Las miradas que uno evita por miedo a lo que va a encontrar no son cosa de jóvenes nada más. Hay mañanas en que mi mujer me mira y no sé si me está reconociendo, y a veces soy yo el que aparta los ojos primero, por no saber. Leyéndote pensé en eso. Se nota que lo escribiste con una mirada en particular en la cabeza, aunque no la nombres en ningún momento.
Miradas
Pensamiento
Las miradas que uno evita por miedo a lo que va a encontrar no son cosa de jóvenes nada más. Hay mañanas en que mi mujer me mira y no sé si me está reconociendo, y a veces soy yo el que aparta los ojos primero, por no saber. Leyéndote pensé en eso. Se not
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Las miradas lo son todo, pueden comunicar mucho más que las palabras o acciones. En las miradas se puede ver el amor, el odio, el sufrimiento, la felicidad y, aunque a veces lo que comunican no es claro, es real, es algo que no se puede cambiar.
Hay miradas que se quedan grabadas en nuestra memoria, incluso cuando las personas que nos las dieron ya no forman parte de nuestras vidas. Miradas que duran apenas unos segundos, pero que somos capaces de recordar durante años, preguntándonos qué significaron realmente.
Existen miradas que dicen «te extraño», otras que gritan «te odio» y algunas que, sin decir absolutamente nada, consiguen hacernos sentir cosas que ni siquiera sabíamos que éramos capaces de sentir. Lo curioso es que nunca podemos estar completamente seguros de lo que significan. Podemos pasar horas intentando descifrar los ojos de alguien y aun así no llegar a ninguna conclusión.
A veces, una mirada puede hacernos sentir especiales, como si fuéramos las únicas personas en una habitación llena de desconocidos. Otras veces, puede hacernos sentir insignificantes, como si nuestra presencia no significara absolutamente nada. Y qué extraño es que alguien pueda provocar ambas sensaciones sin siquiera pronunciar nuestro nombre.
También están aquellas miradas que evitamos. No porque no queramos mirar, sino porque tenemos miedo de lo que podríamos encontrar si lo hacemos. Tal vez sea cariño, tal vez sea decepción o tal vez sea esa verdad que llevamos tanto tiempo intentando ignorar. Porque mirar a alguien a los ojos puede ser mucho más difícil que escuchar cualquier confesión.
Pero ¿qué pasa cuando una mirada significa algo para nosotros y absolutamente nada para la otra persona? ¿Cuando pasamos días recordándola, intentando encontrarle un sentido, mientras la otra persona probablemente ni siquiera recuerda haberlo hecho?
Quizá ese sea el problema de las miradas: que nos permiten imaginar historias enteras sin necesidad de conocer la verdad. Nos hacen creer que alguien nos extraña, que alguien nos quiere o que alguien esconde un secreto. Y, a veces, terminamos enamorándonos de lo que creemos ver, no de lo que realmente existe.
Sin embargo, me pregunto si alguna vez una mirada ha revelado algo que su dueño llevaba demasiado tiempo intentando esconder. Si alguna vez alguien ha mirado a otra persona con tanto amor que las palabras se han vuelto completamente innecesarias. Si alguna vez dos personas se han entendido en silencio, mientras el resto del mundo seguía hablando sin tener la menor idea de lo que estaba ocurriendo.
Me gusta pensar que sí.
Porque, al final, las palabras pueden ensayarse, las sonrisas pueden fingirse y las acciones pueden tener más de una explicación. Pero hay momentos en los que una mirada parece escaparse del control de quien la sostiene, revelando por un instante aquello que tanto se esfuerza por ocultar.
Y quizás nunca lleguemos a conocer el verdadero significado de todas las miradas que recibimos. Quizás algunas estén destinadas a quedarse como preguntas sin respuesta, recuerdos que regresan sin avisar o pequeños misterios que preferimos no resolver.
Pero hay algo que me parece aún más interesante: todas las miradas que damos sin saber que alguien podría recordarlas.
Porque mientras nosotros observamos a los demás, alguien también nos observa. Alguien podría estar intentando descifrar nuestros silencios, preguntándose por qué apartamos la mirada o qué escondemos detrás de una sonrisa.
Y entonces me pregunto: ¿cuántas historias habrán comenzado con una mirada que ninguno de los dos se atrevió a reconocer?
¿Cuántas habrán terminado de la misma manera?
Quizás nunca lo sepamos.
Después de todo, no todas las miradas buscan ser entendidas. Algunas solo quieren ser vistas.
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