A veces, para volver a ver la luz, primero hay que dar un paso hacia la oscuridad.
El 19 de octubre comenzó como una noche densa, de esas que se disfrazan de confusión y nudos por resolver. Pero tras apagar el conflicto, salí al balcón a buscar el aire fresco en compañía de mi mamá y mi hermano. Mientras ellos conversaban, mis ojos hicieron lo que siempre hacen cuando buscan refugio: miraron directo al cielo.
Eran cerca de las 10:00 p.m. y tenía el celular en la mano cuando, de la nada, una estrella fugaz atravesó la noche a toda velocidad. Fue un destello tan rápido que resultó imposible grabarlo. Y qué bendición que así fuera, porque al guardar el teléfono, mi niña interior despertó de golpe, llena de una ilusión que llevaba tiempo dormida.
Popularmente las conocemos como estrellas fugaces, pero la ciencia les da su verdadero nombre: meteoros. Este fenómeno ocurre cuando la Tierra atraviesa la estela de diminutos fragmentos que el célebre cometa Halley dejó a su paso; al rozar nuestra atmósfera a velocidad pura, se encienden en un destello de luz antes de desaparecer. Es increíble pensar cómo algo que parece un simple milagro en el cielo es en realidad el rastro brillante de un viaje milenario.
A las 10:30 p.m., el firmamento me regaló un segundo destello, corto pero suficiente para encender el asombro en mi pecho. Poco después, al fijar la vista en otro rincón de la noche, descubrí algo fascinante: una constelación formando un triángulo perfecto. Había una estrella en la punta, dos en el medio y dos más abajo cerrando la figura; pero tres de ellas brillaban con una intensidad deslumbrante.
Le pedí a mi hermano que mirara, pero por más que intentó, él no logró verlas. Por un segundo dudé de mí misma y pensé que mi mente me estaba jugando una broma. Fue ahí cuando descubrí la verdadera lección de la noche: si me quedaba bajo la luz encendida del balcón, las estrellas desaparecían; pero en cuanto me apartaba unos pasos hacia la sombra, la figura completa se revelaba ante mis ojos, firme y radiante.
Aquellas tres estrellas brillantes no aparecieron por casualidad. En la tradición espiritual, el triángulo y sus tres luces representan la presencia de la Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo), pero también el equilibrio sagrado de las tres virtudes que sostienen la vida: Fe, Esperanza y Amor.
Esa noche entendí que no todos los ojos están listos para ver las mismas luces al mismo tiempo, y que muchas veces la prisa y el brillo del mundo nos encandilan tanto que no nos dejan apreciar los milagros cotidianos. Dios me permitió presenciar un espectáculo que mi niña interior jamás imaginó contemplar, recordándome que incluso en las noches más oscuras, siempre hay un diseño perfecto velando por nosotros... solo hace falta aprender a mirar hacia lo alto.