desconocidos.
Antiguos.
Imposibles.
Jeroglíficos de una lengua que existía antes de que el tiempo empezara.
Como si pertenecieran a algo que ningún ser vivo debía leer jamás.
Y no solo la nave.
Los seres vivos dentro también comenzaron a convertirse en esos mismos símbolos.
A lo lejos, viste figuras que corrían, que gritaban, que desaparecían convirtiéndose en ríos de caracteres brillantes que se desprendían de sus cuerpos, deshaciéndose en información pura antes de desaparecer completamente tragados por la oscuridad.
Como si estuvieran siendo reescritos.
O peor: borrados para siempre de la historia.
No alcanzaste a comprender más.
El mundo volvió a temblar violentamente.
El sonido de estática llenó todo.
Y todo regresó inmediatamente a la normalidad.
Las alarmas desaparecieron.
Las explosiones dejaron de existir.
El fuego se apagó.
La estación volvió a ser silenciosa, blanca, brillante y tranquila.
El ser que te guiaba seguía frente a ti.
De pie.
Tranquilo.
Mirándote con esos ojos negros, ahora llenos de preocupación.
—… ¿Está bien? —preguntó lentamente, bajando la mano que había puesto en tu hombro para sostenerte—. Su expresión cambió de repente… se puso rígido, aterrado. Parecía haber visto algo horrible, algo que ni siquiera nuestras peores pesadillas podrían imaginar.
Te miró con genuina duda, sin saber qué pensabas, sin saber que tú eras el único ser en todo este universo que acababa de ver la verdad desnuda.
Sabías lo que habías visto.
Sabías que esa "defensa" imponente, esas flotas, ese planeta azul lleno de vida…No eran un imperio espacial.
Eran solo palabras escritas con tinta bonita en una hoja de papel.
Te encontrabas sentado en un sillón suave, cómodo, con la luz cálida de una lámpara antigua iluminando la estancia. Todo olía a madera pulida, a libros viejos y a algo dulce que se cocinaba en otra parte de la casa. El ambiente era tranquilo, de esa paz que solo se siente cuando estás entre gente en la que confías.
A tu lado, en otro sillón igual, estaba él.
El mismo ser de piel gris azulada y líneas luminosas que fluían bajo su superficie. Esas luces, que antes habías visto como algo extraño, ahora te parecían familiares, incluso acogedoras. Sus ojos negros te miraban con calma, sin ninguna de esa rigidez que se nota en los desconocidos. Se había quitado cualquier prenda o equipo que llevaba puesto, y vestía ahora una túnica sencilla y suave de color azul claro. Estaba relajado, recostado, con las manos entrelazadas sobre su regazo, hablándote como si fueran amigos de toda la vida, como si te conociera desde que eran niños.
—…Y te digo que están locos —decía con una sonrisa amable, su voz suave y grave resonando en la habitación como una melodía conocida—. No piensan en otra cosa. Desde que eran pequeños, dibujan naves, mapas estelares, insignias de flota. Me dicen: "Padre, iremos a la Academia Galáctica. Seremos capitanes, comandantes, protegeremos la ruta del Comercio Exterior". —Se rió bajito, negando con la cabeza con ternura—. Ya sabes cómo son los hijos. Creen que el universo es solo un mapa y que todo lo que existe está bajo control. Quieren ser grandes, viajar, ver todo lo que hay ahí afuera.
Hizo una pausa, mirando hacia la ventana donde se veía un cielo de un azul profundo, tranquilo, sin nubes.
—Pero yo solo quiero que estén bien —continuó con más calma, bajando un poco la voz, volviéndose hacia ti con esa confianza absoluta—. He trabajado mucho toda mi vida. Desde que dejé el servicio activo, me dediqué al comercio, construí esta casa, les di todo lo que pude. No somos ricos, pero nos alcanza. Tengo a mi pareja, tengo a mis pequeños… —Sus líneas luminosas cambiaron a un tono dorado suave—. Para mí, esto es suficiente. Viajar es bonito, conocer mundos está bien… pero no hay nada como volver a casa y saber que todos están aquí, sanos y salvos. Una vida tranquila, ¿sabes? Es lo único que cualquiera debería desear.
Asentías, escuchándolo, y te dabas cuenta de que, en ese momento, habías olvidado todo lo demás. Olvidaste las ruinas, olvidaste los fallos, olvidaste la masa oscura. Por un instante, sentiste que realmente eras su amigo, que habías venido de visita, que esta era tu vida también. Era una sensación de paz tan profunda que dolía.
Entonces se abrió la puerta del fondo.
Dos jóvenes entraron corriendo, llenos de energía. Se parecían mucho a él: mismos rasgos delicados, misma piel grisácea, pero con las líneas luminosas más brillantes y vivas. Se rieron entre ellos mientras pasaban por delante, lanzando frases rápidas sobre simulacros de vuelo y nuevas rutas espaciales. Al verte, se detuvieron un segundo, te saludaron con respeto y una sonrisa brillante, y siguieron hablando mientras subían a sus habitaciones.
—Ahí los tienes —dijo él con orgullo brillando en su mirada—. Mis dos mundos enteros.
Detrás de ellos, entró ella. Su compañera. Tenía una figura esbelta, elegante, y sus líneas luminosas eran de un tono púrpura suave que parecía brillar con su propia luz. Caminaba con esa calma que tienen las personas que cuidan de un hogar. En sus manos llevaba una bandeja con tres tazas altas y delgadas, de un material transparente, de las que salía un vapor aromático y cálido.
Se acercó despacio, sonriéndote con dulzura, te entregó una taza a ti, otra a su pareja y se quedó de pie un momento, apoyada en el respaldo del sillón, escuchando la conversación, como si ella también te considerara parte de la familia. El líquido dentro de las tazas era de un color ámbar claro, y el aroma que desprendía era reconfortante, mezcla de hierbas y calor.
—Siempre nos alegra cuando vienes —dijo ella con voz suave, antes de darle un beso leve en la cabeza a su pareja—. Él habla mucho de ti. Dice que eres la única persona que realmente entiende lo importante que es estar aquí.
Él te miró, levantando su taza como si fuera un brindis.
—Por la vida tranquila. Por lo que tenemos. Porque nada cambie nunca.
Y en ese instante, justo cuando tus labios rozaban el borde de la taza…
el golpe llegó.
No fue un temblor. No fue un parpadeo. Fue como si un puño gigante hubiera golpeado la realidad entera desde afuera.
El sonido desapareció por completo. La luz se cortó. El aire se volvió pesado e irrespirable.
Y de repente…
Ya no estabas en la sala.
Ya no había sillones, ni lámparas, ni tazas de té, ni olor a madera.
Caíste de rodillas sobre el asfalto duro y agrietado. El impacto te quitó el aire.
Al levantar la cabeza, el mundo que conocías se había convertido en un infierno absoluto.
Estabas en medio de una de las grandes avenidas de la ciudad que habías visto al principio. Pero ya no había luces bonitas ni anuncios brillantes. Los enormes edificios, antes orgullosos y altos, estaban destrozados, con fachadas caídas, estructuras retorcidas y fuego saliendo de los pisos superiores. El cielo, que había sido azul y claro, ahora era de un color negro profundo, teñido de rojo por el resplandor de las llamas y el humo que cubría todo.
La gente —todas esas especies que caminaban pacíficamente antes— corrían despavoridas por todas partes. Gritos, llantos, el sonido de cristales rompiéndose y el crujido del metal al doblarse llenaban el aire. Era un caos total, una estampida de seres que solo buscaban un lugar donde esconderse, aunque no hubiera ninguno.
Miraste hacia arriba, y lo que viste te heló la sangre.
Allí estaba ella.
Esa masa oscura, inmensa, eterna, flotando en lo más alto del cielo nocturno, cubriendo gran parte del horizonte. No se movía rápido, no necesitaba hacerlo. Su sola presencia era suficiente para romper las leyes del universo.
Y comprendiste entonces la verdad aterradora: No fue ella quien atacó. Ella solo estaba ahí, existiendo, siendo lo que es. Pero su masa, su gravedad, su realidad distorsionada… estaba arrancando al planeta de su sitio.
A lo lejos, en el cielo, una de las dos lunas gigantescas de ese mundo se había roto su órbita. Se veía enorme, demasiado grande, acercándose peligrosamente, inclinada, sacada de su curso por la fuerza gravitacional imposible que emanaba esa oscuridad. Y detrás de ella, miles de fragmentos, rocas del tamaño de montañas, asteroides y escombros cósmicos caían como una lluvia eterna, arrastrados por esa fuerza descomunal.
Cada poco segundo, una de esas rocas impactaba contra la superficie. Explosiones sordas, terremotos que partían la tierra, nubes de polvo que se levantaban hasta las nubes. Arriba, entre las estrellas, veías destellos de luz y fuego: la guerra seguía en el espacio, las flotas seguían disparando, muriendo, intentando detener lo indetenible.
Te levantaste, aturdido, con el corazón golpeándote las costillas, corriendo entre la gente que huía, buscando cualquier cosa familiar, buscando entender.
Y entonces, entre el polvo y los escombros de lo que antes debía ser una zona residencial, lo viste.
Allí estaba él.
Tu amigo. El padre. El que te hablaba de sus hijos, el que te ofreció té, el que deseaba una vida tranquila.
Estaba arrodillado en el suelo, rodeado de cascotes y restos de lo que quizás fue su hogar hacía apenas un minuto. Su cuerpo estaba inmóvil, encorvado.
A sus pies, esparcidos sobre el pavimento agrietado, estaban ellos.
Los dos hijos, con sus cuerpos jóvenes rotos, inmóviles.
Y ella. Su esposa. La que trajo el té. Yacía de lado, con la bandeja destrozada a su lado.
Todos muertos.
Todos borrados de esa vida perfecta que habías compartido con él hacía un instante.
Él no lloraba. No gritaba. Tenía la mirada perdida, fija en ellos, con una expresión de desesperación absoluta, de vacío, de un dolor que ninguna palabra puede describir. Sus líneas luminosas, antes brillantes y coloridas, ahora estaban apagadas, oscuras, parpadeando débilmente como cables cortados.
Te acercaste corriendo, saltando sobre escombros, caíste a su lado y pusiste las manos sobre sus hombros, esos mismos hombros que antes estaban relajados en el sillón de su casa.
Lo sacudiste con fuerza, tratando de hacerlo reaccionar, tratando de devolverlo a la realidad, aunque esa realidad fuera un infierno.
Pero él no se movió.
No te miró.
No te reconoció.
Estaba roto, igual que su mundo. Solo balbuceaba algo bajito, una frase repetida, una oración o un lamento:
—…Querían ser capitanes… solo querían ver las estrellas… querían una vida tranquila…
Entonces, un rugido ensordecedor llenó todo el cielo. Una sombra inmensa cubrió la zona. Al levantar la vista, viste una roca gigantesca, un asteroide del tamaño de una montaña pequeña, cayendo directo hacia donde estaban, atraído por la gravedad distorsionada y la fuerza de esa masa oscura.
Pero él seguía clavado en el suelo, junto a los restos de su familia, abrazando la nada, sin querer moverse.
No hubo tiempo para más.
El impacto llegó.
El suelo estalló justo a tu lado. Una ola de aire caliente, polvo y escombros te golpeó con la fuerza de un tren, lanzándote por los aires como si fueras de papel. Vuelas varios metros antes de golpearte contra una pared derruida, perdiendo el aire, perdiendo la visión, aturdido y dolorido.
Cuando lograste reponerte y mirar hacia atrás, hacia el lugar donde habías estado con él…
Ya no había nada.
Solo un enorme cráter humeante en medio de la destrucción.
Ni rastro de él.
Ni rastro de su familia.
Ni rastro de la casa, del té, de las promesas de futuro, ni de los sueños de ser capitanes.
Todo se había convertido en polvo, fuego y silencio.
Te quedaste allí, tirado entre las ruinas, con el sonido de la destrucción retumbando en tus oídos, comprendiendo finalmente la verdad más cruel de todas.
Esa vida tranquila, esa paz, esa felicidad familiar… no fue un recuerdo.
No fue una visión.
Fue lo que ella escribió para ti, justo antes de borrarlo todo. Te dejó ver lo que podían haber sido, lo que sentían, lo que amaban, solo para que tú supieras exactamente lo que estaba siendo destruido.
Eran personajes en una historia bonita que se había terminado de repente.
Y tú… tú eras el único que había leído el capítulo entero.
Miraste hacia el cielo, hacia esa mancha oscura que lo cubría todo, y entendiste que las flotas, las armas, las lunas y los planetas… no eran nada. Solo eran palabras en una hoja que estaba siendo arrugada y tirada a la basura.
Te arrastraste lejos del cráter humeante, con el cuerpo dolorido, la respiración entrecortada y la mente en blanco. A tu alrededor, la ciudad entera se desmoronaba. Edificios colapsaban, calles se abrían en grietas profundas y el cielo seguía oscureciéndose más y más, como si la noche se tragara la luz del sol para siempre.
El rugido que habías escuchado antes no había cesado. Al contrario: ahora era un sonido continuo, grave, que hacía vibrar los dientes y el suelo por igual, un estruendo que parecía venir de todas partes y de ninguna.
Levantaste la vista, y el miedo te heló la sangre en las venas.
Allí estaba.
La luna.
Esa inmensa esfera rocosa que había iluminado sus noches por millones de años, esa que ellos estudiaban, orbitaban y protegían… ahora ocupaba casi todo el horizonte. Se veía gigantesca, demasiado grande, cercana hasta lo imposible. Su superficie, llena de cráteres, montañas y llanuras de polvo, brillaba con una luz pálida y enfermiza. Se estaba precipitando hacia el planeta a una velocidad aterradora, arrancada de su curso, atraída por una fuerza que no pertenecía a este universo.
El impacto era inevitable. Cualquier ser que entendiera lo más mínimo sobre física sabía que algo así, de ese tamaño y esa masa, al chocar contra el mundo, no solo destruiría la ciudad o el continente… borraría el planeta entero convertido en polvo estelar.
Y todos lo sabían.
En medio del caos, entre los gritos y la huida desesperada, hubo un cambio extraño. Las personas —las distintas especies, los soldados, los civiles, los que lloraban y los que rezaban— dejaron de correr. Dejaron de empujarse. Dejaron de hacer cualquier cosa inútil.
Se detuvieron.
Alzaron la cabeza.
Todos, absolutamente todos, miraron hacia arriba, hacia esa roca gigante que caía sobre ellos como un juicio final.
Ya no había nada que hacer. Ningún refugio aguantaría eso. Ninguna nave podría escapar a tiempo. Ningún arma serviría de nada.
Te sentaste en el suelo, entre escombros, igual que ellos. Te preparaste. Cerraste los ojos un instante, esperando el golpe, esperando el fuego, esperando el final que parecía seguro y rápido.
Contaste los segundos en tu mente.
Uno… Dos… Tres…
El sonido era ensordecedor, el aire se calentaba, el suelo temblaba con violencia creciente. El impacto debía haber ocurrido ya. Debías haber muerto diez veces en ese lapso.
Pero…pasaron los segundos.
Y nada pasó.
El estruendo siguió ahí, la luna seguía inmensa sobre sus cabezas, pero ya no caía.
Una pausa. Un silencio extraño y pesado cayó sobre todo el mundo.
Con el corazón golpeándote las costillas con fuerza, abriste los ojos. Viste a tu alrededor: miles de rostros, miles de seres de todas las formas posibles, todos con la misma expresión: terror, confusión, incredulidad.
¿Por qué no ha chocado? ¿Por qué seguimos aquí?
Entonces, con un miedo que te retorcía las entrañas, volviste a levantar la mirada hacia el cielo.
Y lo viste.
Al principio parecía una sombra más oscura que la noche misma, pero al fijarte bien, comprendiste la realidad aterradora.
La masa oscura estaba ahí.
Esa mancha infinita, esa nada que lo absorbía todo, se había movido y ahora rodeaba la luna por completo. La envolvía. La cubría desde todos los lados.
Era exactamente como si una mano gigantesca, invisible y negra, hubiera salido del vacío para sujetar ese cuerpo celeste. Como si fuera una simple pelota, un pequeño objeto, algo diminuto y frágil entre los dedos de algo que no tiene límites.
La luna, que hacía un momento caía descontrolada y violenta, ahora estaba inmóvil. Detenida en el aire por una fuerza que desafiaba todas las leyes de la física que esta civilización había conocido jamás.
Y entonces…empezó a suceder.
Primero fue un parpadeo. Una vibración en la superficie rocosa.
Luego, la corteza de la luna, esas montañas sólidas, ese núcleo de hierro y roca que había durado eones… empezó a ondularse.
Se movía como si fuera agua. Como si fuera gelatina. Como si la dura realidad del espacio se hubiera vuelto líquida.
Viste cómo ocurría de nuevo. El mismo proceso que habías visto en la nave de guerra, en los cuerpos de los soldados, en todo lo que ella decidía quitar de la historia.
Líneas finas, negras y brillantes, comenzaron a recorrer toda la superficie del satélite. De polo a polo, de lado a lado, cubriéndolo todo en una red infinita. La roca dejó de ser roca. El metal dejó de ser metal. La gravedad dejó de funcionar.
Y entonces…la luna se convirtió en letras.
Millones, billones, cantidades incalculables de símbolos brillantes, pequeños, densos, imposibles de leer, comenzaron a desprenderse de la esfera gigante. La luna se estaba deshaciendo. No explotaba. No se rompía en pedazos. Simplemente… se descomponía en información.
Viste montañas enteras, cordilleras, cráteres del tamaño de océanos, convertirse en ríos de caracteres antiguos, en esa escritura que existía antes del tiempo, que fluían hacia arriba, girando en espirales infinitas, siendo arrastrados hacia la oscuridad que lo rodeaba todo.
Era como ver borrar un dibujo hecho con tiza sobre una pizarra gigante. O como ver quemar un libro página por página, pero en lugar de cenizas, quedaba solo la escritura misma desvaneciéndose.
La luna se hacía pequeña ante tus ojos.
Se iba consumiendo.
Se iba reescribiendo.
Se iba borrando.
Hasta que, en apenas unos segundos que parecieron siglos, ya no quedó nada.
Donde antes había un cuerpo celeste entero, donde había gravedad, masa, luz y geología… ahora solo estaba esa masa oscura, inmensa, flotando en el cielo, como si se hubiera comido la luna entera. Como si hubiera terminado de leer ese capítulo y se lo hubiera guardado para siempre.
El silencio fue absoluto.
Nadie gritaba. Nadie se movía. Todos miraban hacia arriba, con la mente incapaz de procesar lo que acababan de ver. Una luna entera, parte fundamental de su existencia, algo que siempre había estado ahí… había dejado de existir. Y no solo eso: había dejado de haber existido.
Entonces, como si hubiera terminado una tarea simple, como si después de aplastar una pequeña bola entre las manos te acercaras para mirar algo más interesante…
la masa oscura comenzó a moverse.
Se separó del espacio vacío donde había estado la luna y empezó a descender.
Lenta.
Suave.
Inexorable.
Se acercaba.
Directo hacia el planeta.
Directo hacia donde estaban todos.
Directo hacia ti.
Era enorme. Ahora que no había nada entre tú y ella, veías su verdadero tamaño. Era más grande que océanos, más grande que continentes, más grande que cualquier cosa que pudiera caber en una mente racional. Y se acercaba, cubriendo el cielo, apagando las estrellas, deformando la realidad a su paso.
Y entendiste, con una claridad aterradora, lo que iba a pasar.
La luna fue solo un juego. Una prueba. Un bocado pequeño.
Ahora ella venía por el resto.
Todo este mundo.
Esta civilización que creía haber conquistado las estrellas.
Esta gente que soñaba con ir a la Academia Galáctica, con ser capitanes, con tener familias, con vidas tranquilas.
Todo este texto hermoso, complejo y extenso que ella misma había escrito…
estaba a punto de ser borrado.
Miraste a tu alrededor una última vez. Viste a todos ellos, a tus vecinos, a los sobrevivientes, a los que miraban aterrados el cielo negro. No sabían lo que venía. Creían que morirían aplastados, o quemados, o congelados.
Pero tú sabías la verdad.
Sabías que, en unos instantes, las montañas, los océanos, las ciudades, el aire, ellos mismos… empezarían a brillar con esas letras antiguas. Sabías que el planeta entero se convertiría en una lluvia infinita de símbolos flotantes. Sabías que todo esto, todo el dolor, todo el amor, toda la historia, sería absorbido dentro de esa oscuridad, desapareciendo para siempre.
Y entonces, cuando ya no quedara nada…ella seguiría flotando ahí, esperando, hasta que se le ocurriera escribir una nueva historia sobre este mismo espacio vacío.
Porque al final…nada de esto era real.
El cambio ocurrió de golpe, igual que la primera vez, pero esta vez sin dolor, sin ruido, sin destrucción.
Un parpadeo.
Y todo el fuego, el caos, el cielo oscuro, la lluvia de asteroides y esa masa infinita que se acercaba… simplemente desaparecieron.
Ya no había gravedad aplastándote. Ya no había humo ni olor a muerte. Ya no tenías el cuerpo golpeado ni el corazón desbocado por el terror.
Al abrir los ojos, te encontrabas de nuevo allí.
La Biblioteca.
El lugar infinito, silencioso, con sus estantes que se perdían en la penumbra, la luz suave y dorada que flotaba en el aire como polvo de estrellas, y ese olor inconfundible a papel antiguo, tinta y tiempo detenido. Todo estaba exactamente igual a como lo recordabas. Como si no hubieras salido de ahí ni un segundo, como si todo ese universo, esa civilización, esa familia y ese dolor inmenso hubieran sido solo un sueño muy vívido.
Y entonces la viste.
Allí estaba ella.
Sentada con elegancia y despreocupación sobre la tapa de un libro gigantesco, un tomo tan grande como una casa, con la cubierta oscura y llena de grabados que brillaban levemente. Luna estaba allí, balanceando levemente sus piernas, mirándote directamente con esa sonrisa suya, inquietante y perfecta, que parecía saber todos los secretos de la existencia.
Te miraba como quien observa a alguien que acaba de despertar de una pesadilla, o mejor dicho, como una autora que acaba de terminar de leerle su obra maestra a su único espectador.
—¿Te gustó lo que viste? —preguntó con su voz suave, que resonaba en todo el salón sin hacer ruido—. ¿Te pareció interesante?
Hizo una pequeña pausa, inclinando la cabeza hacia un lado, disfrutando visiblemente de tu expresión de confusión, de tu respiración todavía agitada por los recuerdos que todavía sentías en la piel.
—Fui muy generosa contigo, ¿sabes? —continuó, y una risa pequeña y cristalina se escapó de sus labios, una risa que denotaba diversión pura ante tu estado de sorpresa—. No solo te dejé verlo… te di una vida allí dentro. Te di recuerdos, te di amigos, te dio un hogar, te hice sentir que pertenecías a ese lugar… todo para que cuando todo se rompiera, pudieras entender realmente lo que significa perderlo todo. Quería que el dolor no fuera solo una imagen, sino algo que se te clavara aquí —señaló su pecho con un dedo delicado—. Parece que funcionó. ¡Tienes una cara increíble! —se volvió a reír, divertida más que nada por el impacto que había causado en ti.
Mientras hablaba, el enorme libro sobre el que estaba sentada comenzó a cambiar. La tapa gruesa se abrió lentamente por sí misma, desplegando páginas inmensas, tan grandes como campos abiertos, llenas de esa escritura antigua, densa y eterna que habías visto deshaciendo mundos.
Luna se elevó suavemente junto con la apertura del libro, hasta quedar de pie, parada con toda la tranquilidad del mundo sobre las hojas inmensas de aquel tomo, mirándote ahora desde un poco más de altura, aunque seguía teniendo esa apariencia juvenil e inocente que contrastaba con lo que era.
—Ese universo que acabas de recorrer es especial —dijo, y su tono se volvió un poco más serio, aunque la sonrisa seguía ahí—. Sabes que hago mundos constantemente. Los escribo, los leo, los borro y vuelvo a empezar. La mayoría son cosas simples: historias de héroes, historias de dioses, historias de guerras o de paz. Cosas que ya he hecho de mil formas distintas.
Caminó un poco sobre las páginas gigantescas, como si estuviera caminando sobre un suelo normal, pasando suavemente una mano sobre las líneas de texto que brillaban bajo sus pies.
—Pero un día… —continuó, sus ojos brillando con una chispa de curiosidad y entretenimiento—, estaba pensando. Pensando en formas nuevas, en crear algo que nunca se me hubiera ocurrido antes, algo original, divertido, interesante hasta para mí. Y entonces se me ocurrió una pregunta muy simple:
Se detuvo y te miró fijamente, bajando la mano, mientras a su alrededor la biblioteca parecía ampliarse, como si todo el lugar contuviera lo que iba a decir.
—¿Qué pasaría si yo misma me hago presente en la historia? ¿Qué ocurriría si la Creadora entra en su propia creación?
Hizo un gesto amplio con los brazos, señalando hacia atrás, hacia donde sabías que estaba el mundo que acababas de dejar.
—Suelo estar lejos, ya lo sabes. Soy la tinta, soy el papel, soy la historia… pero casi nunca soy un personaje. Pero ahí… en ese mundo… decidí no solo escribir las reglas. Decidí ser parte de ellas. Decidí que mi presencia misma, solo estar ahí, sin hacer nada más que existir, fuera el factor que cambiara todo.
—Lo que viste afuera, esa masa oscura que rompía lunas y convertía todo en letras… esa era yo. No una forma, no un cuerpo, solo mi verdadera esencia entrando en el relato. Y el resultado fue maravilloso, ¿no crees? —dijo con total naturalidad, como si hablara de un experimento exitoso—. Solo con estar ahí, la realidad se retorció. Solo con acercarme, las leyes de la física se rompieron. Solo con mirar, todo empezó a deshacerse. Y lo mejor de todo: ellos creían que luchaban contra un desastre, contra un monstruo, contra una fuerza destructiva… y no se daban cuenta de que simplemente estaban en el mismo lugar que su Dios, y que sus pobres pequeñas existencias no estaban hechas para soportarlo.
Luna dio un paso más hacia el borde de la página gigante, mirándote con esa mezcla de inocencia y abismo que la definía.
—Fue una gran idea. Crear algo solo para ver qué pasa cuando yo me meto en medio. Y ahora tú ya lo sabes. Ya lo sentiste. Ya sabes lo que ocurre cuando la autora decide dejar de ser solo la que escribe… y se convierte en el final de la historia.
Luna caminaba descalza sobre las inmensas páginas abiertas del libro, sus pasos ligeros no dejando huella alguna sobre la superficie, completamente blanca, inmaculada, sin una sola línea, sin una sola letra escrita. La luz de la biblioteca se reflejaba en esa hoja infinita como si caminara sobre nubes o sobre un mar de papel puro. Se movía con la tranquilidad de quien conoce cada rincón de lo que ha creado, balanceando levemente los brazos, mirando al vacío con esa media sonrisa suya, esa que siempre escondía algo más, algo divertido y cruel a la vez.
—Recorrí cada rincón, ¿sabes? —empezó a decir, su voz resonando suavemente alrededor, llena de ese tono burlón y cantarino que usaba cuando le parecía graciosa la estupidez de las cosas—. Estuve ahí, presente en cada parte de ese universo, esperando… esperando a que alguien, aunque fuera uno solo de todos esos seres diminutos, fuera capaz de detenerme. O al menos… de entender qué era lo que tenían enfrente.
Se detuvo un instante, se giró hacia ti y se llevó un dedo a los labios, soltando una risita corta y aguda, como si le hiciera mucha gracia solo de pensarlo.
—¡Pero ¡qué va! —exclamó, encogiéndose de hombros con fingida decepción—. Nadie. Ni los más sabios, ni los más poderosos, ni los que pasaban la vida entera mirando las estrellas. Todos decían que era una fuerza, una anomalía, una enfermedad del espacio, un dios destructor… ¡tantos nombres bonitos y tan equivocados todos! —Se rió de nuevo, más fuerte esta vez, disfrutando del chiste—. ¿Cómo iban a acertar, si la respuesta es demasiado obvia? Es que… piénsalo bien. ¿Alguna vez un personaje de un cuento se ha puesto a pensar: "Oye, ¿y si yo solo soy letras escritas en un papel?"? ¡Claro que no! Para ellos, su vida es todo lo que existe. Creen que son reales, que tienen libre albedrío, que importan… ¡Qué ternura, ¿verdad? Son tan ingenuos que da hasta pena… o daría, si a mí me importara algo.
Siguió caminando por la hoja en blanco, arrastrando la palabra con desinterés absoluto.
—Sinceramente… estuve a punto de acabar con todo. De borrar cada letra, cada recuerdo, cada átomo, y convertir todo ese espacio en nada, igual que he hecho con tantos otros. De hecho, tenía la pluma en la mano y todo —hizo el gesto de sostener una pluma y pasarla por el aire, imitando una acción de borrar—. Pero… —dijo alargando la sílaba, con ese tono de aburrimiento que se le notaba en la voz—, pasó lo de siempre. Me aburrí. Fue todo muy predecible. Gritaban, corrían, disparaban cosas que no servían de nada… al final siempre hacen lo mismo. Es como leer el mismo capítulo mil veces. Cansado. Así que dije: "Bah, para qué gastar tinta".
Se detuvo, se sentó con las piernas cruzadas sobre la página gigante, mirándote con sus ojos brillantes y maliciosos.
—Al final, solo dejé unos poquitos vivos. Los que estaban más lejos, los que se escondieron bien, los que por pura casualidad no estaban en el camino. Un puñado de nada, comparado con lo que había. Y entonces… —sus ojos se iluminaron con esa chispa traviesa que te ponía los pelos de punta—, me retiré. Saqué mi presencia de su historia, cerré el capítulo y los dejé ahí, para que siguieran jugando a ser importantes, a reconstruir sus ciudades, a contar historias sobre lo que pasó.
Se llevó ambas manos a la boca para contener una carcajada que le salía desde el estómago, una risa que sonaba inocente pero que destilaba una crueldad enorme.
—¡Ah! Pero no me fui sin dejarles un regalito —dijo entre risas, señalando hacia arriba con un dedo, como si pudieras verlo allá afuera—. Me pareció que se lo merecían, ¿no? Algo para que recordaran que estuve ahí. Dejé caer una partecita minúscula, diminuta… una porción de lo que soy. ¿Sabes cuánto? —Hizo un gesto con las manos, marcando un tamaño pequeño—. Del tamaño de un coche. Un pedacito ínfimo, nada grave, algo que ni siquiera podría hacerles daño de verdad… si supieran qué es.
Se echó hacia atrás, riéndose a carcajadas, le brillaban los ojos de diversión pura.
—¡Y lo que pasó después fue lo más gracioso de todo! —exclamó, casi sin poder hablar de la risa—. ¿Sabes qué hicieron? Empezaron a gritar, a llorar, a cantar… ¡Celebraron! Sí, sí, ¡lo celebraron! Dijeron que habían sobrevivido al fin del mundo, que habían resistido la furia de los cielos, que eran los elegidos, los bendecidos por los dioses, que tenían una misión especial porque se les había perdonado la vida…
Se secó una lágrima imaginaria del ojo, todavía riéndose.
—Pobres tontos. Creen que fueron salvados, creen que alguien los escuchó y tuvo piedad. ¡Ni se imaginan que la única razón por la que siguen respirando es porque me aburrí de romper cosas! —Dijo con sarcasmo mordaz, poniendo voz de santurrona para imitarlos y luego soltando otra carcajada—. Y ahora ahí están, adorando ese pedacito pequeño de mí que dejé tirado ahí, construyéndole templos, diciendo que es una reliquia divina… cuando en realidad no es más que un resto de basura que se me cayó al irme. —Te miró, todavía sonriendo con esa maldad infantil y encantadora—. ¿Verdad que es divertido ver cómo interpretan las cosas? Son tan serios, tan dramáticos… y yo solo estaba pasando el rato.
Luna dejó de reírse poco a poco, aunque esa sonrisa burlona y divertida seguía dibujada en sus labios, como si todo lo que contara fuera el chiste más gracioso del mundo. Caminó un poco más por encima de aquellas páginas infinitas, completamente blancas, limpias, inmaculadas, bajo sus pies descalzos.
—Después de eso, me fui del todo —continuó, con esa tranquilidad absoluta de quien sabe que su ausencia es también una forma de control—. Los dejé ahí, solos, con sus recuerdos rotos y sus historias inventadas, para que reescribieran su propio libro. Siempre los dejo hacerlo, ¿sabes? Es la regla del juego: una vez que ya no me divierten o ya probé lo que quería probar, los dejo seguir su camino, vivir sus vidas, creer que son dueños de su destino… a menos que de repente se me ocurra algo nuevo, algo curioso, o simplemente me despierte con ganas de cambiar el final. Entonces… bueno, ya viste lo que pasa cuando se me antoja cambiar la trama.
Se agachó un poco, pasando la palma de su mano por encima de la hoja inmensa y vacía que cubría todo el suelo a sus pies.
—Pasó el tiempo. Miles de años… millones quizás. Para mí no es nada, apenas un parpadeo, un suspiro. ¿Sabes cuánto crees que escribieron, cuánto vivieron, cuántas civilizaciones nacieron, murieron y volvieron a nacer en todo ese tiempo? —Hizo un gesto pequeño, marcando una distancia mínima con sus dedos—. Ni siquiera alcanzó para cubrir una cuarta parte de esta página que tienes aquí abajo. Todo ese tiempo, toda esa historia, todo ese orgullo… es apenas un par de líneas en mi libro. —Se rió bajito, negando con la cabeza—. Pero lo más gracioso, lo que de verdad me hizo soltar una carcajada cuando me di cuenta… fue lo que hicieron con el regalito que les dejé. ¿Recuerdas? Esa partecita diminuta, del tamaño de un coche, ese pedacito de mi esencia que tiré ahí como quien tira un papel a la basura.
Sus ojos brillaron con una mezcla de sorpresa fingida y genuina curiosidad.
—¡Vaya si fueron listos! O desesperados, más bien. Usaron esa pequeña célula, ese fragmento de lo que soy, y lo convirtieron en todo. Lo estudiaron, lo rompieron, lo entendieron a su manera… y crearon cosas nuevas. Tecnologías, poderes, energías que jamás habrían soñado tener sin eso. Cosas mucho más potentes que todo lo que habían construido antes. —Se encogió de hombros, como si fuera un dato sin importancia, aunque su mirada decía lo contrario—. Y, aunque debo admitirlo, me impresionó un poquito. Que seres tan pequeños, tan limitados, pudieran agarrar un trocito de mi realidad y usarlo para crecer, para expandirse, para hacerse grandes… fue curioso. De hecho, si no hubiera sido por eso, este universo ya habría desaparecido hace mucho. Pero ver qué hacían con mis sobras… bueno, eso lo hizo interesante. Por eso sigue aquí. Por eso todavía existe.
Levantó la vista hacia ti, poniendo los ojos en blanco con fingida lástima.
—Eso sí… por más que crecieron, por más poderosos que se sintieron, por más lejos que llegaron… jamás, ni por un segundo, estuvieron cerca de mí. Ni me rozaron, ni me entendieron, ni pudieron verme siquiera. Para ellos, usar mi esencia es como usar el aire: lo respiran, viven gracias a él, pero no saben qué es ni de dónde viene. —Hizo una pausa, y su sonrisa se volvió más misteriosa, más atenta—. Pero hicieron algo. Algo que sí llamó mi atención de verdad. Algo único, que no había visto hacer a nadie antes.
Dio un paso hacia delante, como si te fuera a contar un secreto divertido.
—Usaron ese poder. No todo, claro, pobrecitos, no les daba para tanto. Pero sí usaron una gran parte de ese fragmento que les dejé. Y sabes qué hicieron… —Hizo una pausa dramática, disfrutando el momento—. Crearon vida. Construyeron dos seres. Dos entidades únicas, hechas a imagen y semejanza de lo que ellos creían que era su Dios… basándose en la única muestra que tenían: ese pedazo de mí. Los hicieron con parte de mi propia esencia, mezclada con todo lo que ellos habían aprendido, todo lo que sentían, todo lo que temían y adoraban.
Se llevó una mano al pecho, fingiendo halago.
—¿Sabes por qué? —preguntó con voz cantarina, burlándose suavemente de la intención—. Lo más probable es que fuera para tratar de entenderme. Para crear algo que pudiera ser como yo, para observarlo, para estudiar cómo funciona lo divino, para comprender al monstruo que casi la borra de la existencia. Quisieron hacerme hermanos, o hijos, o reflejos… solo para sentirse un poquito más cerca de lo que me destruyó. ¡Qué lindo, ¿verdad? ¡Qué tierno y aterrador a la vez!
Luna señaló hacia algún punto lejano, más allá de las estanterías infinitas, más allá de la biblioteca, más allá de todo lo que conoces.
—Tomaron a esos dos seres recién nacidos, esos dos pequeños dioses hechos a retazos de mí, y los dejaron caer. Los enviaron lejos, muy lejos, a un planeta azul, precioso y tranquilo, escondido en una constelación casi nueva, donde nadie molestara. Y ahora… —Se rió suavemente, con esa mezcla de inocencia y crueldad que la definía perfectamente—. Ahora se quedan ahí arriba, escondidos entre las estrellas, observando. Esperan. Miran cómo crecen, cómo actúan, qué hacen, cómo piensan… esperando que esos dos seres que crearon con mis sobras les den la respuesta a la única pregunta que realmente importa: ¿Qué es ella?
Te miró con una sonrisa inmensa, satisfecha y divertida.
—Y lo mejor de todo… es que no tienen ni idea de que yo ya estoy aquí, leyendo cada movimiento que hacen. —Se sentó de nuevo sobre el borde de la página gigante, balanceando los pies—. Dos seres nacidos de mí, creados por quienes me temen, observados por quienes quieren entenderme… Todo se ha vuelto mucho más interesante. ¿No crees?
Thoughts
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PermalinkDos dioses chiquitos armados con sobras de Luna y dejados en un planeta azul tranquilo. Apuesto a que ese planeta es el nuestro y que de ahí para adelante la Biblioteca deja de ser el único lugar seguro. ¡Qué ganas!
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PermalinkLo del padre, uf.
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PermalinkLa casa del padre fue lo que más me pesó: los dos hijos hablando de la Academia, la compañera con la bandeja, él brindando por que nada cambie, y un rato después todo eso en el suelo. Luna dice que se lo dio a vivir para que doliera, y a mí me dolió igual aunque ya sabía que algo venía. En mi familia había uno que brindaba por eso mismo cada fin de año, como si decirlo alcanzara para sostenerlo. Me quedé con la duda de si alguno de los pocos que Luna dejó vivos se acuerda de él.