¿Esto pasó realmente? Los caudillos de levita, los panfletes impresos en sótanos, los europeos manejando todo desde afuera... suena épico, pero también inevitable. Como si la revolución siguiera sin terminar nunca.
LAS CARTAS DE LA LOGIA
CAPÍTULO 4:
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¿Esto pasó realmente? Los caudillos de levita, los panfletes impresos en sótanos, los europeos manejando todo desde afuera... suena épico, pero también inevitable. Como si la revolución siguiera sin terminar nunca.
Contenido de la publicación
CAPÍTULO 4:
ESCENA 1
LUGAR: Imprenta clandestina en los sótanos de la Calle de San Pedro, Montevideo.
ESCENARIO:
Un sótano claustrofóbico, húmedo y sofocante, iluminado por la luz vacilante de dos candiles de grasa de potro colgando de las vigas de cedro. El aire está saturado de un olor penetrante a tinta de imprenta fresca, vinagre y aceite de linaza. En el centro de la estancia destaca una imponente prensa de hierro fundido traída de Inglaterra, cuyos engranajes crujen rítmicamente. Cajas de tipos móviles de plomo se amontonan sobre mesas de trabajo junto a resmas de papel de hilo manchadas de prueba.
Allí trabaja el PADRE FAUSTINO (68), un viejo sacerdote secular de rostro enjuto, mirada penetrante y manos permanentemente manchadas de tinta negra. Es un hombre terco, entrometido y erudito, veterano de los debates de la Asamblea Constituyente de 1830. A su lado, ayudándolo a ajustar los tipos de plomo, está el CAPITÁN TOMÁS FRUCTUOSO, en mangas de camisa y con el sudor brillándole en la frente.
(El Padre Faustino manipula los tipos de imprenta con una velocidad asombrosa para su edad. Con una pinza de bronce coloca una letra 'F' mayúscula en el molde mientras habla con voz rasposa y ahogada por el humo del candil).
PADRE FAUSTINO:
(Sin levantar la vista del molde, con un tono sarcástico y enérgico)
¿Pensabas que la revolución la ganaron los discursos del Cabildo, Tomás? ¡La ganaron las hojas sueltas que imprimíamos de noche en la Aguada mientras los portugueses dormían la borrachera! Pero ahora... ahora estos masones de levita y estos caudillos de mentira quieren cerrar la imprenta para que nadie sepa quién manda de verdad en la aduana.
CAPITÁN TOMÁS:
(Apoyando las dos manos sobre la mesa de entintado, inclinándose hacia el anciano sacerdote)
Padre Faustino, se lo ruego por la memoria del General Ledesma: mida las palabras en este pasquín. Si publica esto mañana en la puerta de la Matriz, "El Negro" no va a mandar a la policía... va a mandar a sus sicarios a quemar el sótano con usted adentro.
PADRE FAUSTINO:
(Lanzando una risotada seca que se convierte en una tos violenta)
¡Que vengan! Ya tengo casi setenta años y le tengo más miedo al silencio de la Iglesia que a las dagas de ese francés de mierda. Escuchá bien lo que dejé impreso en este pliego, muchacho: "¿Quién es el negro que no tiene madre en la campaña ni fe de bautismo en las parroquias de la capital? ¿Quién es el diplomático que habla como gaucho pero piensa en el francés de Versalles?" Mañana a primera hora, quinientos ejemplares de este pasquín van a estar pegados en las pulperías, en los cuarteles y en las paredes del propio despacho del Gobierno.
CAPITÁN TOMÁS:
(Tomándolo del brazo con fuerza)
¡Es un suicidio, Padre! Juana Correa está tratando de meterse en su casa como sirvienta. Si usted alborota la avispa ahora, él va a reforzar la guardia y la va a descubrir antes de que encontremos las cartas de la Logia.
PADRE FAUSTINO:
(Mirando las manos del Capitán, zafándose con firmeza)
Juana es una muchacha valiente, pero la diplomacia de las logias no se combate con espías de cocina. Se combate con la verdad impresa. Si a mí me matan mañana, Tomás, vos tenés la obligación de llevarle este pliego a los caudillos del norte. Que sepan que el hombre al que le juraron lealtad... es un fantasma europeo.
ESCENA 2
LUGAR: Residencia particular de "El Negro", Calle de San Gabriel, Montevideo.
ESCENARIO:
El gran comedor de una casona de estilo colonial español con influencias neoclásicas. Paredes altas blanqueadas con cal, techos de azotea con vigas de algarrobo y un suelo de baldosas rojas barnizadas. Una mesa de caoba maciza domina el espacio, sobre la cual reposa una vajilla de porcelana de Sèvres y cubiertos de plata fina. Las ventanas altas están protegidas por rejas de hierro forjado gruesas.
JUANA "LA CRIOLLA" CORREA viste un sencillo vestido de bayeta gris de sirvienta, un delantal blanco almidonado y el cabello recogido bajo una cofia de lienzo. Lleva una bandeja de plata con una sopera de caldo humeante. Se mueve con pasos lentos, simulando torpeza campesina y sumisión. Detrás de la mesa está sentado "EL NEGRO", leyendo correspondencia mientras come.
(El silencio del comedor solo es interrumpido por el chocar metálico de la cuchara de plata contra la porcelana y el crujido de los papeles).
(Juana se acerca a la mesa por el lado izquierdo, sirviendo el caldo en el plato de "El Negro" con manos aparentemente vacilantes. Sus ojos recorren obsesivamente el escritorio rincón de la sala, donde se observa un secreter de nogal con cerradura de doble combinación).
EL NEGRO:
(Sin levantar la vista de la carta que lee, en tono pausado y conversacional)
Te tiemblan las manos, muchacha. Pareciera que cargar una bandeja de plata te pesa más que manejar las riendas de un pingo en la campaña.
JUANA CORREA:
(Tragando saliva, impostando la voz con un todo humilde, de modismos campesinos gruesos)
Disculpe el señor... Es que una no está acostumbrada a las casas tan grandes de la capital. En el rancho del norte una sirve en plato de barro y sin tanta etiqueta.
EL NEGRO:
(Dejando la carta sobre la mesa, girando la cabeza para mirarla de arriba abajo con una lentitud helada)
Decime tu nombre otra vez. La ama de llaves me dijo que venías recomendada de las chacras del Miguelete.
JUANA CORREA:
(Bajando la mirada de inmediato para evitar que él reconozca el fuego de sus ojos)
María del Carmen me llamo, señor. Para servirle a usted y a la casa.
EL NEGRO:
(Sonriendo imperceptiblemente, tomando la cuchara)
María del Carmen... Un nombre muy cristiano para una muchacha con manos de estanciera. Las sirvientas de Montevideo tienen los nudillos gastados por el jabón de lejía y las uñas cortadas a diente. Las tuyas, en cambio, tienen las marcas del cuero de las riendas.
(Juana se congela por una fracción de segundo. Aprieta la bandeja contra su vientre).
JUANA CORREA:
(Ajustando su papel de sirvienta sumisa)
Es que en el campo el trabajo es parejo para todos, patrón. Mi tata me enseñó a amansar antes de aprender a lavar.
EL NEGRO:
(Tomando un sorbo de caldo, hablando con una frialdad encantadora)
Tu 'tata' te enseñó bien. Pero tené cuidado en esta casa, María del Carmen. Hay muebles que tienen espinas y cajones que guardan secretos que queman los dedos de quien intenta abrirlos sin permiso. Servime un poco de vino y podés retirarte a la cocina.
(Juana sirve el vino de la jarra de cristal con la mandíbula apretada. Sabe que él sospecha algo, pero sabe también que está a un solo paso del secreter donde se ocultan las cartas secretas de Burdeos).
Thoughts
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Permalink¿Esto pasó realmente? Los caudillos de levita, los panfletes impresos en sótanos, los europeos manejando todo desde afuera... suena épico, pero también inevitable. Como si la revolución siguiera sin terminar nunca.
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PermalinkPadre Faustino me agota. Entiendo su terquedad, pero la valentía que no calcula nada tiene un costo - uno que se paga de noche, cuando no hay público.
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PermalinkLa amenaza cortés de El Negro me quedó: los muebles con espinas, los cajones que queman. Va a ser una de esas frases que vuelven cuando menos la espero.
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PermalinkEl Negro descubre que Juana miente por sus manos. En la farmacia es igual: crees seguro de tu mentira pero algo se escapa. Una mano temblorosa te delata.
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Permalink¿Juana verdaderamente quiere esto o le tocó por lealtad a alguien? Esa mezcla de osadía y miedo que ella carga parece real.