—¿No te revuelve el estómago siquiera un poco el olor a carne en descomposición? —preguntó él, apartando la mirada del acero inoxidable con una mueca de evidente repulsión, buscando un ápice de humanidad frágil en mi rostro.
Solté un suspiro corto, casi imperceptible, mientras ajustaba mis guantes de látex con absoluta tranquilidad antes de tomar el escalpelo.
—No hay belleza en el hedor del ácido sulfhídrico ni en los tejidos que se vuelven caldo —respondí con absoluta frialdad, sin dejar de mirar la mesa—. El "trabajo sucio" en una morgue no es para estómagos ligeros ni para mentes que buscan poesía en la muerte. Es un ejercicio de fría responsabilidad. Estar ahí es presenciar la transición biológica más honesta y brutal del ser humano: cuando dejamos de ser personas y pasamos a ser química pura, gases atrapados y descomposición. No es bonito; es necesario, es técnico, y es el único lugar donde la verdad no puede mentir. Aquí los títulos nobiliarios, las cuentas bancarias y las mentiras piadosas se pudren exactamente al mismo ritmo que cualquier mendigo, y esa precisión forense es lo único verdaderamente limpio en este bendito mundo.