Todo está rodeado de arena roja. Un interminable rojo y cielos grises. Aislado, sin turbación, sin ruido.
Criaturas encadenadas a su propia mente en las ruinas del palacio abandonado por Dios, de caras irreconocibles, convertidas en bestias. Podrían escapar, pero prefieren estar en pie antes que manchar de tierra unas túnicas ya hechas jirones, regocijándose de su propia grandeza. En cada recámara existen pasadizos conectados a la gran torre donde habita la estrella de la mañana. Sin resguardo de la divinidad. Un calor sofocante lo cubre todo.
Sembríos sin cosecha, tierras labradas infértiles y una tormenta inexistente. Troncos secos y sembríos sin vida. Cualquier simiente que brota es degollada; la vida es absorbida por criaturas humanoides de grandes dimensiones, cascarones vacíos que nada llena, cuyo rostro no es posible ver. Errantes y torpes son, de piel áspera y grisácea, casi negra. Alguna vez mortales fueron; pero ya no.
Un mar de mármol, de un oleaje espeso en el que se esconden monumentos de cuerpos desnudos hechos del mismo mármol poblando cada rincón de aquel lugar. Sus rostros muestran agonía y desesperación.
Los monumentos provocan un chirrido con sus dientes inmóviles. Angeles con trompetas resguardan los mares.
La piedra sumergida se rompe secretando un líquido viscoso y negro, tornando el mármol en carbón. Los angeles tocan una melodía para hacer volver a los monumentos enteros para hundirse una vez más.
Nuevamente un desierto de arena roja; esta vez de un carmesí más intenso. El cielo, casi negro, poblado de truenos y torbellinos. En medio, un gran coliseo. Almas encarnadas, con los músculos y los huesos a la vista, luchan con tal ira y fuerza que terminan desmembrándose entre ellas. Mas la muerte no se consuma: reaparecen dentro de la torre central que atraviesa el coliseo, para salir a pelear nuevamente. En los asientos, seres enmascarados; invitados mas no bienvenidos. La luz no se atreve a perturbar la tormenta, y estos cadáveres no se atreven a parar de luchar.
El frío es intenso. El piso es de hielo y no hay cielo, sino una interminable cueva de escarcha. En ella, almas oscuras de ojos blancos buscan alimento entre el hielo, sin éxito. Eternos vagantes. La misma torre se alza en medio de la cueva. Sus habitantes son iguales a los de afuera, solo que más afortunados: dentro, sus cuerpos están bien nutridos. Hasta que se cumple su hora de salir y regresan a ser unos pobres hambrientos. En la memoria, aún viva, el calor de la torre y el banquete que engulleron.
En un salón grande como el de un palacio, de múltiples lujos y ostentaciones, se observan monumentos lastimeros de cuerpos desnudos y agonizantes. Allí hay seres enmascarados que llevan túnicas negras cubriendo todo su cuerpo; las máscaras son de arlequines y bufones, todas hechas de la porcelana más fina. Una música de vals suave acompaña el rito, junto al sonido de un reloj que, al marcar las diez, en el décimo campanazo obliga a uno de ellos a pararse en el centro del salón, donde es despojado de toda prenda excepto la máscara. Debajo de la túnica se hallan riquezas inmensas, sustraídas para el gozo ajeno. Al quedar el cuerpo desnudo, los demás comienzan a arrancarle las extremidades, dejándolo sangrar sobre todos; por último, comen de su carne, a la espera de los próximos diez campanazos.
Nubes, vientos fuertes y ecos de campanazos colman el lugar. Ovejas y corderos se encuentran allí, cargando fetos en sus regazos, que lloran sangre al oír los campanazos que destrozan sus tímpanos, manchando la pureza de las criaturas que los cargan podrían retirarse, pero prefieren la omisión. Una vez la lana está teñida de rojo, la criatura colapsa, dejando que el feto se sumerja en las nubes, retorciéndose de dolor hasta explotar. Los restos son reconstruidos y puestos en lo más alto de la torre, donde se encuentra la campana; los fetos lloran sangre creando un río que sube y torna el cielo de un rojo vino.