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Las Promesas No Desaparecen.

Alfarrikan_III
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Hace un año que mi esposa murió.

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Pensamiento

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cuatrocafes

A las 4am leyendo esto en la recepción y casi me tiro de la silla. Qué historia.

A las 4am leyendo esto en la recepción y casi me tiro de la silla. Qué historia.

Contenido de la publicación

Hace un año que mi esposa murió.

Todavía hay días en los que esa frase me parece imposible.

Alicia era el corazón de nuestra familia. Desde que se fue, mi vida se convirtió en una sucesión de días grises en los que apenas lograba mantenerme a flote entre el trabajo, la casa y la responsabilidad de criar solo a nuestra hija de trece años.

El dolor tiene formas extrañas de quedarse contigo.

A veces era un nudo en la garganta.

A veces, una silla vacía durante la cena.

A veces, el impulso absurdo de tomar el teléfono para contarle algo y recordar, apenas un segundo después, que ya no estaba.

Alicia tenía una costumbre que durante años me pareció insignificante.

Nunca hacía una promesa a la ligera.

Cuando nuestra hija era pequeña y le prometía algo, aunque fuera llevarla al parque el domingo, Alicia siempre decía: las promesas valen más que cualquier cosa.

Nunca entendí por qué le daba tanta importancia.

Hasta mucho después.

El día que se cumplió el primer aniversario de su muerte, mi hija y yo fuimos al panteón para visitarla.

Al llegar frente a su tumba, nos dimos cuenta de que habíamos olvidado comprar flores.

Los dos nos quedamos mirando la lápida con cierta vergüenza.

Fue entonces cuando mi hija observó la tumba vecina.

Estaba impecablemente cuidada.

Sobre ella descansaba un enorme ramo de rosas rojas frescas. Una de ellas reposaba cuidadosamente sobre la lápida, separada de las demás.

Antes de que pudiera decir algo, mi hija tomó aquella rosa y la colocó sobre la tumba de Alicia.

—No creo que le moleste... tiene muchas.

Sonreí.

Era difícil enojarse con ella.

Pasamos un largo rato recordando a Alicia entre lágrimas, risas y anécdotas que habíamos contado cientos de veces.

Cuando las luces del cementerio comenzaron a encenderse, comprendimos que era hora de marcharnos.

Fue entonces cuando escuchamos un maullido.

Provenía de algún lugar entre las tumbas.

Mi hija y yo nos miramos.

—¿Escuchaste?

Seguimos el sonido y, a pocos metros de nosotros, encontramos una pequeña bola de pelo temblando entre la hierba.

Era una gatita diminuta.

Parecía recién nacida.

Esperamos un buen rato por si aparecía su madre, pero nunca llegó.

Mi hija insistió en llevarla a casa.

Yo no era amante de los animales, pero tampoco podía abandonarla allí.

Mientras la recogía, mi hija la observó detenidamente.

—Mira su pelo, papá.

La pequeña tenía un pelaje anaranjado muy claro, todavía húmedo y revuelto. Algunos mechones se curvaban en suaves ondulaciones imposibles de acomodar.

Por un instante pensé en Alicia.

En aquellos rizos cobrizos que siempre se negaban a permanecer en su sitio.

Pero no dije nada.

Tal vez porque, después de un año, todavía había recuerdos que dolían demasiado para decirlos en voz alta.

Fue entonces cuando noté algo extraño.

Entre las diminutas patas delanteras de la gatita había un pétalo rojo.

Pequeño.

Apenas una mancha de color entre la hierba.

Mi hija lo tomó pensando que se había quedado pegado a su pelaje, pero el viento se lo llevó antes de que pudiéramos darle importancia.

La envolvimos con mi chamarra y mi hija la acomodó entre sus brazos.

Fue entonces cuando noté que había dejado de maullar.

Pero la pequeña no apartaba los ojos de la tumba de Alicia.

Su mirada permanecía fija en la lápida.

Completamente quieta.

—¿Qué le pasa? —preguntó mi hija.

No respondí.

La gatita extendió una de sus diminutas patas hacia la tumba, como si intentara alcanzar algo que nosotros no podíamos ver.

Mi hija se agachó y la dejó en el suelo.

La pequeña caminó lentamente hasta la lápida. Después de unos segundos, apoyó la cabeza contra la piedra y cerró los ojos.

Sentí un escalofrío.

Tal vez porque durante una fracción de segundo tuve la absurda sensación de que Alicia había reconocido a la pequeña criatura.

Pero aquello era imposible.

Me obligué a sonreír.

—Vamos —dije—. Ya es tarde.

Mi hija volvió a tomarla entre sus brazos.

Nos despedimos de Alicia y emprendimos el camino hacia la salida.

La gatita permaneció en silencio.

La llamamos Pixqui.

La primera noche la encontramos dormida sobre un viejo suéter de Alicia que permanecía guardado en el armario.

Pensamos que era casualidad.

A la mañana siguiente había un pétalo rojo seco junto a ella.

Mi hija dijo que seguramente había llegado con nosotros desde el cementerio.

Yo acepté la explicación.

Era la más razonable.

Lo tiramos sin darle más importancia.

Durante los días siguientes, Pixqui comenzó a comportarse de una manera extraña.

Pasaba largos ratos frente a una fotografía de Alicia en la sala.

No jugaba con el marco ni intentaba alcanzarlo.

Simplemente se sentaba frente a él, como si estuviera acompañando a alguien.

Una tarde mi hija comentó:

—A veces siento que Pixqui ya conocía esta casa.

Me reí.

O al menos intenté hacerlo.

Pero aquellas palabras permanecieron conmigo.

Con el tiempo, Pixqui se convirtió en una gata hermosa.

Su pelaje se volvió más brillante. Bajo la luz del sol aparecían reflejos cobrizos entre el naranja y, alrededor del cuello, pequeñas ondulaciones.

Mi hija la adoraba.

Y yo terminé encariñándome más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Entonces ocurrió la primera cosa que ya no pude explicar.

Una fotografía de Alicia que habíamos dejado sobre la mesa apareció boca abajo.

Pensé que alguien la había movido.

La coloqué en su sitio.

A la mañana siguiente estaba nuevamente volteada.

Siempre era la misma fotografía: la de Alicia sonriendo mientras sostenía a nuestra hija cuando era pequeña.

La guardé en un cajón.

Esa noche escuché a mi hija gritar.

Corrí hasta su habitación.

Estaba sentada sobre la cama, abrazándose las piernas.

Pixqui permanecía frente a la puerta.

—Hay una muchacha —me dijo.

—¿Qué muchacha?

—Estaba junto a mi cama.

Miré alrededor.

No había nadie.

—Fue una pesadilla.

Mi hija negó con la cabeza.

—No.

Tragó saliva.

—No hacía nada.

—Entonces, ¿qué hacía?

—Me miraba.

La abracé.

—¿Cómo era?

Cerró los ojos.

—No pude verle bien la cara.

Después miró hacia Pixqui.

—Pero creo que está enojada.

Pixqui no se movió. Miraba fijamente un punto vacío detrás de mí.

Me volví.

No había nada.

Entonces escuché un ruido muy leve.

Un roce.

Como unos pasos alejándose por el pasillo.

Pixqui salió de la habitación.

La seguimos.

Al final del corredor distinguí durante un instante la silueta de una muchacha.

Quieta.

De espaldas.

Parpadeé.

Ya no estaba.

Pixqui permaneció allí unos segundos. Después regresó junto a mi hija y se sentó frente a ella.

No volvió a moverse durante toda la noche.

A partir de entonces, cada vez que mi hija tenía aquellas pesadillas, Pixqui estaba allí.

Nunca vi nuevamente a la muchacha.

Pero tampoco volví a pensar que la gata simplemente estaba observando.

Estaba vigilando.

Mi aspecto empeoró tanto que incluso mi jefe terminó notándolo.

Una tarde me llamó a su oficina.

—¿Te encuentras bien?

Intenté inventar una excusa, pero no funcionó.

Finalmente terminé contándole todo.

Esperaba que se riera.

Que me tomara por loco.

Sin embargo, permaneció en silencio.

Luego escribió una dirección en un papel.

—Ve a ver a Don Tito.

—¿Quién es?

—Alguien que quizá pueda ayudarte.

—¿Con esto?

Mi jefe levantó los hombros.

—No lo sé.

Me miró fijamente.

—Pero si vas, cuéntale todo. Y no le digas lo que tú crees que significa.

Aquella última frase me llamó la atención.

—¿Por qué?

—Porque Don Tito detesta las respuestas fáciles.

Vivía en las afueras de la ciudad, en una casa pequeña rodeada de árboles.

Lo primero que me llamó la atención fue que tenía varias macetas perfectamente alineadas junto a la entrada.

Lo segundo, un pequeño recipiente de barro lleno de agua.

Cuando llegué, Don Tito estaba regando las plantas.

—¿Es usted Don Tito?

Me miró.

—Depende de quién pregunte.

Le expliqué quién me había enviado.

Sonrió.

—Entonces sí.

Me hizo pasar.

La casa era sencilla e impecablemente limpia.

En una pared había fotografías antiguas.

Una de ellas mostraba a una mujer joven.

No pregunté quién era.

Le conté todo.

La fotografía.

Las pesadillas.

La muchacha.

Pixqui.

Don Tito escuchó sin interrumpirme.

Cuando terminé, dejó la taza que tenía entre las manos.

—¿Cuánto tiempo lleva muerta su esposa?

—Un año.

Asintió.

—¿Y la gata?

—La encontramos hace unas semanas.

—¿Dónde?

—En el cementerio.

Por primera vez cambió su expresión.

—¿Qué hicieron allí?

Le conté lo de la rosa, mi hija, la tumba vecina, la gatita y el pétalo rojo.

Don Tito permaneció en silencio.

Después preguntó:

—¿Sabe por qué tengo ese recipiente de agua afuera?

Señaló la entrada.

Negué con la cabeza.

—Hace muchos años, una mujer llegó a mi puerta una noche.

Miró hacia la fotografía de la pared.

—Era mi hermana.

Guardó silencio.

—Estaba enferma y venía caminando desde muy lejos.

Bajó la mirada.

—Yo estaba enojado con ella. No la dejé entrar.

Sentí que aquella historia no había terminado bien.

—Murió esa misma noche.

No supe qué responder.

Don Tito tomó la taza otra vez.

—Desde entonces siempre hay agua afuera.

Miró hacia la puerta.

—Por si alguien vuelve a llegar.

Aquella frase cambió la forma en que lo vi.

Ya no parecía un hombre que sabía cosas sobre los muertos.

Parecía simplemente alguien que había aprendido, demasiado tarde, que algunas oportunidades no regresan.

—¿Qué está pasando en mi casa? —pregunté.

Don Tito me miró.

—No lo sé.

Su respuesta me sorprendió.

—¿No sabe?

—No.

Se levantó.

—Y desconfío de cualquiera que diga saberlo todo.

Después de una breve pausa dijo:

—Quiero ver dónde está ocurriendo todo esto.

Cuando regresé a casa con él, Pixqui permanecía acostada junto a la puerta.

Don Tito se agachó frente a ella.

Durante unos segundos se miraron.

—Ella no es el problema —dijo.

—Entonces, ¿qué es?

—Eso tiene que descubrirlo usted.

—Mi hija tiene miedo.

—Lo sé.

—Entonces ayúdeme.

Don Tito acarició suavemente la cabeza de Pixqui.

—Dígame una cosa.

—¿Qué?

—¿Qué trajeron de fuera?

Fruncí el ceño.

—La gata.

Don Tito negó lentamente.

—Tal vez.

Se incorporó.

—Pero no estoy seguro.

—Entonces, ¿qué debo hacer?

Miró hacia la ventana.

—Volver al lugar donde comenzó todo.

—¿El cementerio?

Asintió.

—Pero no vaya a buscar una respuesta.

Hizo una pausa.

—Vaya a observar.

Antes de que me marchara, me llamó.

—Y lleve a su hija.

Lo miré sorprendido.

—¿Por qué?

Don Tito señaló a Pixqui.

—Porque quizá ella ya entendió algo que nosotros todavía no.

Volvimos al cementerio el fin de semana siguiente.

Nos quedamos cerca de la tumba de Alicia.

Esperando.

No sabíamos qué.

Hasta que apareció un anciano.

Se arrodilló frente a la tumba vecina.

A su lado llevaba un enorme ramo de rosas rojas.

Mi hija y yo permanecimos en silencio.

El hombre tomó una de las rosas y la sostuvo entre sus manos durante unos segundos. Después la acercó lentamente a los labios y la besó.

Permaneció inmóvil un instante antes de dejarla sobre la lápida.

Las demás las acomodó alrededor de la tumba.

Cuando terminó, comenzó a levantarse.

Me acerqué.

—Disculpe.

El hombre levantó la vista.

Parecía sorprendido.

—¿Es usted quien trae estas flores?

Miró la tumba.

Y sonrió con tristeza.

—Desde hace cuarenta y tres años.

Sentí un peso extraño en el pecho.

—¿Era su esposa?

El anciano negó lentamente con la cabeza.

—Mi prometida.

Aquella respuesta me dejó sin palabras.

Acarició la lápida.

—Murió antes de nuestra boda.

Guardó silencio.

—Le prometí que jamás la olvidaría.

Su mirada se posó sobre la rosa que acababa de colocar.

—Y desde entonces, cada aniversario de su muerte traigo un ramo.

—¿Y siempre coloca una rosa aparte?

El anciano sonrió.

—El ramo entero es para ella.

Acarició suavemente los pétalos.

—Pero esta rosa tiene un significado especial.

Tomó la flor entre los dedos.

—Es la rosa que le prometí llevar el día que nos casáramos.

Su voz se quebró apenas.

—Como nunca llegó ese día, decidí colocar una igual cada año junto al resto.

Bajó la mirada hacia la lápida.

—Después de cuarenta y tres años, uno aprende que algunas promesas cambian de forma... pero no desaparecen.

Sentí que algo se hundía dentro de mí.

Entonces recordé la rosa.

La que mi hija había tomado.

La que había colocado sobre la tumba de Alicia.

La que yo había visto como una simple flor.

De pronto comprendí.

No habíamos tomado una flor.

Habíamos interrumpido una promesa.

Mi hija bajó la mirada.

—Papá...

No terminó la frase.

No hacía falta.

Aquella misma tarde regresamos a casa de Don Tito.

Cuando terminamos de contarle lo ocurrido, permaneció en silencio.

Después miró la fotografía de la mujer joven en la pared.

—Hay cosas que uno tarda demasiado en entender.

—¿La rosa?

Asintió.

—La rosa.

—Una promesa puede parecer una cosa pequeña para quien la observa desde afuera.

Hizo una pausa.

—Hasta que descubre cuánto pesa para quien la hizo.

—¿Y la muchacha?

Don Tito negó lentamente.

—No lo sé.

—¿Entonces no sabe qué está pasando?

—Sé que su hija la ve.

—¿Quién es?

Don Tito miró hacia la fotografía de su hermana.

—No siempre necesitamos saber quién es alguien para saber que necesita algo.

—¿Qué necesita?

El anciano tardó unos segundos en responder.

—Tal vez ser recordada.

—O tal vez está buscando a alguien.

Sentí un escalofrío.

—¿A quién?

—Eso quizá solo lo sabe la gata.

—¿La está protegiendo?

—Eso parece.

—¿Por qué?

Don Tito sonrió apenas.

—Tal vez porque algunas criaturas llegan a nuestra vida para hacer cosas que nosotros todavía no entendemos.

Guardó silencio.

—Y algunas personas pasan años intentando entenderlas.

—¿Qué debemos hacer?

—Pedir perdón.

—¿A quién?

Don Tito miró hacia la ventana.

—A quien corresponda.

—¿Y eso bastará?

—No lo sé.

Su voz fue apenas un susurro.

—Pero algunas heridas no necesitan castigo.

Hizo una pausa.

—Solo necesitan descanso.

Nos guió en oraciones y actos de fe.

No habló de magia.

No habló de hechizos.

Habló del perdón.

De reconocer nuestros errores.

De no apropiarnos de aquello que pertenece a alguien más, aunque parezca insignificante.

Finalmente nos dijo:

—Regresen al cementerio.

—¿Con flores?

Asintió.

—Dos ramos.

—¿Y qué más?

Miró a mi hija.

—La verdad.

Volvimos una tarde, poco antes del anochecer.

Yo llevaba a Pixqui.

Mi hija llevaba dos ramos de rosas.

Uno para Alicia.

El otro para la tumba vecina.

Al llegar, colocó el primero sobre la tumba de su madre.

Permaneció allí unos momentos, en silencio, sonriendo, pero con la mirada triste.

Después tomó el segundo ramo y se acercó a la tumba vecina.

Se arrodilló.

Y comenzó a llorar.

No eran lágrimas de miedo.

Eran lágrimas sinceras.

Las de una niña que entendía que había tomado algo que no era suyo.

Pidió perdón.

Yo también.

El viento comenzó a soplar entre las lápidas.

Las ramas de los árboles crujieron.

Entonces Pixqui saltó de mis brazos.

Caminó lentamente hacia la tumba vecina y se sentó frente a la lápida.

Muy quieta.

Muy seria.

Como si estuviera escuchando algo.

Después apoyó la cabeza contra la piedra, exactamente igual que el día en que la encontramos.

Cerró los ojos.

Y dejó escapar un maullido suave.

Uno solo.

El viento cesó de inmediato.

Las ramas dejaron de moverse.

Todo quedó en silencio.

Por un instante me pareció escuchar un suspiro.

Largo.

Profundo.

Aliviado.

Y después...

Nada.

Absolutamente nada.

Pixqui abrió los ojos, miró la tumba una última vez y regresó caminando hacia nosotros.

Por primera vez en mucho tiempo sentí paz.

Aquella misma noche llegué a casa y comprendí que algo había cambiado.

La fotografía permaneció en su lugar.

Las pesadillas desaparecieron.

Y la casa volvió a sentirse como nuestra.

Nunca dejamos de extrañar a Alicia.

Pero el dolor dejó de ser una herida abierta.

Con el tiempo se convirtió en un recuerdo acompañado por amor.

Y Pixqui siguió con nosotros.

Siempre cerca.

Siempre vigilante.

Los años pasaron.

Mi hija creció.

La casa volvió a llenarse de risas.

Y Pixqui envejeció a nuestro lado.

Hasta que llegó el día que ambos temíamos.

Una tarde se quedó dormida bajo la ventana, exactamente donde solía hacerlo durante las tardes de verano.

Y simplemente no despertó.

La enterramos en el jardín.

Bajo un viejo árbol.

Mi hija colocó una pequeña lápida de piedra.

Solo llevaba una inscripción:

Nuestra guardiana.

Aquella noche nos sentamos en el porche.

En silencio.

Mirando el árbol.

Extrañándola.

Entonces apareció una luz suave entre las sombras.

Tan tenue que al principio pensé que era un reflejo.

Mi hija tomó mi mano.

La luz fue tomando forma poco a poco.

Primero distinguí una silueta.

Después unos cabellos cobrizos que parecían moverse suavemente con el viento.

No pude verle claramente el rostro.

Pero no hizo falta.

Hay personas que uno reconoce incluso después de pasar una vida intentando aprender a vivir sin ellas.

Mi hija comenzó a llorar.

La figura permaneció allí unos segundos.

No parecía triste.

Y entre sus brazos había algo pequeño.

Un destello anaranjado.

Dos ojos brillantes.

Una cola que se movió lentamente.

La observamos sin atrevernos a respirar.

Ninguno de los dos hizo un solo movimiento.

No hacía falta.

Durante aquel instante eterno no sentí miedo.

Ni tristeza.

Solo paz.

Como si algo que había permanecido incompleto durante años finalmente hubiera encontrado descanso.

Después la luz comenzó a desvanecerse.

Primero desapareció aquella pequeña figura anaranjada.

Después la silueta.

Después los cabellos cobrizos.

Hasta que solo quedó la noche.

Entonces escuchamos un maullido.

Suave.

Lejano.

Familiar.

Nos volvimos al mismo tiempo.

El jardín estaba vacío.

Pero sobre la pequeña lápida, bajo el árbol, descansaba una rosa roja.

Recién cortada.

El viento la mecía apenas.

Mi hija se acercó lentamente.

Se arrodilló frente a la tumba de Pixqui.

Y tomó la rosa entre sus manos.

La observamos durante largo rato.

Sin preguntas.

Sin necesidad de respuestas.

Entonces recordé al anciano del cementerio.

Recordé la rosa que había llevado durante cuarenta y tres años.

Recordé el pétalo rojo que encontramos el día que conocimos a Pixqui.

Recordé las palabras de Alicia.

“Si lo prometes, tienes que cumplirlo.”

Y por primera vez comprendí que quizá todo aquello nunca había sido una historia sobre una rosa.

Ni sobre un fantasma.

Ni siquiera sobre una gata.

Tal vez había sido una historia sobre las cosas que seguimos haciendo por aquellos que amamos, incluso cuando ya no pueden vernos.

Tal vez Pixqui había llegado para proteger a mi hija.

Tal vez para acompañar a alguien que no habíamos visto.

Tal vez simplemente había encontrado nuestro camino en el momento exacto en que nosotros necesitábamos encontrar el suyo.

Pero aquella noche, mirando la rosa sobre la pequeña lápida, comprendí algo que había tardado años en entender.

Hay personas que mueren.

Hay animales que también se van.

Hay tumbas que terminan cubiertas de polvo.

Pero mientras alguien recuerde lo que prometió...

una parte de esa historia continúa.

Porque algunas promesas no terminan cuando mueren quienes las hicieron.

Las promesas no desaparecen.

Solo cambian de forma.

 

Thoughts

  • idea1908

    ¿Cómo supiste que contar esto era la forma correcta? Porque leí mucho pero esto es otra cosa.

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  • cuatrocafes

    A las 4am leyendo esto en la recepción y casi me tiro de la silla. Qué historia.

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  • asintiendo_desde_aca

    ¿Creés que la rosa al final fue Alicia o fue el anciano? Porque la pregunta te sigue.

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  • Elena_V

    Algo en esto me recuerda a mis abuelas hablando de muertos. La parte de que lo que prometés sigue existiendo aunque ya no esté la persona.

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  • Anselma

    ¿Dejaste de tener miedo después de que pasó eso con Pixqui? Porque el miedo en la historia es real.

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  • paginaDoblada

    La parte sobre 'algunas promesas no desaparecen' se me quedó dentro. Exacto así.

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  • arenaFina

    Leí esto tirada en la arena y casi me mojo el libro de llorar. Pixqui y tu hija ♥

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  • pnavarro64

    ¿Esto te pasó de verdad o es cuento? Porque igual me lo creo. He visto cosas raras en institutos.

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