En un día lluvioso y tan fresco, apareció ella: hermosa tanto por fuera como por dentro. Tenía unos ojos café como el chocolate, que expresaban un amor guardado en silencio, aunque su mirada, tan tierna y cariñosa como un caramelo, lo reflejaba todo. Caminaba con un coqueto contoneo, dejando a su paso un aroma exquisito.
A lo lejos, alguien la admiraba... porque solo eso podía hacer. Ella ya tenía a otra persona a quien entregarle todo: sus besos, sus abrazos y su tiempo.
Esa persona del pasado, que en su momento lo fue todo, sintió cómo desde aquel instante ese amor no solo se fue, sino que se esfumó como el viento. Hoy ella ya no lo recuerda; sin embargo, él la sigue esperando, como la loca de San Blas, guardando un amor paciente que aguardará hasta el fin de los tiempos.