Eso es capítulo 1 nada más, ¿cuántos hay? Porque me cuesta seguir historias tan largas desde el bus.
Los que pudieron flotar.
Capítulo 1 — Sueños
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Eso es capítulo 1 nada más, ¿cuántos hay? Porque me cuesta seguir historias tan largas desde el bus.
Contenido de la publicación
Capítulo 1 — Sueños
En 1985 comenzaron los juicios contra aquellos que llevaron a cabo la toma del estado argentino, en el cual se cometieron atroces crímenes disfrazados de ideología política y reconstrucción socio-económica.
Para muchos, la justicia llegaba tarde, el daño estaba hecho.
Las familias ya estaban destrozadas por aquellos nombres que nunca volverían a oír.
En aquellos juicios se contaba con los testimonios de quienes sobrevivieron.
Aquellos que aun con cicatrices visibles e invisibles, seguían luchando por lo que consideraban justo.
Entre ellos está ella.
—Siguiente testigo al estrado.
La voz del juez rompe aquel espeso silencio, su tono es monótono. No muestra emoción. Tampoco la mujer que es llamada a declarar.
El juez le pregunta si jura decir la verdad y ella asiente.
La sala queda en silencio cuando se sienta en el estrado y pronuncia su nombre completo.
—Graciela Beatriz Ibarra.
—Edad
—30 años
Tiene las manos entrelazadas, apoyadas sobre sus piernas. No tiemblan, pero tampoco están quietas, un pequeño tic le recorre los dedos.
Un gesto que alguna vez perteneció a otra persona que ahora no logra recordar con claridad.
Mientras habla, evita mirar hacia atrás.
Allí están las madres, los pañuelos blancos apenas visibles de reojo Y los hombres que no la quieren mirar.
Cierra los ojos.
Buscando un poco de aquella paz perdida, respira hondo.
Y comienza.
—Al principio solo soñaba con ellos.
Un murmullo de descontento recorre a los presentes con lo último mencionado.
El juez carraspea.
—Señora Ibarra, aténgase a los sucesos.
En 1981 todavía llevaba una vida normal. Aunque el país ya no era tan normal.
Vivía con su madre en el sur del conurbano bonaerense y Trabajaba como maestra suplente en una primaria del barrio.
—¿Con quién vivía antes de ser llevada?
La pregunta la obliga a levantar la mirada.
Girar su cabeza y ver a su madre envejecida de golpe.
—Con mi madre, Eleonor Azucena Ibarra.
No agrega que apenas llegaban a pagar la luz.
Que había días en que el encierro era la única precaución cuando ciertos vehículos rondaban por la cuadra.
Y que las ventanas de noche no se abrían, no importaba lo que los vecinos gritaran.
—Dirección.
Indaga el juez, sin quitarle la mirada.
Graciela piensa un momento.
No suele olvidarse su dirección.
Desde chica soñaba cosas raras.
Al principio se lo atribuía a su imaginación,
Como cualquier infante.
Pero con el pasar de los años estos seguían.
Aunque eran frecuentes, ese año, los sueños se habían pasado de la raya.
Algo raro le estaba pasando.
Y desde el primer sueño lo supo.
Esa noche estaba boca arriba, mirando el techo.
Algo normal después de un día largo de laburo.
Afuera pasó el último colectivo. Después, nada.
El silencio se instaló.
Un silencio que debía ser conocido.
Como todas las noches anteriores.
Pero que esta vez se sentía raro, como impropio.
Luego de unos minutos,
Donde solo daba vueltas en la cama.
Sintió una extraña sensación de frío en los tobillos.
Trato de moverse y no pudo.
A su vez un extraño zumbido.
Comenzó desde detrás de sus oídos.
Aunque era raro se lo atribuyo al cansancio.
Trato de respirar.
Uno.
Dos.
La habitación desaparece.
No cae, parece que está flotando.
Una sensación de miedo la invade.
No miedo propio.
Un miedo ajeno.
El suelo es una mezcla de cemento y tierra húmeda.
No es que lo pueda ver, lo sabe por el olor.
Un olor típico de su conurbano.
Escucha una respiración, no ve de donde viene.
La respiración es irregular. Como si le costara la simple acción.
Luego de unos segundos, el sonido se vuelve más nítido.
Y una voz invade sus oídos.
—No recuerdo… ¿hoy es martes o viernes?
La voz es joven. Cansada.
Graciela no sabe cómo reaccionar.
Sabe que es un sueño, pero aun así es extraño.
Trata de adaptar su vista a la poca luz,
Y luego de unos segundos lo ve.
Un chico.
No mayor de dieciséis años. Está sentado contra la pared, con las rodillas al pecho.
Tiene una pequeña cicatriz en la ceja derecha.
No está atado. Pero tampoco puede levantarse, parece que su cuerpo le duele.
La mira como si supiera que está ahí.
Como si la estuviera esperando.
—Me llamo Esteban.
Pronuncio con voz rota.
Graciela quería preguntarle quien era porque lo estaba soñando donde estaba.
Pero no podía hablar.
Parece que solo tenía permitido mirar.
Pasan segundos, luego minutos.
Él no dice nada, solo la mira.
El zumbido vuelve, más fuerte. La habitación tiembla.
Parece que el sueño está por terminar.
—No dejes que me olviden.
Pronuncia finalmente.
—decile a mi vieja que lo siento…
Sonríe apenas.
Pero parece más una mueca de dolor que de felicidad.
Graciela despierta.
Tiene la sensación de haber estado parada durante horas.
Tiene las manos húmedas, pero no es agua, ni tampoco transpiración.
Por instinto, se las lleva a la nariz.
El olor la atraviesa.
Como una presencia que se niega a irse.
No comprende que soñó, pero decide escribirlo.
Remarcando inconscientemente aquel nombre.
El juez le pregunta cuál fue su primer acercamiento con la familia de desaparecidos.
Ella parpadea.
Para ella no fue un acercamiento.
O ella no buscaba acercarse
Es más, las evitaba.
Tenía miedo de lo que le podía pasar,
Si se juntaba con ellas.
—El 23 de octubre de 1981 en la Plaza de Mayo.
No agrega nada más.
No es necesario.
Recuerda ese jueves. Los pañuelos blancos. El murmullo constante. El miedo que nadie nombraba, pero todos sentían.
Una mujer sostenía una foto, pegada en una cartelera la cual se movía con el viento.
El rostro era el mismo.
El mismo de su sueño.
Y el mismo que ya tenía nombre para ella.
“Esteban”.
Graciela no hablo de inmediato, que iba a decir.
Se quedó mirando la imagen como si alguien pudiera acusarla de algo.
—¿Lo conocías?
Pregunto la mujer mirándola fijamente
Ella niega.
Se le seca la boca.
Le cuesta respirar un poco.
No lo conocía, en persona.
—Tiene una cicatriz en la ceja derecha, ¿no?
Fue lo único que pudo decir.
La mujer dejo de respirar un segundo.
—La tiene
Susurra.
En la sala alguien anota.
Alguien carraspea.
Graciela vuelve a sentir el olor.
Thoughts
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PermalinkGraciela intentando parecer fuerte en el estrado mientras tiembla por dentro... eso me llegó.
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PermalinkMe pasé el descanso de quince minutos solo leyendo el inicio del sueño.
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PermalinkEsto es pesado para leer en el balcón de noche... pero no puedo parar.
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Permalink¿Se puede entrar a la mente de alguien que está dormida sin que ella lo sepa? Pregunta nada más, me intriga la mecánica.
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Permalink¿Cuántos capítulos lleva? Porque terminar esto de una sentada ni de broma.
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PermalinkEso no cabe ni en dos filas del banco 😅
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PermalinkMe va a pasar lo de siempre: voy a anotar nombres y aun así me voy a perder en dos capítulos.
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PermalinkEso es capítulo 1 nada más, ¿cuántos hay? Porque me cuesta seguir historias tan largas desde el bus.