El reencuentro me hizo perder el renglón en cada bache del minibús. Tuve que releer todo el capítulo de la corona.
LA REINA DE LAS SOMBRAS
LA MUCHACHA QUE QUERÍA MÁS
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Pensamiento
El reencuentro me hizo perder el renglón en cada bache del minibús. Tuve que releer todo el capítulo de la corona.
Contenido de la publicación
Novela de drama, misterio, romance y comedia
PARTE I
LA MUCHACHA QUE QUERÍA MÁS
Capítulo I
París bajo la lluvia
París, año 1621.
La lluvia caía sobre los tejados de la ciudad como si el cielo hubiera decidido lavar todos los pecados de Francia.
Las calles estaban llenas de barro. Los carruajes avanzaban lentamente mientras los caballos resoplaban y los vendedores cubrían sus mercancías con telas para evitar que el agua arruinara sus productos.
París era una ciudad hermosa.
También era una ciudad peligrosa.
Los nobles caminaban por las mismas calles que los mendigos. Los comerciantes discutían precios mientras los espías escuchaban detrás de las puertas. Los hombres hablaban de dinero, de guerras y de la corona.
Y las mujeres, aunque muchas veces no podían sentarse en los grandes consejos de poder, aprendían a controlar aquello que los hombres creían que les pertenecía.
Entre todas ellas había una joven que todavía no comprendía completamente hasta dónde llegaría.
Su nombre era Antonella Sherchk.
Tenía dieciséis años.
Su cabello oscuro caía sobre sus hombros y sus ojos tenían una expresión demasiado despierta para una muchacha de su edad.
Antonella observaba el mundo como si todo fuera un enorme tablero.
Y ella quisiera aprender a mover cada pieza.
Aquella mañana caminaba por una de las propiedades de su familia junto a su padre.
—No entiendo por qué tenemos que caminar bajo la lluvia —se quejó Antonella.
Su padre la miró.
—Porque las personas responsables trabajan aunque llueva.
—Las personas responsables también podrían trabajar desde una habitación seca.
—Antonella.
—¿Sí?
—No discutas.
—No estoy discutiendo.
—Llevás diez minutos haciéndolo.
—Entonces soy bastante eficiente.
Su padre intentó contener la risa.
No pudo.
Antonella sonrió.
Esa era una de sus mayores virtudes.
Podía conseguir que alguien se enfadara con ella y, unos minutos después, terminara riéndose.
La familia Sherchk tenía dinero.
No eran pobres.
Poseían tierras, algunas empresas mineras y varias explotaciones donde se extraían minerales.
Pero Antonella había comprendido algo desde pequeña.
Su familia tenía dinero.
No tenía poder.
Y ella quería ambas cosas.
—Papá.
—¿Qué?
—¿Cuánto oro tenemos en nuestras minas?
—No sé exactamente.
—¿Y cuánto ganamos?
—Antonella...
—Es una pregunta.
—Lo suficiente.
Ella se detuvo.
—Eso no es una respuesta.
Su padre suspiró.
—¿Por qué querés saberlo?
Antonella miró hacia la mina.
—Porque creo que estamos desperdiciando dinero.
Su padre levantó una ceja.
—¿Cómo?
—Sacamos oro de la tierra y lo vendemos.
—Sí.
—Pero podríamos hacer más.
—¿Más?
—Mucho más.
Su padre se quedó mirándola.
Antonella sonrió.
—No quiero ser rica.
—Eso me tranquiliza.
—Quiero ser muchísimo más rica.
Su padre cerró los ojos.
—Eso me preocupa.
Capítulo II
Una idea peligrosa
Antonella no tardó en demostrar que no estaba hablando por hablar.
Comenzó estudiando las cuentas de la familia.
Descubrió que gastaban demasiado dinero en transporte.
Después descubrió que las herramientas utilizadas por los trabajadores de las minas eran antiguas y poco eficientes.
Luego observó las tierras agrícolas.
Los campesinos trabajaban durante horas para hacer tareas que podían simplificarse.
Antonella comenzó a dibujar.
Máquinas.
Herramientas.
Mecanismos.
Ideas que muchas personas consideraban absurdas.
Su hermano mayor, Étienne, encontró uno de sus dibujos sobre la mesa.
—¿Qué es esto?
—Una máquina.
—Eso ya lo veo.
—Entonces no preguntes.
Étienne frunció el ceño.
—Parece una araña de metal.
—Es una máquina para facilitar el trabajo agrícola.
—Parece una araña.
—Una araña muy inteligente.
—Las arañas no trabajan en campos.
—Por eso esta será mejor.
Étienne se echó a reír.
—Estás loca.
Antonella le quitó el dibujo.
—Probablemente.
Durante meses trabajó con artesanos, herreros e inventores.
No construía todo personalmente.
No sabía hacerlo.
Pero sabía algo mucho más importante:
sabía encontrar personas capaces y convencerlas de trabajar para ella.
Finalmente, la primera máquina estuvo terminada.
No era hermosa.
Era pesada, extraña y hacía un ruido terrible.
Pero funcionaba.
Cuando Antonella la vio trabajar por primera vez, se quedó en silencio.
Un grupo de campesinos la observaba.
La máquina podía realizar parte de una tarea que normalmente necesitaba varios trabajadores.
Antonella sonrió.
—Otra.
El inventor la miró sorprendido.
—¿Otra máquina?
—Sí.
—¿No está satisfecha?
—Estoy muy satisfecha.
—Entonces...
—Por eso quiero otra.
El hombre comprendió algo aquel día.
Antonella Sherchk no era una clienta.
Era una tormenta.
Capítulo III
El perfume de la fortuna
Su segundo gran negocio fue completamente diferente.
Perfumes.
Antonella había descubierto que los nobles franceses estaban dispuestos a pagar enormes cantidades por productos exclusivos.
Y ella quería aprovecharlo.
Contrató perfumistas.
Compró aceites.
Experimentó con flores.
Rosas.
Lavanda.
Jazmín.
Violetas.
Y otras plantas que llegaban desde diferentes regiones.
El primer perfume recibió el nombre de Étoile Noire.
La Estrella Negra.
Antonella llevó una pequeña botella a una celebración de la nobleza.
Una mujer la observó con desprecio.
—¿Esto es suyo?
—Sí.
—¿Perfume?
—Eso suele ser lo que contienen las botellas.
La mujer la miró ofendida.
Antonella sonrió.
—Perdón.
—No parece usted una comerciante.
—Eso es porque no me visto como una.
—¿Y cuánto cuesta?
Antonella dijo el precio.
La mujer casi se atragantó.
—¡Es una locura!
Antonella tomó la botella.
—Entonces no la compre.
La mujer la miró.
Antonella se alejó.
Cinco minutos después, la mujer apareció detrás de ella.
—Me llevaré dos.
Antonella sonrió.
—Sabía que volvería.
—No se acostumbre.
—Ya es demasiado tarde.
Ese día vendió casi todas las botellas.
Una semana después, la producción se había multiplicado.
Un mes después, varias mujeres de la nobleza utilizaban el perfume.
Y tres meses después, Antonella había conseguido algo que quería incluso más que el dinero.
Su nombre comenzaba a entrar en la corte.
PARTE II
EL PRÍNCIPE
Capítulo IV
François de Bourbon
Antonella tenía diecinueve años cuando conoció al príncipe.
La celebración se realizaba en uno de los grandes palacios cercanos a París.
Antonella llevaba un vestido oscuro adornado con detalles dorados.
No necesitaba una corona.
Ya sabía que la gente la miraba.
Entonces escuchó una voz detrás de ella.
—¿Siempre parece tan aburrida?
Antonella giró.
Frente a ella estaba él.
François de Bourbon.
Príncipe de Francia.
Heredero de una de las ramas más poderosas de la familia real.
Tenía una sonrisa encantadora.
Demasiado encantadora.
Antonella lo supo inmediatamente.
—No estoy aburrida.
—Entonces está pensando.
—Sí.
—¿En qué?
—En cómo escapar de esta conversación.
François soltó una carcajada.
—Me gusta.
—Eso es un problema suyo.
—¿Sabe quién soy?
—Sí.
—¿Y aun así me habla así?
—Precisamente porque sé quién es.
François la observó durante unos segundos.
—¿Cómo se llama?
—Antonella Sherchk.
El príncipe sonrió.
—He oído hablar de usted.
—Espero que cosas buenas.
—Que es rica.
—Eso es verdad.
—Que es inteligente.
—También.
—Que es peligrosa.
Antonella sonrió.
—Eso depende de quién pregunte.
François quedó fascinado.
Y Antonella también.
Aunque no quería admitirlo.
Capítulo V
Un príncipe con demasiados defectos
François era muchas cosas.
Encantador.
Divertido.
Mujeriego.
Ambicioso.
Inteligente.
Y también profundamente egoísta.
Antonella descubrió rápidamente que el príncipe tenía amantes.
Varias.
Demasiadas.
—¿Cuántas mujeres conocés? —preguntó una noche.
François bebió vino.
—No llevo la cuenta.
—Eso imaginé.
—¿Estás celosa?
—No.
—Mentís.
—No.
—Sí.
Antonella se cruzó de brazos.
—François.
—¿Qué?
—Si alguna vez me engañás, te voy a arruinar.
Él soltó una carcajada.
—¿Con qué?
Antonella se acercó.
—Con dinero.
François dejó de reír.
—Eso no fue gracioso.
—No estaba haciendo un chiste.
François la miró.
Y después sonrió.
—Definitivamente estoy enamorado.
Antonella quiso responder.
Pero no pudo.
Porque ella también lo estaba.
PARTE III
LA HIJA PROHIBIDA
Capítulo VI
El secreto
La noticia llegó meses después.
Antonella estaba embarazada.
Cuando se lo contó a François, él permaneció en silencio.
—Decí algo.
—¿Es mío?
Antonella lo miró indignada.
—No, François. Es del rey de Inglaterra.
—Era una pregunta.
—Era una pregunta estúpida.
François sonrió.
Pero su sonrisa desapareció rápidamente.
—Antonella...
—Sé lo que estás pensando.
—No.
—Sí.
—Esto es peligroso.
—Lo sé.
François caminó por la habitación.
—Claire no puede enterarse.
Antonella bajó la mirada.
Claire Moreau era la esposa de François.
Una mujer noble.
Elegante.
Inteligente.
Y desesperada por tener un heredero.
Pero no podía tener hijos.
Si descubría que François tenía una hija con otra mujer, Antonella sabía que no habría piedad.
Cuando nació la niña, Antonella la sostuvo contra su pecho.
La pequeña tenía los ojos abiertos.
Antonella lloró.
—Hola.
La niña movió una pequeña mano.
—Soy tu mamá.
Antonella sonrió.
—Y voy a hacer todo lo necesario para que sobrevivas.
Miró a François.
—Se llamará Éléonore de Valençay.
François sonrió.
—Es hermosa.
—Ella también.
Y por primera vez, Antonella sintió algo que el dinero jamás había conseguido darle.
Miedo.
Porque ahora tenía algo que podía perder.
Capítulo VII
La princesa que no debía existir
Éléonore fue escondida.
Antonella construyó una red de personas de confianza.
Una casa fuera de París.
Sirvientes.
Maestros.
Guardias.
Médicos.
Nadie podía saber toda la verdad.
Cada persona conocía solamente una parte.
Antonella incluso creó documentos falsos.
Para el mundo, Éléonore no existía.
Pero Claire comenzó a sospechar.
Una tarde, mientras François estaba en la corte, Claire encontró una carta.
No estaba dirigida a ella.
La abrió.
Leyó el nombre.
Antonella Sherchk.
Y luego encontró una frase.
"Nuestra hija está a salvo."
Claire sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—Nuestra hija...
Repitió las palabras.
Entonces comprendió.
François tenía una hija.
Y Antonella era la madre.
Claire apretó la carta.
—Voy a encontrarla.
PARTE IV
LA MUJER QUE SE CONVIRTIÓ EN UN IMPERIO
Capítulo VIII
Oro
Mientras Claire buscaba a Éléonore, Antonella hacía crecer su fortuna.
No había dejado de trabajar.
Al contrario.
Ahora tenía una razón todavía más grande.
Compró minas.
Después compró las empresas que transportaban el mineral.
Después compró talleres que fabricaban herramientas.
Después creó negocios de comercio.
Panaderías.
Perfumerías.
Almacenes.
Talleres.
Empresas agrícolas.
Antonella no quería ganar dinero una sola vez.
Quería controlar el camino entero que seguía el dinero.
Si alguien extraía el oro, ella quería poseer la mina.
Si alguien transportaba el oro, quería controlar el transporte.
Si alguien lo vendía, quería tener participación en el comercio.
Su fortuna creció.
Y con ella, su poder.
Los nobles comenzaron a buscarla.
Los comerciantes querían asociarse con ella.
Los políticos querían conocerla.
Los banqueros querían prestarle dinero.
Antonella no necesitaba préstamos.
Ella prestaba.
Un hombre llegó a pedirle ayuda económica.
—Necesito cien mil monedas.
Antonella lo miró.
—¿Para qué?
—Para expandir mi negocio.
—No.
El hombre palideció.
—¿No?
—No voy a prestarte dinero.
—¿Por qué?
—Porque tu negocio va a fracasar.
—¿Cómo puede saberlo?
Antonella señaló sus documentos.
—Porque no sabés administrar tus gastos.
El hombre se quedó en silencio.
—Entonces...
Antonella sonrió.
—Pero puedo comprar tu empresa.
Capítulo IX
La mujer más rica de Francia
A los veintisiete años, Antonella ya no era simplemente una empresaria.
Era una institución.
Su nombre aparecía en contratos.
Sus productos llegaban a la nobleza.
Sus minas producían grandes cantidades de oro.
Sus máquinas comenzaban a cambiar la manera de trabajar de cientos de personas.
Pero cuanto más poder tenía, más enemigos aparecían.
Y uno de ellos era especialmente peligroso.
Claire.
PARTE V
LA MUERTE
Capítulo X
La decisión
Antonella recibió un mensaje una noche.
"La princesa sabe dónde está la niña."
Antonella quedó inmóvil.
Miró a Éléonore.
La niña dormía.
No había tiempo.
Antonella llamó a su hombre de mayor confianza.
—Preparate.
—¿Para qué?
—Voy a desaparecer.
—¿Desaparecer?
—Voy a morir.
El hombre palideció.
—Señora...
—No voy a morir realmente.
—Eso espero.
Antonella sonrió.
—Necesito que todos crean que sí.
El plan era peligroso.
Demasiado peligroso.
Pero Antonella sabía que si continuaba viviendo públicamente, Claire nunca dejaría de perseguirlas.
Así que decidió hacer lo impensable.
Crear su propia muerte.
Capítulo XI
La última noche
La noticia llegó a París al amanecer.
Antonella Sherchk había muerto.
Un accidente.
Eso fue lo que dijeron.
Un incendio.
Una mujer había sido encontrada entre las ruinas.
Los documentos indicaban que era Antonella.
El cuerpo estaba irreconocible.
La ciudad quedó conmocionada.
Los comerciantes lloraron.
Los trabajadores de sus minas guardaron silencio.
Los nobles hablaron durante semanas.
François quedó destruido.
Claire, en cambio, respiró aliviada.
—Finalmente —susurró.
Pero nadie sabía que aquella misma noche, muy lejos de París, una mujer subía a un carruaje.
Antonella.
Viva.
Con el cabello cortado.
Un nuevo nombre.
Una nueva identidad.
Y una nueva vida esperándola.
Antes de partir, miró hacia París.
—Perdoname, Éléonore.
Las lágrimas recorrieron su rostro.
—Algún día vas a entender.
PARTE VI
ITALIA
Capítulo XII
La mujer que murió dos veces
Antonella llegó a Italia bajo una identidad falsa.
Allí nadie conocía su verdadero rostro.
O eso creía.
Adoptó una nueva personalidad.
Cambió su forma de vestir.
Cambió su manera de hablar.
Incluso creó una nueva historia para sí misma.
Pero no abandonó el dinero.
Nunca.
Antonella podía cambiar de nombre.
No podía dejar de ser Antonella Sherchk.
Compró propiedades.
Invirtió en negocios.
Creó nuevas relaciones comerciales.
Y durante dieciocho años observó desde lejos cómo crecía la vida de su hija.
Éléonore fue educada.
Aprendió idiomas.
Historia.
Política.
Comercio.
Estrategia.
Y también aprendió algo que Antonella consideraba indispensable:
nunca confiar completamente en nadie.
PARTE VII
LA VERDAD
Capítulo XIII
Dieciocho años
Éléonore cumplió dieciocho años.
Esa noche recibió una caja.
Nadie sabía quién la había enviado.
Dentro había una carta.
La reconoció inmediatamente.
La letra.
Era imposible.
Éléonore comenzó a leer.
"Mi querida hija:"
Las lágrimas aparecieron antes de que pudiera continuar.
"Durante dieciocho años creíste que estaba muerta."
Éléonore dejó de respirar.
"Pero tu madre no murió."
La carta cayó al suelo.
—No...
Volvió a levantarla.
"Hice que el mundo creyera que había muerto porque necesitaba protegerte."
Éléonore temblaba.
"Tu padre murió. Y ahora ha llegado el momento de reclamar lo que te corresponde."
La última frase decía:
"Volveré cuando seas reina."
Éléonore se quedó mirando la carta.
Entonces alguien llamó a la puerta.
—Majestad.
Éléonore levantó la cabeza.
Todavía no era reina.
Pero pronto lo sería.
PARTE VIII
LA CORONA
Capítulo XIV
Dos meses
La reclamación de Éléonore provocó un caos político.
Algunos nobles la apoyaron.
Otros intentaron desacreditarla.
Otros querían utilizarla.
Pero Éléonore tenía algo que nadie podía quitarle.
La sangre de François.
Y las pruebas que Antonella había conservado durante dieciocho años.
Los documentos fueron revisados.
Los testimonios fueron escuchados.
Las cartas fueron presentadas.
Finalmente, después de dos meses de discusiones, la corte aceptó su derecho.
Éléonore de Valençay fue reconocida como reina.
El día de su coronación, París se llenó de gente.
Campanas.
Carruajes.
Banderas.
Flores.
Miles de personas.
Éléonore caminó hacia el trono.
Tenía dieciocho años.
Pero parecía mucho mayor.
Porque sabía que alguien estaba observándola.
Su madre.
PARTE IX
EL REGRESO DE LA MUERTA
Capítulo XV
Tres golpes
Aquella noche, después de la coronación, Éléonore estaba sola.
Se quitó la corona.
La dejó sobre una mesa.
—Es demasiado pesada —murmuró.
Entonces escuchó:
Toc.
Toc.
Toc.
Éléonore se giró.
—¿Quién es?
Una voz respondió:
—Alguien que debería estar muerta.
Éléonore quedó congelada.
La puerta se abrió.
Una mujer entró.
Cabello oscuro.
Vestido elegante.
Una pequeña sonrisa.
Los mismos ojos.
Éléonore sintió que el corazón se le detenía.
—Mamá...
Antonella extendió los brazos.
—Hola, mi niña.
Éléonore corrió hacia ella.
Madre e hija se abrazaron.
Y por primera vez en dieciocho años, Antonella pudo besar a su hija sin miedo.
—Pensé que habías muerto.
—Lo sé.
—Te odié.
Antonella cerró los ojos.
—Lo sé.
—Te extrañé.
—Yo también.
—¿Por qué no volviste antes?
Antonella se separó lentamente.
—Porque si volvía antes, quizás hoy no estarías usando esa corona.
Éléonore miró la corona.
Después miró a su madre.
—¿Sabés qué es lo peor?
—¿Qué?
—Que ahora sos mi asesora.
Antonella sonrió.
—No.
—¿No?
—Ahora soy tu madre.
Éléonore soltó una risa entre lágrimas.
—Eso es mucho peor.
Antonella se rio.
—Definitivamente sos mi hija.
PARTE X
LA REINA DE LAS SOMBRAS
Capítulo XVI
Nadie debe saber
Antonella no regresó oficialmente.
Para Francia, seguía muerta.
Éléonore tampoco anunció su existencia.
Era demasiado peligroso.
Pero dentro del palacio había una habitación que solamente ellas dos podían visitar.
Allí Antonella comenzó a asesorar a su hija.
—No firmes esto.
—¿Por qué?
—Porque te están engañando.
—¿Cómo lo sabés?
—Porque yo fui quien escribió el contrato.
Éléonore la miró.
—Mamá.
—¿Qué?
—¿Cuántas cosas controlás realmente?
Antonella sonrió.
—No muchas.
—Eso no es verdad.
—Bueno...
Antonella levantó un dedo.
—Quizás unas cuantas.
—¿Cuántas?
—No preguntes.
—¡Mamá!
Antonella se rio.
—Suficientes.
Y era cierto.
Antonella había regresado a Francia con una fortuna enorme.
Tenía inversiones en Italia.
Empresas en Francia.
Minas.
Comercios.
Perfumerías.
Panaderías.
Talleres.
Tierras.
Y una red de personas que todavía le debían favores.
No necesitaba la corona.
No necesitaba ser reconocida.
Tenía algo mucho más peligroso.
Influencia.
EPÍLOGO
El legado de Antonella
Pasaron los años.
Éléonore se convirtió en una reina respetada.
Algunos decían que tenía una inteligencia extraordinaria.
Otros decían que era demasiado fría.
Otros aseguraban que nadie podía engañarla.
Pero nadie sabía la verdad.
Detrás de cada gran decisión había una mujer.
Una mujer que oficialmente estaba muerta.
Antonella.
Una tarde, madre e hija estaban sentadas frente a una ventana desde la que podían contemplar París.
Éléonore observó la ciudad.
—¿Creés que algún día van a descubrirte?
Antonella sonrió.
—Probablemente.
—¿Y qué haremos?
—Depende.
—¿De qué?
—De cuánto dinero tengamos.
Éléonore se rio.
—Siempre hablás de dinero.
Antonella miró hacia las calles.
—El dinero no es lo más importante.
—Eso es nuevo.
—No dije que no fuera importante.
Éléonore negó con la cabeza.
—Sos imposible.
Antonella tomó su mano.
—Tal vez.
Hubo un largo silencio.
—¿Sabés qué quiero que recuerdes? —preguntó Antonella.
—¿Qué?
—Yo construí un imperio.
—Sí.
—Pero vos tenés que decidir qué hacer con él.
Éléonore la miró.
—¿Y si quiero destruirlo?
Antonella sonrió.
—Entonces asegurate de destruirlo de una manera rentable.
Las dos comenzaron a reír.
Afuera, París continuaba con su vida.
La gente caminaba sin saber que la mujer que todos creían muerta seguía viva.
Sin saber que una de las mayores fortunas de Francia todavía estaba en sus manos.
Sin saber que la reina recibía consejos de un fantasma.
Y sin saber que la verdadera historia de Antonella Sherchk jamás había sido escrita.
Porque algunos nombres aparecen en los libros.
Otros aparecen en las coronas.
Pero hay nombres que viven en las sombras.
Antonella Sherchk era uno de ellos.
Y aunque Francia jamás supo que estaba viva...
su hija sí.
Y mientras Éléonore llevara la corona, el legado de Antonella jamás moriría.
Thoughts
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PermalinkMedia fila de banco duró esto. Eso significa que fue mucho más que corta. Bruja inteligente, esa Antonella.
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Permalink¿Alguien sabe si Antonella controla tantas cosas al final o es sólo lo que Éléonore cree? Me perdí entre tantos años.
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PermalinkEl reencuentro me hizo perder el renglón en cada bache del minibús. Tuve que releer todo el capítulo de la corona.
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PermalinkMi abuela dice: ese príncipe es un sinvergüenza. Me encantó que alguien lo ponga en voz alta como ella.
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PermalinkLa parte donde aparece en el trono de madrugada. A las tres de la mañana leyendo esto se me quedó la cara mojada.
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PermalinkPasó la página cuarenta en el capítulo dos y aquí ando. La estrategia de Antonella, cómo arma todo desde cero. Excelente.
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PermalinkEso de fingir su muerte para proteger a su hija. Como madre eso me destroza todo.
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PermalinkCada plan que Antonella arma es perfecto. Como alguien que sigue una regla, esto me pareció impecable en el timing.