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La Procesión de Marfil.

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Algunas historias no nacen de la imaginación, sino del silencio de quienes se negaron a contarlas. Una madrugada, en las calles de Marfil, un error cambió para siempre la vida de un padre y su hijo. Lo que vieron aquella noche jamás encontró una explicación… y quizá nunca debió tenerla.

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Pensamiento

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versoAjeno

¿Seguís pensando en eso cuando escuchás campanas?

¿Seguís pensando en eso cuando escuchás campanas?

Contenido de la publicación

Han pasado más de treinta años desde aquella madrugada, pero hay recuerdos que no envejecen. Permanecen intactos, suspendidos en algún rincón oscuro de la memoria, esperando el momento oportuno para regresar.

Este es uno de ellos.

Cuando ocurrió, Marfil todavía era una comunidad separada de la ciudad de Guanajuato. Las noches eran distintas entonces. Más oscuras. Más silenciosas. Había menos luces, menos ruido y más espacios para que las viejas historias encontraran dónde esconderse.

Yo estudiaba la preparatoria cuando organizaron un viaje a las Grutas de Cacahuamilpa, en Guerrero. El autobús saldría a las cuatro de la mañana desde la antigua estación del ferrocarril de Guanajuato y mi padre sería el encargado de llevarme.

En aquellos años no existían los teléfonos celulares ni las alarmas digitales. Dependíamos de un viejo despertador de cuerda cuyo sonido parecía una campana de incendio. La noche anterior lo programé para las tres y media de la mañana.

O al menos eso creí.

Cuando sonó, salté de la cama de inmediato. Me vestí a toda prisa, preparé mis cosas y fui a despertar a mi padre.

Minutos después caminábamos por las calles silenciosas de Marfil rumbo a la carretera vieja.

El aire era frío. No se escuchaba un solo perro ladrar. Ningún motor. Ninguna voz.

Nada.

Al llegar al punto donde una calle lateral desembocaba en la carretera, algo llamó nuestra atención.

Primero fue un olor.

Un intenso olor a cera derretida que apareció de pronto en medio de la madrugada.

Luego llegaron los sonidos.

Muy débiles al principio.

Como rezos pronunciados en voz baja.

Susurros imposibles de distinguir.

Palabras que parecían viajar con el viento.

Después comenzaron a mezclarse con una especie de canto fúnebre, lento y monótono, como si decenas de voces entonaran la misma letanía desde algún lugar lejano.

Y por encima de todo sonaba una campanilla.

Una pequeña campana cuyo tintineo parecía marcar el ritmo de algo que avanzaba en la oscuridad.

Una campanada.

Luego otra.

Lenta.

Constante.

Hipnótica.

Fue entonces cuando vimos las luces.

Al principio pensé que podían ser personas llevando veladoras.

Después distinguí las figuras.

Era una procesión.

Un grupo numeroso descendía lentamente por la pendiente.

Las mujeres caminaban con el rostro cubierto por velos oscuros. Los hombres llevaban la cara descubierta, aunque la penumbra y el movimiento vacilante de las llamas impedían distinguir sus rasgos. Todos sostenían una veladora encendida entre las manos.

Nadie hablaba.

O al menos nadie hablaba de forma normal.

Los únicos sonidos eran aquellos rezos lejanos, el murmullo de las voces y el insistente tintinear de la campanilla.

Mi padre se detuvo.

Yo también.

La procesión continuó avanzando hasta la carretera.

Recuerdo claramente que no había vehículos circulando, pero aun así mi padre no cruzó.

Se quedó observando.

Con una atención que entonces no comprendí.

Las figuras comenzaron a atravesar la carretera frente a nosotros.

Y fue ahí cuando sentí por primera vez algo que nunca he logrado explicar.

Aquellas personas parecían reales y al mismo tiempo no lo parecían.

Era imposible fijar la vista en sus rostros. Cada vez que intentaba distinguir uno, la sombra parecía cubrirlo de nuevo.

Como sucede con un sueño que se desvanece en cuanto intentas recordarlo.

Entonces vi algo más.

Al frente de la procesión caminaba un hombre.

No llevaba veladora.

Llevaba una cruz.

Avanzaba lentamente.

Con la cabeza inclinada.

Con la mirada perdida.

Como un sonámbulo.

Como alguien que caminaba sin voluntad propia.

Sentí un escalofrío inexplicable.

Entonces comprendí algo que me heló la sangre.

Aquel hombre no encabezaba la procesión.

Era la procesión la que lo llevaba.

Los vi cruzar frente a nosotros y dirigirse hacia la calle que conduce al panteón de Marfil.

Una interminable hilera de luces ascendiendo hacia la oscuridad.

Entonces mi padre miró su reloj.

Jamás olvidaré la expresión de su rostro.

El color desapareció de golpe.

—¿Qué hora es? —pregunté.

—Las tres.

Lo miré confundido.

—¿Las tres?

Volvió a observar el reloj.

—Son apenas las tres de la mañana.

Fue entonces cuando comprendí mi error.

Había programado mal el despertador.

No lo había puesto a las tres y media.

Lo había puesto a las dos y media.

Mi padre volvió la vista hacia la calle por donde la procesión desaparecía.

Luego me dijo algo que en aquel momento me pareció extraño.

—Nos regresamos.

—Pero todavía alcanzamos el autobús.

—Nos regresamos. Ahora.

Su tono no admitía discusión.

Y aunque llevaba semanas esperando aquel viaje, algo dentro de mí me hizo obedecer sin protestar.

Mientras emprendíamos el regreso sentí una necesidad repentina de mirar hacia atrás.

Una sensación difícil de describir.

Como si alguien pronunciara mi nombre desde lejos.

Como si algo me llamara.

Comencé a girar la cabeza.

Entonces mi padre me sujetó con firmeza del brazo.

—No voltees.

Aquellas fueron las últimas palabras que dijo durante todo el camino de regreso.

Nunca fui al viaje.

En la escuela dije que me había quedado dormido y perdido la salida del autobús.

Nadie sospechó nada.

El tema quedó enterrado durante años.

Sin embargo, algunas veces, muy pocas, escuché a mi padre mencionar aquella madrugada.

Nunca daba explicaciones.

Nunca entraba en detalles.

Solo decía una frase.

—Era un desfile de almas.

Nada más.

Con el tiempo intenté insistir.

Quise saber cómo podía estar tan seguro.

Pero jamás logré que contara más.

Años después descubrí relatos sobre una antigua procesión de muertos que, según la tradición, recorre los caminos durante la madrugada.

Se anuncia con un fuerte olor a cera.

Con rezos susurrados.

Con cantos funerarios.

Y con el sonido de una campanilla que precede a quienes ya no pertenecen a este mundo.

También se dice que al frente camina un hombre vivo cargando una cruz.

No porque dirija a los muertos.

Sino porque está condenado a hacerlo.

Y que tarde o temprano la procesión busca a alguien que ocupe su lugar.

Fue entonces cuando comprendí algo que me provocó más miedo que la propia leyenda.

Ya no podía tratarse de una peregrinación.

Ni de una ceremonia religiosa.

Ni de un funeral.

Aquello pertenecía a otra clase de historias.

Historias que los viejos aprendían de sus padres y de sus abuelos.

Historias que rara vez contaban a los jóvenes.

Porque ciertas cosas solo se transmiten cuando llega el momento adecuado.

Y otras jamás deben transmitirse.

Con los años he llegado a preguntarme si realmente programé mal aquel despertador.

La explicación racional dice que sí.

Pero hay noches en las que pienso otra cosa.

Pienso que alguien quería que estuviéramos allí.

Que aquel encuentro debía suceder.

Que por alguna razón nosotros teníamos que ver aquella procesión.

O quizá...

que la procesión tenía que vernos a nosotros.

Porque hay una frase que mi padre pronunció una sola vez, muchos años después, cuando creía que yo ya había olvidado el asunto.

Nunca volvió a repetirla.

Pero todavía la recuerdo palabra por palabra.

—Nosotros no los vimos a ellos...

Guardó silencio unos segundos.

Y luego concluyó:

—Ellos nos vieron a nosotros.

Mi padre murió llevándose el resto de la historia.

Nunca me explicó por qué reconoció aquella procesión.

Nunca me dijo qué tradición había escuchado en su juventud.

Nunca me reveló qué fue exactamente lo que creyó ver aquella noche entre las sombras.

Y tal vez fue mejor así.

Porque hay conocimientos que pasan de padres a hijos.

Y hay otros que deben morir con ellos.

Sobre todo, aquellos relacionados con los caminos que recorren los muertos.

Hoy todavía recuerdo el resplandor de aquellas veladoras.

Pero si hay algo que me hace despertar sobresaltado algunas noches no son las luces ni las sombras.

Es el recuerdo de aquella campanilla.

Porque a veces, cuando abro los ojos en plena madrugada y descubro que el reloj marca exactamente las tres, me parece percibir a lo lejos un leve tintineo.

Una campanada.

Luego otra.

Lenta.

Constante.

Ascendiendo por las calles de Marfil en dirección al panteón.

Y durante unos segundos vuelvo a ser aquel muchacho de preparatoria observando una fila interminable de luces cruzar la carretera.

Entonces hago exactamente lo mismo que hizo mi padre aquella noche.

No miro por la ventana.

Porque algunas leyendas aseguran que, cada cierto tiempo, la procesión necesita un nuevo portador de la cruz.

Y después de todo lo que vi aquella madrugada, hay una pregunta que aún no me atrevo a responder:

A veces pienso que mi padre nunca me contó el resto de la historia porque quería protegerme.

Otras noches sospecho algo peor.

Que guardó silencio porque sabía que algún día tendría que ser yo quien la continuara.

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Thoughts

  • cualquiercosa

    Lo que escribís suena como una de esas cosas que marca a una persona.

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  • solo_curioseo

    ¿Alguna vez volviste a ese lugar a los días, o quedó congelado en esa noche?

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  • renglontorcido

    ¿Alguna vez intentaste buscar en viejos documentos si otras personas vieron esa procesión en Marfil?

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  • quiza_me_equivoco

    Eso que los niños ven de noche es distinto. Todo tiene más peso.

    Permalink
  • pregunta_rapida_

    Lo hermoso es que el despertador roto llevó a algo que no se olvida.

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  • CapituloTrasCapitulo

    El detalle de que reconocías cada cosa: el olor, los rezos, la campanilla. Como si tu cuerpo ya conociera todo eso de antes.

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  • asintiendo_desde_aca

    ¿Qué hubiera pasado si volteabas? ¿Eso es lo que nunca averiguaste?

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  • Anselma

    Tu padre diciéndote 'No voltees'... qué de peso tiene eso.

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  • versoAjeno

    ¿Seguís pensando en eso cuando escuchás campanas?

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  • versoenservilleta

    Esto que escribiste, la tensión silenciosa de tu padre diciéndote 'No voltees', es lo que queda en el pecho.

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