Me gusta pensar que cada uno da lo que es. Pero eso no debe cambiar lo que soy, ser bueno no es un castigo aunque a veces quieran confundirnos. Es la verdadera rebeldía contra el sistema y una cultura impuesta a la que estamos obligados a transitar.
Pensamiento
Me gusta pensar que cada uno da lo que es. Pero eso no debe cambiar lo que soy, ser bueno no es un castigo aunque a veces quieran confundirnos. Es la verdadera rebeldía contra el sistema y una cultura impuesta a la que estamos obligados a transitar.
Contenido de la publicación
EL CÓDIGO DE SANGRE
¿Qué necesita tu estrecha mente para leer algo diferente que no te aburra a los dos segundos? ¿Otra dosis de esa papilla edulcorada con la que te han embrutecido la paciencia? Siempre es la misma basura con diferentes rostros: la coartada perfecta para justificar que golpear al inocente al final tiene su recompensa y que todos terminan comiendo perdices.
Despierta de una vez. En la realidad, el bueno rara vez sobrevive; y si bien le va, termina con la existencia completamente destrozada, masticado y escupido por un sistema que se alimenta de los débiles.
Aquí no hay finales felices ni salvadores con complejos de mártir. La familia Zalgorán y Analián operan en el fango donde la moralidad es un estorbo y la supervivencia se mide por cuánta sangre estás dispuesto a derramar sin que te tiemble el pulso. Esto es un recordatorio cínico y brutal de que el mundo real no regala treguas.
Si te atreves a abrir los ojos, prepárate para que te sacudan la modorra. El código está sobre la mesa. A ver si te da el estómago para sostener la mirada hasta el final o si sales corriendo a buscar tu carcel de seguridad
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