Parte de la fantasía más cara que se ha llevado a la pantalla se sentía más vacía que las obras más limitadas que la precedieron. No es porque el público prefiera en secreto lo barato. Es porque la abundancia es un pésimo sustituto del criterio y de saber contar una buena historia
Las primeras temporadas de Game of Thrones tenían algo de dinero, pero también tenían límites. Las escenas debían hacer avanzar la trama y giraban sobre todo en torno a los personajes. Era casi todo conversaciones entre personajes, con pocas escenas de acción, pocas batallas (en la temporada 1 ninguna, la verdad) y, sobre todo, insinuaciones sutiles de lo que estaba pasando. Pero se centraban en la trama, y los propios libros aportaban esa sustancia. Las temporadas posteriores parecían cada vez más una producción que creía que la escala por sí sola podía cargar con el peso emocional. Llegaron batallas más grandes. Llegó más energía de gran evento. La sensación de historia se fue adelgazando. Las decisiones eran tontas.
Esa es la lección útil. La restricción no crea talento por arte de magia. El presupuesto no tiene por qué ser la restricción, pero ayuda. Obliga a priorizar y hace más difícil esconder un criterio flojo. Si no puedes salir de una escena floja a base de dinero, tienes que decidir de qué depende realmente la obra. ¿Es una historia sobre personas, motivos, traición, anhelo, miedo y precio? No puedes meter CGI con batallas y acción chulas y esperar que el espectador sienta algo.
La abundancia cambia la tentación. Una vez que puedes inundar la pantalla de escala, resulta más fácil dejar de resolver los problemas difíciles pensando. Empiezas a tirar dinero a los problemas: más CGI, más actores, mejores decorados. Las escenas flojas se tapan con movimiento. La motivación pobre de un personaje queda enterrada bajo el ímpetu. Puede que el público siga estimulado, pero la estimulación no es lo mismo que la solidez dramática. Una obra empieza a parecer cara justo cuando deja de confiar en su propio núcleo humano.
Por eso la fantasía más modesta puede sentirse más sana. Cuando una serie no puede apoyarse en un clímax constante, el diálogo tiene que importar. Los personajes mueven la serie, no las escenas de acción. Una habitación, un vestuario o un silencio tienen que estar muy bien pensados antes de crearse, así que se les dedica mucho detalle. La cuestión no es que los presupuestos bajos sean más puros, también pueden ser bastante malos. La cuestión es que los límites dejan al descubierto si los creadores saben lo que importa cuando la maquinaria no puede salvarlos.
Eso lo vemos en el propio universo de Game of Thrones. Tras no aprender absolutamente nada del horrible final de GOT, HBO decidió tirar aún más dinero para hacer una serie con aún más dragones y aún MÁS CGI. Ni que decir tiene que los fans no están impresionados y el fandom está casi a punto de rendirse con ASOIAF
Hasta que...
A Knight of the Seven Kingdoms. Si no la has visto, hazlo. Es increíble. Tan cortita, con tan pocos episodios, y todos están llenos de detalle. Los actores sienten mucha pasión por su papel, y casi ninguno es famoso (Bertie Carvel es una excepción).
La trama tiene sentido, los personajes tienen sentido, las pocas escenas de lucha están MUY MUY bien pensadas, las armaduras y las armas tienen sentido... Todo es estupendo. Y te hace sentir algo, te hace sentir conmovido e inspirado.
Conclusión
El departamento de prensa de A Knight of the Seven Kingdoms no me paga. Ojalá, porque lo estoy haciendo gratis. Pero comparada con las últimas temporadas de GOT y con House of the Dragon entera, ha sido una sorpresa de lo más grata. Demuestra la grandeza que se puede alcanzar con menos presupuesto cuando te centras en contar bien la historia y en los personajes. Demuestra lo que los dramaturgos sabían ya desde tiempos de los griegos. Que la historia y los personajes son la clave. No el CGI, no la acción.