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Los que pudieron flotar

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Capítulo 2 — Voces

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Pensamiento

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relatoBreve

Esa chica del sueño que tiene marcas, que le suplica que no la dejen llevar. Y Graciela sin poder hacer nada. Eso es crudo.

Esa chica del sueño que tiene marcas, que le suplica que no la dejen llevar. Y Graciela sin poder hacer nada. Eso es crudo.

Contenido de la publicación

Capítulo 2 — Voces

Graciela trataba de volver a la normalidad.

O a lo que ella considera normalidad.

Pero lo que sea que la buscaba, que genera esos sueños

Parece que no la quiere dejar en paz.

 

Los sueños empezaron a repetirse.

No todas las noches.

No siempre lo mismo.
A veces pasaban días sin nada.
Y otros días eran varios.

Todos juntos.

Aunque no soñaba con las mismas personas.

Ya no soñaba con esteban, nunca volvió a soñar con el.

Soñaba con:

Hombres.
Mujeres.
Adolescentes.
Adultos que parecían haber dejado niños en alguna parte.
mujeres con el vientre apenas marcado y otras apunto de parir.

Algunos lloraban.
Otros gritaban sin sonido.
Varios repetían nombres completos, fechas, direcciones. Como si fueran detalles que nadie debía olvidar.

Y otros solo la miraban.

Como si ya no sintieran nada.

Graciela empezó a escribirlos en el cuaderno azul.

No entendía con qué fin lo hacía.
Solo sabía que escribiendo se alivianaba un poco el pecho.

 

—¿Por qué ayudaba a las Madres De Plaza de Mayo?

pregunta el juez.

Graciela tarda en responder.

No encuentra las palabras para hablar.

—Porque ella seguía respirando.

Contesta por fin, aunque sus voz no demuestra certeza.

—¿Quién seguía respirando, señora Ibarra?

Ella no contesta.

No encuentra las palabras para expresarse.

Parece que no existen palabras, para contar lo que soñó.

 

Le había contado a su madre una mañana, mientras cebaba mate, los sueños raros que tenía.

No por buscar una respuesta,

Si no, como tema de conversación.

Como si fuera algo típico, como si estuvieran hablando del clima,

—Anda a la iglesia nena

le dijo.

—Solo fíjate bien a cuál vas

Concluyo mientras se tomaba el mate dulce.

Graciela negó.

No confiaba mucho en las iglesias.

Y tampoco le causaban miedo esos sueños.

Solo sentía incomodidad cuando recordaba ese lugar.
Ese espacio húmedo donde el tiempo no avanzaba.

Donde ni la luz o la fe llegaban.

Ese lugar que parece llamarla,

Y muy insistentemente.

 

Esa noche parecía igual a las anteriores.

El frío en los tobillos.
El Zumbido constante.
la oscuridad que no es oscuridad.

El suelo húmedo. El aire espeso.

Pero esta vez.

No es igual.

Se escuchaban perros.

Trenes.

Murmullos a lo lejos.

Y por primera vez no había una sola respiración.

Había muchas.

 

—Se lo llevaron…no sé si estaba llorando... no sé si estaba vivo…

Se escucha decir a una voz joven

—Espero que mi familia me encuentre…

Comenta otra voz masculina como si estuviera desapareciendo

—El electricista esta de turno

Susurra una voz rota de miedo.

—No quiero morir…

Repiten varias juntas

 

Las voces vienen de todas partes.

Dicen cosas sin sentido, cosas que al escucharse todas juntas no se logran entender y entonces por un momento todas se callan.

—Ayúdame, Graciela.

Escucha directo en su odio.

Escuchar su nombre le cae como algo físico.

Cómo un malestar que sale todo junto.

Como cuando te agarras una gripe fuerte,

Por la cual tenes que tomar medicamento.

Y hasta en ocasiones los remedios caseros de la abuela.

El zumbido cambia. Se vuelve más agudo.
El frío le sube por la espalda, pasando a todo su cuerpo.

Es una sensación de estarte congelando.

Es más, si pudiera hablar, saldría ese vapor,

Con el cual los pequeños juegan a ser adultos y fumar.

 

Nunca antes habían dicho su nombre.

Sabía que la veían.

Que le podían hablar.
Pero no que sabían quién era.

Que conocían su nombre.

Ahora la pregunta era,

¿Cuánto sabían de ella?

 

El espacio se estrechó. Las paredes parecían estar cerrándose.

El olor cambio.

Se volvió un olor metálico.

Cono si fuera sangre seca mezclada con sangre fresca.

Graciela busca tranquilizarse, controlar un poco su desconcierto.

Y al lograrlo

Ve una sombra pequeña escondida en la oscuridad.

 

Enfoca un poco su visión y la ve

Es una chica.

No más de dieciocho años.

Tiene marcas que el sueño no logra disimular.

Marcas que cuentan una historia difícil de escuchar.

—No dejes que me lleven… te juro que no estaba haciendo nada malo…

 

Graciela quiere hablar, moverse.

No puede, algo no se lo permite.

Nunca se lo permite.

Aunque siempre lo intenta.

La respiración de la chica roza su cuello.

Como una señal.

 

Despierta sobresaltada.

El corazón late a mil.
La pieza es su pieza. Pero tarda en reconocerla.

Su instinto a flor de piel.

Como si algo viniera por ella también.

 

Horas después sale a despejarse y termina, sin planearlo, en la Plaza de Mayo.

Se sienta en un banco. Observa las rondas. Aquellas iniciadas como protesta.

Cómo única forma de buscar a los que no están.

Asegurándose de ser escuchadas.

Observa las madres que buscan respuestas.

Madres que son obligadas a movilizarse,

Porque si se quedan quietas son empujadas por aquellos que juraron proteger al pueblo.

 

Mientras se encontraba en sus pensamientos una mujer se acercó con una foto.

No era la típica foto de desaparecidos, parecía de un cumpleaño.

—¿No la viste, nena? Es mi hija. Cumplió dieciocho hace poco.

Era la misma chica.

Graciela sintió el zumbido en la nuca.

Con la misma intensidad de los sueños.

No puede decir la verdad.

Va a quedar como loca.

Nadie va a creer que soñó con ella.

Pero tampoco puede mentir.

Eso le pesaría en la consciencia.

 

—Aún respira.

Es lo único que puede decir.

No sabe si es verdad.

Pero es lo que siente y es lo que ese zumbido le trasmite.

La madre sonríe como si eso fuera suficiente.

Como si solo ese detalle le diera la fuerza de voluntad necesaria.

 

Pasan días, no sueña nada.

Pero todo es más caótico a su alrededor.

En su primaria quemaron libros,

Prohibieron cosas.

En las ciudades empezaron los toques de queda.

Ella lo sabe

Todos lo saben

Eso es solo una advertencia.

Si el pueblo da guerra.

El estado los somete.

 

una noche vuelve a soñar.

Pero esta vez es distinto.

No hay encierro. No hay olor a humedad.

No hay prisión.

Hay agua.

Oscura, quieta, extensa.

Tan quieta que no da paz si no una sensación de asfixia.

Esa sensación de ser atraído por una fuerza mayor.

Thoughts

  • subrayoTodo

    El peso de que todo esto sea sobre gente de verdad, sobre madres que buscan hace años. Eso no se olvida.

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  • relatoBreve

    Esa chica del sueño que tiene marcas, que le suplica que no la dejen llevar. Y Graciela sin poder hacer nada. Eso es crudo.

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  • quintopiso

    ¿Por qué no le dice todo a esa madre en Plaza de Mayo? Ella sabe que la chica respira. La madre necesita eso. ¿Qué le detiene?

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  • pnavarro64

    ¿Son sueños de verdad o está cargando los recuerdos de otras personas que desaparecieron? ¿La mente hace eso cuando el dolor es mucho? Porque yo no sé dónde termina uno y empieza el otro acá.

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  • paginaDoblada

    Que se pase del encierro húmedo al agua oscura y quieta. Eso de ser atraída por una fuerza mayor. Espero que sea escape y no otra trampa.

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  • mediocapitulo

    ¿De la parte anterior viene Esteban? ¿Por qué nunca volvió a soñar con él? Eso me quedó dando vuelta.

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  • lo_lei_en_el_bus

    Cuando la madre le muestra la foto en Plaza de Mayo y es la misma chica de los sueños. Eso. Eso es lo que no puedo sacarme de la cabeza.

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  • hojaSuelta

    ¿Ese zumbido que la persigue, qué es al final? ¿Algo que la busca o algo que ella sigue sin saberlo?

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