Qué hago
un viernes a la noche
donde la lluvia
de augurios sedientos
reveladores
retumban no solo mi pensar
sino que la consciencia
de cada ser humano
habitando la tierra.
Tal vez algunos callen:
“serán” ciegos de ojos
pero no de oído.
Tal vez otros lloren:
“serán” sordos de oído
pero no de ojos.
Y Tal vez, alguien-
dudo que la Suerte dé vida
a otro ejemplar igual-,
se anime a tomar asiento
en el reflejo de los charcos
que revelan la sed del mundo:
Aquel sujeto es en todas sus formas
pues sus ojos se critalizarán de las lágrimas
sin saber si son del cielo o de su propio sentir;
sus oídos se recostarán en la canción de sus pensamientos
acunados en la armonía profesada por las nubes;
su nariz se ahogará en la pura tristeza
con el perfume del llanto y la vulnerabilidad desnuda;
su lengua saboreará no solo su propia angustia
sino aquella que habita en cada rincón del mundo admirador del arriba;
y su tacto abrazará toda la tierra
y esa simple interacción será su puerta a la eternidad.
Porque no es cuestión
de revelar la verdad
que se esconde
donde el humano
no puede llegar.
Para eso está la lluvia.
Es cuestión
de ser
(temer, buscar, aceptar).
Ser.
Un domingo
Un lunes.
Un martes.
Un miércoles.
Un jueves.
Un viernes
a la mañana
a la tarde
y a la noche
despejada
nublada
de una lluvia
de augurios sedientos.
Y también un sábado.
Pero Qué hago
si no escupir
el eco de los augurios
que por mi cuenta no logro escuchar
y pretender que por tomar consciencia
las palabras la verdad me van a revelar.
Pero es mi forma
de tomar asiento
en el reflejo de los charcos
que revelan la sed del mundo:
Es mi forma de ser.