Cuando era niño, recuerdo que a la hora de acostarme mi madre siempre dejaba la ventana abierta y el abanico encendido, porque en ese tiempo no teníamos ningún aparato para climatizar la habitación. Teníamos un solo cuarto donde dormíamos mi mamá, mi hermano y yo. Recuerdo que siempre usábamos sábanas diferentes cada uno, porque mi hermano y yo peleábamos por ella —jajaja—.
Ya entrada la madrugada, veía entrar la luz de la luna por la ventana. Desde ahí se alcanzaba a ver el patio, que era muy chico: apenas cabía un lavadero, en unos cuantos metros, donde mi mamá colgaba la ropa cuando lavaba a mano. A ella le gustaba tener la ventana abierta porque entraba un aire fresco. A veces veía cómo los mosquitos intentaban meterse al cuarto, pero se quedaban atrapados en la tela mosquitera de la ventana.
En ese tiempo no existían las redes sociales ni los celulares, y la televisión por cable era tan nueva que se podía contar con una mano cuántos vecinos la tenían. Yo tendría unos siete u ocho años, y a esa edad todo es posible para cualquier persona: las caídas son hasta divertidas, uno se levanta rápido, o como decía mi abuelo, "te sobas y pa'rriba, cabrón". A esa edad las preocupaciones eran cosas simples como el examen de matemáticas del día siguiente, o en mi caso, una sola idea fija en la mente: quiero jugar con Roberto en el campo de béisbol. Esa era mi gran preocupación, la de un niño que amaba jugar al béisbol.
Todo eso venía a mi mente, cuando de pronto un ruido llamaba mi atención. Era un ruido que ya había escuchado antes, no era fuerte y tampoco me daba miedo oírlo, ni de cerca ni de lejos. De hecho, me gustaba mucho, porque mi mente empezaba a imaginar, a perder la noción del tiempo por un momento. Lo más raro de todo esto es que me agradaba oírlo —tal vez piensen qué extraño soy—, pero en particular era el ruido de un camión circulando, el sonido de acelerar y de meter los cambios.
Ese ruido me hacía viajar sin moverme de la cama. Soñaba: "¿quiénes irán en él?", "¿a dónde irán?", "¿será un autobús de pasajeros?". Era un viaje que disfrutaba mucho, porque me hacía meterme en un mundo mágico, lleno de historias que solo un niño puede imaginar, con esa mente inocente y pura que tienen los niños, capaz de crear mundos enteros en un instante. Cuando uno es niño, imagina grandes cosas, porque su imaginación no tiene límites.
Pero esa magia no siempre llegaba completa. Había noches en que ese viaje imaginario se cortaba de golpe, porque el mundo real, el de a un lado de mi cama, también estaba despierto.
Ese momento de magia e ilusión se interrumpió una noche con mi mamá. Ella había pasado varios días sin dormir bien, y esa era una de esas noches. Yo, sumergido en mi propio mundo, no me había dado cuenta de que ella también estaba despierta. Cuando se percató de que yo lo estaba, se sonrió, aunque con esa preocupación que solo tiene una madre, y me preguntó:
—¿Por qué estás despierto? ¿Te pasa algo? ¿Te sientes bien?
—No, mamá, no tengo nada —le dije—. Solo escuché un ruido y desperté.
No quise decirle la verdad, porque sabía que si le contaba que ese ruido me gustaba, me diría: "estás loco, duérmete ya". Pero en el fondo yo sabía bien qué estaba pasando. Días atrás, mi papá nos había dejado. Había decidido hacer su vida en otro lugar, dejándonos a mi mamá y a nosotros sin nada, sin un peso partido por la mitad.
Mi mamá lloraba todas las noches, cuando creía que nadie la escuchaba. Pero yo sí la oía. La veía, bajo las sábanas, limpiarse la cara. La veía mirar por la ventana, como esperando respuestas a algo que ni siquiera tenía preguntas claras. Veía a una madre luchar cada día por darnos lo más básico: comida, servicios, la escuela para mi hermano y para mí. Mi mamá, ay, mi madre, trabajaba de sol a sol vendiendo productos de catálogo, y todos los martes cuidaba a una ancianita, por lo que le pagaban en ese entonces cincuenta pesos el día. Había noches en que yo me quedaba dormido y no la veía llorar, pero sabía, a la mañana siguiente, que lo había hecho, porque siempre me decía: "ay, esta alergia no la aguanto", mientras se limpiaba la nariz. La verdad, no sé cómo le hacía, pero nunca nos faltó nada a la hora de comer. Poca comida, pero siempre había.
Mi hermano, en cambio, siempre dormía profundo; nunca despertaba. Él vivía enfocado en salir adelante, y siempre decía lo mismo: "yo no quiero una vida pobre, quiero una vida buena, con todo". ¿Lo logró? Eso solo él lo sabe. Porque tener una vida buena, con todo, para mí, es tener comida en la mesa, un techo, y una familia que espera mi llegada a la hora de salir del trabajo.
Una cosa sí sé, y de eso estoy seguro: mi mamá caminaba todos los días. En cuanto mi hermano y yo salíamos a la escuela, ella limpiaba la casa rápido y luego salía a visitar amigas, conocidas y familiares, para vender esos productos por catálogo. A veces me decía: "hoy caminé mucho con este calor, me siento cansada", y se sentaba en la tarde, cuando bajaba el sol, a ver una novela. Yo odiaba las novelas, porque lo único que quería era salir a correr, a jugar con mis amigos del callejón —jajaja—.
A la noche siguiente volvía a escuchar ese ruido que tanto me gustaba, pero esta vez no le ponía tanta atención, porque mi mamá lloraba más. A veces escuchaba a mi hermano roncar, y pensaba: "qué gusto, él está dormido" —jajaja—. Pero ni él ni yo teníamos la culpa de lo que había pasado con mis papás. Por mi parte, no le guardo rencor a mi papá por habernos dejado; los motivos que tuvo para hacerlo, solo él los sabe, y no puedo amargarme por eso.
Pero vaya que sí me hizo falta. Me ponía triste ver cómo a mis compañeros los recogían sus papás a la salida de la escuela. Pero eso era solo un punto a la izquierda, porque yo sabía que al llegar a casa estaría mi mamá.
La casa olía a chorizo friéndose desde antes de que yo cruzara la puerta, y eso ya me cambiaba el día completo. Ahí estaba ella, con una sonrisa, volteando la sartén.
—Hice lo que más te gusta comer —me decía —jajaja—.
Era algo simple, muy simple: un plato de frijoles con chorizo y tortillas de harina hechas por ella misma, todavía calientes, recién salidas del comal. Nos sentábamos los tres en la mesa de la cocina, mi hermano de un lado, yo del otro, y mi mamá siempre de pie, sirviendo antes de sentarse ella. Con esa comida sencilla sentía que el día había sido genial. Comía hasta llenarme, y mi hermano también —jajaja—. La felicidad, la verdadera felicidad, son esos instantes que Dios nos regala, y más cuando somos niños.
De mi papá hace ya décadas que no sé nada. Mi hermano se fue de la ciudad en busca de algo mejor. Mi mamá y yo nos quedamos aquí, en la ciudad que me vio crecer. Ahora me toca cuidar de mi mamá, de esa mujer que antes me decía "duérmete ya". Ahora soy yo el que le dice: "duérmete, mamá, todo está bien, con el favor de Dios".
Gracias por esas palabras, mamá.