Hay recuerdos que no se van aunque uno deje de buscarlos. A mí me pasó con unos ojos. Me los sé de memoria, incluso ahora que ya no me miran.
Recuerdo cómo cambiaban cuando sonreía, cómo podía saber que algo le pasaba sin que dijera una sola palabra, cómo buscaba su mirada casi sin darme cuenta. En algún momento llegué a pensar que conocer esos ojos era una de esas pequeñas certezas que la vida te regalaba para quedarse.
Pero el tiempo pasó y todo cambió.
Ahora puedo cerrar los ojos y recordar exactamente cómo se veían, pero cuando los encuentro ya no me reconocen de la misma manera. Y quizá eso es lo que más nostalgia me provoca: no haber olvidado su mirada, sino saber que aquella mirada que yo conocía ya no existe para mí.
A veces pienso que qué extraño es el corazón. Puede aprenderse de memoria los detalles de alguien y, aun así, tener que aprender a vivir como si nunca los hubiera conocido.
Porque yo todavía recuerdo esos ojos. Recuerdo lo que sentía cuando me miraban, lo que imaginaba cuando nuestras miradas coincidían y todo lo que llegué a creer que significaban.
Pero también entendí algo: recordar una mirada no significa que tenga que seguir esperando que vuelva a buscarme.
Hay personas que se quedan en nuestra memoria de una forma tan profunda que, aunque ya no formen parte de nuestra vida, seguimos reconociéndolas en pequeños detalles: una canción, una fotografía, un lugar, una hora del día… o simplemente en el recuerdo de unos ojos que alguna vez nos hicieron sentir vistos.
Y quizá algún día deje de preguntarme por qué esos ojos ya no me ven.
Quizá simplemente los recordaré como lo que fueron: una mirada que alguna vez significó mucho para mí, pero que ya no necesito para sentir que alguien me ve.
Porque sí, me sé de memoria unos ojos que ya no me ven.
Y tal vez la verdadera forma de soltarlos no sea olvidarlos, sino aceptar que puedo recordarlos sin seguir esperando que vuelvan a mirarme.