MEDIVAL
El pasado, un vulgar sueño. El presente, un soplo. El futuro, un prolongado bostezo. Categóricamente así definía la vida Ricardo desde su oscura habitación del 2º A, frente al computador, a las 2 A.M.
La combustión del humo que lo rodeaba le dio coraje. Hoy sería el día. Dejó su cigarrillo a medio fumar y se incorporó. Fue hasta el baño. Llenó la tina.
Se quitó las sucias prendas y se metió, con la tostadora en la mano. Cerró los ojos.
Un soplo, se decía entonces. Un bostezo.
En ese instante, desde la puerta de entrada, tres fuertes golpes se oyeron.
La intriga lo sacó de su frenesí y lo envolvió en un aura colérica. Dejó la tostadora a un lado, se incorporó y tomó una toalla. Envuelto en ella, caminó a la puerta, de la cual ya no se escuchaban golpes.
¿Qué querría alguien a estas horas de la madrugada? — pensaba, mientras apuraba el cerrojo.
Al abrir, no encontró a nadie. A sus pies posaba una carta que en letras grandes decía: "RICARDO".
Se aseguró por segunda vez de que no hubiese nadie. Tomó el sobre y entró.
La carta no tenía remitente. Eso llamó sobremanera su atención. La abrió.
El contenido era una hoja A4 con una sola palabra, en tamaño 15, letra Arial Black: "AYUDAME".
Su cara comenzó a tornarse rubicunda.
— Indudablemente se trata de una pesada broma — murmuraba, mientras giraba en círculos.
Abrió nuevamente la puerta y volvió a mirar a uno y otro lado del pasillo. Alguno de estos vecinos estará, en este momento, pegando su oreja a la puerta.
Resolvió no exteriorizar su ira. Dio un portazo y entró a su oscuro recinto.
Esa nota lo perturbó. ¿Acaso la burla iría referida a ese lejano hecho?
Amanecía en Buenos Aires. El despertador daba aviso a Ricardo, quien inútilmente estiraba el diestro para silenciarlo.
— Vamos, a levantarse — le decía Melisa, mientras se frotaba las sienes en su pecho.
Las cosas no andaban mal. Ricardo era una persona jovial, alegre y recta. Estos atributos le aseguraban un pronto ascenso, como le solía decir Humberto, su superior a cargo.
Diez años de noviazgo, dos de matrimonio. Estaba a cargo de toda un área de criminalística y era muy respetado, a pesar de sus treinta y dos años. Su cara, en reiteradas ocasiones, ocupó alguna página en los diarios locales.
La pava ululaba vapor. Las ventanas golpeaban contra los marcos.
Ricardo regresó de su ensimismamiento y preparó café. El computador miraba indiferente, con sus contenidos sobre accidentes raquídeo-medulares en primera plana.
3:30 AM. El café se enfrió, la luz del computador se apagó y el silencio total de la habitación, del edificio y, acaso, de Buenos Aires, reinaba imperioso.
Un sudor humedecía la camisa de Ricardo.
"AYUDAME". Debería notificar a todo el mundo que desalojaría el edificio y así se libraría del sospechoso. Pero bien sabía que si lo hacía, se desprendería de su único ingreso.
Se acostó pesadamente, con los jeans clásicos que siempre vestía, con su remera blanca lisa y sus zapatos de gamuza.
La mañana se hizo presente. Preparó mate y abrió de par en par la ventana.
Luego tomó el teléfono y discó el interno.
— ¿Sí? ¿Señor Medival, necesita usted algo? — dijo una voz ronca.
— Sí, Jumares. Necesito dos atados de cigarros y algunas frutas.
— Enseguida salgo a buscarlo, señor.
Cortó. Se acercó a su carta. Cuando se dispuso a leerla, sonó el teléfono.
— ¿Quién llama? — inquirió de mala gana.
— Señor Medival, hay una señorita que desea hospedarse.
— ¿Y qué tiene de problemático?
— La única habitación libre es la del 2 B, señor. Creí que quizás debería saberlo, porque ya sabe...
— No hay problema, toma sus datos y que se hospede. No te olvides de lo que te encargué — Ricardo había colgado.
Se quedó mirando la carta. La palabra le quemaba.
Abrió el cajón del escritorio para guardarla.
Adentro había otras.
Siete.
Todas iguales. Mismo sobre. Mismo "RICARDO" en mayúsculas. Misma palabra: AYUDAME.
Las sacó. Las alineó sobre la mesa. Ocho cartas ahora, con la de hoy.
En el reverso de cada una, una fecha escrita a mano, con su propia letra.
La más vieja: 14 de marzo.
La de hoy: 21 de marzo.
Una por noche.
Revisó la computadora. En documentos recientes: http://AYUDAME.doc
Lo abrió. Arial Black, tamaño 15. El cursor titilando después de la E.
Al lado del teclado, una chapita de policía oxidada. Decía: R. MEDIVAL.
Nadie en el edificio le decía Ricardo. Todos le decían Señor Medival. Solo las cartas le decían Ricardo.
Entendió.
Todas las noches se preparaba para irse, todas las noches alguien golpeaba tres veces, todas las noches encontraba la carta.
Todas las noches se salvaba por tres golpes que él mismo se daba, sin saber.
La puerta volvió a sonar.
Tres golpes.
Ricardo no se levantó esta vez.
Dijo en voz baja, como si le hablara al que estaba del otro lado y al que estaba adentro, al mismo tiempo:
— Ya te escuché.