leer esto a las 3 de la mañana en el pasillo del hospital. teresa como un fantasma que te persigue. ¿va a estar metida en mí cuando termine el turno?
Los que pudieron flotar
Capítulo 3 — Vigilancia
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leer esto a las 3 de la mañana en el pasillo del hospital. teresa como un fantasma que te persigue. ¿va a estar metida en mí cuando termine el turno?
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Capítulo 3 — Vigilancia
—Graciela, ¿conoces ese auto?
La señora Ibarra señala hacia la calle.
Un vehículo verde oscuro está estacionado a unas casas de distancia.
—Nunca lo había visto, ma. ¿Por?
Comenta Graciela acercándose para observar lo mencionado por su madre.
—Lleva varios días ahí. No es de ningún vecino. Ya pregunté
El escalofrío le recorre la espalda antes de que su cabeza lo procese
Cierra la ventana. Corre las cortinas.
—Por las dudas, no le prestes atención.
Trata de sonar segura.
Pero desde ese día empieza a contar.
Una.
Dos.
Tres tardes.
El auto no se mueve.
Nadie sube, nadie baja.
Pero la sensación de ser observada se instala.
En la Plaza de Mayo las rondas continúan.
Las Madres ya la reconocen.
Pero no a ella como persona,
Cómo Graciela la maestra suplente.
Si no, como la chica que “predice”.
Una de ellas un día se le acerca.
—Te están mirando.
Le susurra mientras finge acomodarle el pañuelo en su cabello
Lo dice como quien ya aprendió a identificar el peligro.
Alguien que sabe cómo evitar ser mirada.
Graciela no responde.
No puede explicar que no solo la miran en la calle.
En los rincones oscuros.
Desde aquel auto estacionado a casas de distancia.
También la miran cuando cierra los ojos.
Desde sus sueños.
A los días vuelve a soñar.
El frío es más intenso.
El zumbido tarda en llegar.
Se vuelve más lejano.
Una mujer está en el agua.
No se hunde por completo
Es como si el agua la sostuviera.
—Mi nombre es Teresa
Le dice mirando directo a sus ojos
Su voz no tiembla.
Su cuerpo con marcas parece no doler.
El aire parece más espeso
Tan espeso que a Graciela le cuesta respirar.
—No trates de buscarme. No tengo a nadie que lo haga
Se mantiene serena.
Como si hubiera aceptado estar sola.
Aceptado desaparecer.
— Caí en la volteada.
Pronuncia finalmente soltando una pequeña risa irónica.
Sus ojos se desplazan a su alrededor.
Como si buscara algo o a alguien.
—ellos sospechan de vos…
Graciela cae dentro del agua.
Siente como unas manos agarran sus brazos y piernas inmovilizándola,
Siente como un objeto extraño golpea su estómago, sacando el poco aire que le quedaba.
Se levanta con el pulso acelerado.
Pero la sensación que tiene es diferente a las otras.
Su cuerpo se mantiene alerta,
La sensación de esas manos no se va.
Y lo peor es que al trata de escribir,
No recuerda nada.
Es como si su mente lo hubiera olvidado,
Cómo si no tuviera importancia o como si debiera desaparecer.
Los días contiguos fueron una marea de cosas sin sentido
Miles de adolescentes habían desaparecido,
Miles de libros fueron quemados con la excusa de adoctrinamiento.
Y sus sueños no volvían,
Parecía que de ella se escondían
Días después
Volvió a soñar, pero esta vez entro directo al agua
No hubo ruido
No hubo sensación asfixiante
Teresa está más borrosa.
Su rostro comenzaba a desencajarse.
Su cuerpo a volverse transparente,
Confundiéndose con el agua.
—Era costurera
Dice como si eso bastara para su existir.
Como si bastará para explicar quién era.
—hubiera sido bueno tener hijos
Sonríe levemente.
Como si estuviera lista para irse,
Para desaparecer.
—Boluda, te juro que había un tipo siguiéndome hoy.
—Graciela, tranquila. Capaz iba al mismo lugar. No te hagas la cabeza
—Primero el auto. Ahora esto. ¿Y si mi miedo es real, María?
—Gra, el auto debe ser de alguien no te pongas histérica, mira venite unos días a casa.
—estas seguras?
—si boluda si eso te tranquiliza, seguro no es nada bola.
—Puede que tengas ra..
El zumbido la atraviesa, es como escuchar un televisor o radio cuando se quedan sin señal.
Un frio que nunca había sentido le recorre la espalda.
Tan intenso que sus propios dedos ceden,
Y el teléfono cae.
Del otro lado:
—¿Graci?
—Graciela, no es gracioso.
—Graciela contesta
La línea queda abierta.
El teléfono es el único sonido en aquel espeso silencio
La oscuridad es más profunda, como si quisiera tragarla y esconderla.
El cemento aparece de golpe
Las paredes están más cerca.
La tierra parece estar siendo removida,
El olor la inunda como nunca lo había hecho.
Las respiraciones son muchas.
Demasiadas.
Más que la primera vez.
No la miran en silencio.
Todos hablan al mismo tiempo.
Nombres.
Fechas.
Direcciones.
Súplicas.
—Decile a mis viejos que me esperen.
—Todavía estoy acá.
—No puedo dejar a mi hija
El ruido es insoportable.
Le duele la cabeza.
El frio es constante como si se instalara en su cuerpo,
El cual tampoco responde.
—Graciela ayúdanos
—Graciela!
—Graciela!!
—Graciela!!!!
Las voces la llaman, la buscan, le reclaman, le gritan.
Y por primera vez se puede mover…
Se tapa los oídos.
Acto infantil.
Acto que busca callar aquellas voces,
Aquellas suplicas que sabe,
No puede ayudar.
—Cuídate, Graciela.
Se escucha la voz de teresa, junto a su oído.
Pero ya no la logra ver.
—Se están acercando
—¿Quiénes?
intenta preguntar.
Pero el sueño no le da tiempo,
Nunca se lo da.
El espacio vibra.
Pero… no como normalmente lo hace.
Esta vez es distinto, como si la vibración sobrepasara sus sueños,
Y atacara la realidad.
Las voces y las respiraciones,
Son opacadas,
Por golpes.
No en el sueño.
En su puerta.
En su realidad.
—¿Cuándo la secuestraron?
pregunta el juez.
Graciela tarda un segundo.
Recordaba muy bien esa fecha.
—Un 12 de septiembre de 1982.
—¿En qué momento del día?
—En la madrugada, entre las 2 o 3
Aunque da los destalles solicitados falta información
No dice que rompieron todo.
No dice que su madre gritó hasta quedarse sin voz.
Son cosas que todos saben.
El juez le pregunta porque fue desaparecida
Ella piensa
Ya sabe la respuesta
Siempre lo supo
—Me llevaron porque supuestamente sabía nombres y me consideraban subversiva.
La sala se queda en silencio.
Subversivos, una palabra con la que aquellos con pensamiento propio, fueron clasificado.
Y llevados en nombre de la “ley”.
Por primera vez Graciela piensa que el río no fue lo que más miedo le dio.
Lo que más miedo le dio fue el olvido.
Fue dejar sola a su madre.
Aún más sola de lo que ya estaban ambas.
Thoughts
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Permalinkleer esto a las 3 de la mañana en el pasillo del hospital. teresa como un fantasma que te persigue. ¿va a estar metida en mí cuando termine el turno?
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Permalinknormalmente acá dejo lo que no me engancha. pero esto... ya estoy bastante adentro para saber que no voy a poder detenerme.
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PermalinkVersión para Savien – Reflexión narrativa La familia no siempre nace de la sangre, sino del vínculo que se forja en la adversidad. Hay personas que llegan sin compartir tu historia, pero se quedan para sostenerla contigo. Son esas manos que no preguntan, solo acompañan. La verdadera familia es la que se gana en los días difíciles, no la que se hereda. ¿A quién consideras tu familia cuando todo se pone cuesta arriba?
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Permalinkdespierta a las dos de la mañana, igual que ella. solo que con un bebé que no pidió esto en los brazos. qué diferencia hace una vida.
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Permalinklos sueños que vuelven y vuelven cada noche. los dormitorios oscuros. ¿en algún momento graciela deja de esperar que llegue la madrugada?
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Permalinkese auto parado, días contados... ¿cómo se vive con la sensación de ser observada metida en el cuerpo, sin poder quitarse?