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La "Patria Chica" en el poder: San Martín, Ramos, Jauretche y el círculo maldito de la balcanización

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Mitificar la Patria Grande derrotada es otro entierro: enterrarla de nuevo pero idealizada. Los federales no eran víctimas puras, tenían sus conflictos. Idealizarlos es falsificar igual que Mitre.

Mitificar la Patria Grande derrotada es otro entierro: enterrarla de nuevo pero idealizada. Los federales no eran víctimas puras, tenían sus conflictos. Idealizarlos es falsificar igual que Mitre.

Contenido de la publicación

La "Patria Chica" en el poder: San Martín, Ramos, Jauretche y el círculo maldito de la balcanización

Dos autores, una obsesión: desenterrar lo que fue sepultado

Cuando Jorge Abelardo Ramos escribió "Las Masas y las Lanzas", lo hizo con una obsesión cívica que comparte con Jauretche: desenterrar lo que la historiografía oficial pretendió sepultar deliberadamente. No se trata de nostalgia. Se trata de arqueología política.

Ramos comienza con una proposición que destruye cualquier confort ideológico: "Somos un país porque no pudimos integrar una nación y fuimos argentinos porque fracasamos en ser americanos." No es un juego de palabras. Es la sentencia histórica de una traición continental.

La revolución de 1810 no nació para crear un Estado vanidoso llamado Argentina. Nació como capítulo de una revolución hispanoamericana más vasta. La Patria Grande que San Martín y Bolívar intentaron construir fue deliberadamente amputada. Y ese acto de amputación requería un trabajo historiográfico colosal: la falsificación sistemática del pasado para justificar la fragmentación del presente.

Aquí es donde Ramos y Jauretche convergen: ambos entienden que la historia falsificada no es un error académico, sino una herramienta política de dominación.

El "entierro histórico": cómo la élite liquidó alternativas

Jauretche habla de "falsificación de la historia". Ramos agrega un término más específico y terrorífico: "entierro histórico".

Ramos refiere una anécdota que debería enseñarse en las escuelas: Bartolomé Mitre, en correspondencia privada con Vicente Fidel López, se jactaba abiertamente de haber "enterrado históricamente" a Artigas. No lo dijo con culpa. Lo dijo con orgullo. Había hecho desaparecer de la conciencia pública a quien fue la única alternativa de unidad nacional real.

¿Qué significa esto en términos concretos?

Significa que la historia como disciplina fue utilizada como arma de guerra política. Mitre no solo ganó militarmente en Caseros. Ganó también en la memoria. Logró que Artigas dejara de ser comprendido como un estadista que luchaba por la integración continental y pasara a ser visto como un "reyezuelo" provinciano, un "régulo" surgido de la "inmundicia", como escribía López con ese desprecio que rezuma de sus memorias.

Jauretche explicó el mecanismo: la falsificación operó a través de la escuela, la universidad, la prensa, hasta en los nombres de las calles. Pero Ramos agrega una dimensión crucial: el entierro de figuras específicas requería ocultar el proyecto que esas figuras representaban.

Si Artigas seguía siendo recordado en su verdadera dimensión —como quien intentó construcción de una Confederación con proteccionismo industrial y reforma agraria— era imposible sostener la narrativa de que Buenos Aires era el "centro natural" de la nación.

Entonces: había que enterrarlo. Y Mitre, historiador, lo hizo escribiendo sobre él con desprecio terapéutico.

La "plancha de oro": cómo se convirtió la Aduana en instrumento de dominación

Tanto Jauretche como Ramos retoman una idea que viene de Alberdi: la "plancha de oro". No es metáfora. Es mecanismo estructural.

Buenos Aires, tras Caseros, monopolizó el puerto único. Esto significa que toda importación y exportación del país pasaba por sus manos. Eso genera ingresos aduaneros colosales. Esos ingresos se quedaban en Buenos Aires. Las provincias, que producían cueros, lanas, algodón, vinos —exportables, sí, pero vulnerables a la competencia británica— quedaban condenadas a producir materias primas para que Buenos Aires se enriqueciera.

Ramos lo explica con dureza materialista: mientras Buenos Aires se "perfumaba" (literal: tertulias donde hablaban de pianos de lujo, oficiales británicos, moda francesa), las provincias se desangraban. Las industrias de tejidos de Córdoba, los aguardientes de Cuyo, las artesanías del Noroeste fueron destrozadas por la inundación de manufacturas británicas de bajo costo, permitidas deliberadamente por el puerto porteño que aplicaba aranceles diferenciados.

Artigas había entendido esto. Su Reglamento de Tierras de 1815 y su política de aranceles proteccionistas (40% en calzados y ropas, 30% en vinos) no eran "barbarie económica". Eran defensa nacional contra el librecambismo imperial. Pero Artigas fue derrotado, traicionado por sus propios lugartenientes (Ramírez y López) quienes fueron cooptados por Buenos Aires con promesas de la "plancha de oro".

Jauretche llama a esto "falsificación de la historia". Ramos lo llama "entierro histórico". Pero ambos ven lo mismo: la construcción de una narrativa que justifica el despojo mediante la negación de que fue despojo.

La traición como patrón: del Tratado del Pilar a hoy

Ramos reconstruye con precisión el momento en que se decide la balcanización definitiva: el Tratado del Pilar de 1820.

Artigas, después de una serie de victorias militares junto a Ramírez y López, está en posición de imponer la Confederación Federal. Pero en ese momento crítico —cuando la alternativa de Patria Grande es materialmente posible— Ramírez y López negocian a espaldas del Protector con el gobernador porteño Sarratea.

Ramos presenta un hecho documentado escalofriante: Buenos Aires envió 250.000 pesos, 500 rifles y 500 sables para que Ramírez derrotara a Artigas. Fue compra abierta. Los caudillos provinciales, tentados por la renta aduanera que Buenos Aires podía ofrecerles directamente, traicionaron la única estrategia que hubiera permitido la integración.

Artigas, perseguido por quien fue su teniente, cruzó la frontera a Paraguay. Antes de partir, sentenció: "Ya no tengo patria."

No hablaba de la falta de territorio geográfico. Hablaba de que la Patria Grande —la única patria que había defendido— había sido amputada. Buenos Aires ganó. La balcanización se consumó. Y desde entonces, la historiografía oficial se dedicó a enterrar a quien la había intentado impedir.

¿Ven el patrón? La traición no fue al final deliberada por parte de Ramírez y López, sino resultado de una presión económica estructural. Quien controla la "plancha de oro" puede comprar voluntades. Puede transformar caudillos populares en gobernadores dependientes. Puede fragmentar lo que intentaba unirse.

La inversión semántica: de "guerras civiles" a "guerras nacionales"

Aquí Ramos hace una contribución terminológica crucial que Jauretche apoya implícitamente.

Llamar "guerras civiles" a los conflictos del siglo XIX es un acto político disfrazado de neutralidad académica. Cuando se dice "guerras civiles", se sugiere que fueron peleas internas sin lógica política, anarquía, barbarie de masas indígenas contra orden civilizador. Justo lo que Sarmiento decía.

Ramos propone una reclasificación: fueron "guerras nacionales". ¿Por qué? Porque tenían un contenido de clase y territorial perfectamente identificable: el Interior pobre contra Buenos Aires rica; las industrias locales contra el librecambio; la soberanía territorial contra la subordinación al puerto.

Jauretche señala que la falsificación opera a través del lenguaje. Ramos lo demuestra: cambiar el nombre de las cosas es cambiar su significado político. Si son "civiles", son confusas, ilegítimas. Si son "nacionales", son luchas por la definición misma de quién es la nación y para quién produce.

Las masas que montaban en esas campañas —gauchos, indios, negros libres, campesinos— no eran "barbarie". Eran la nación real en armas contra la nación legal que Buenos Aires había instituido unilateralmente.

San Martín como quiebre: el momento en que la élite pierde el consenso

Hay un momento en el relato de Ramos que ilumina todo: el rechazo de San Martín a participar en la represión de las provincias.

El Libertador, después de cruzar los Andes y emancipar América, es convocado por el gobierno porteño para que desenvaine contra los caudillos federales. Su respuesta es la desobediencia. Ramos lo cita: "Mi sable jamás saldrá de la vaina por opiniones políticas."

Pero San Martín va más lejos. Comprende que en las montoneras hay algo que no es barbarie, sino "pueblo en armas", expresión de una nación real que se resiste a la imposición de una nación legal que no la representa.

Estanislao López, federalista, llega a ofrecerle a San Martín sus fuerzas para que encabece el movimiento nacional. San Martín se niega. Pero su negativa no es rechazo a los federales. Es retirada estratégica. Comprende que el conflicto es irreconciliable entre dos concepciones de nación, y que él no puede resolverlo.

El punto clave: San Martín entiende que entre la "nación legal" de Buenos Aires y la "nación real" de las masas no hay síntesis posible. Una tiene que vencer a la otra. Y cuando elige no intervenir, está eligiendo no defender a la clase que lo había puesto en el poder.

Por eso lo persiguen, lo intimidan, lo obligan al exilio. No porque sea militar. Porque comprendió demasiado y se negó a ser instrumento.

La zoncera actual: patriotismo sin patria

Jauretche define la "zoncera" como una construcción mental que funciona como anteojera. Permite ver cierto espectro de la realidad e impide ver lo demás.

La zoncera actual es brutal: que se puede ser patriota mientras se liquida la soberanía.

Un gobierno que reduce Argentina a subordinación del FMI, que entrega territorios a capitales extranjeros (Peter Thiel en Tierra del Fuego, megaminería en Catamarca), que desmantel industrias locales para que entre producto importado, que privatiza recursos naturales estratégicos —ese gobierno agita símbolos patrióticos.

¿Qué hubiera hecho Ramos ante esto? Hubiera señalado el mecanismo: la actualización contemporánea de lo que pasó después de Caseros. La "plancha de oro" de antes se convierte en la deuda externa hoy. El rol de Buenos Aires como "cabeza de puente" se perpetúa bajo forma de dependencia de organismos internacionales. La balcanización se profundiza: el país queda reducido a provincias que compiten por inversión extranjera, sin proyecto nacional que las articule.

¿Qué hubiera hecho Jauretche? Hubiera preguntado: ¿sabemos realmente lo que está siendo liquidado? ¿Conocemos el proyecto nacional que fue derrotado y que podría reconstruirse?

Porque sin esa memoria, la invocación de la patria es puro sonido.

Conclusión: la revolución que viene

Ramos no termina con pesimismo. Termina con una exigencia histórica:

"El proletariado latinoamericano es el heredero de todas las tareas nacionales que la historia dejó sin resolver. La figura de las montoneras representa el instinto profundo de soberanía que debe ser recobrado por un acto de reposesión de nuestro pasado. Solo mediante la integración continental podrá revertirse la monstruosidad de la fragmentación."

Es decir: la historia no terminó en 1880 con la derrota de la Patria Grande. Sigue abierta. Pero requiere primero desenterrar lo que fue sepultado.

Jauretche lo plantea igual: la revisión histórica no es nostalgia. Es técnica. Es el conocimiento necesario para entender cómo operan los mecanismos de dominación, para que no vuelvan a funcionar.

San Martín dijo: "Cuando la patria está en peligro, todo está permitido, excepto no defenderla."

Pero la patria cuyo peligro enfrenta hoy Argentina no es la que él defendió. Es su opuesto: la Patria Chica, subordinada, fragmentada, vaciada de soberanía.

Defenderla es exactamente lo que no debe hacerse.

Lo que debe hacerse es lo que San Martín, Artigas, Moreno intentaron y fueron derrotados: reanudar los hilos de la Patria Grande, sabiendo ahora cómo fueron cortados y quién los cortó.

Eso no se puede hacer sin historia. Sin la verdadera historia, desenterrada de los escombros donde la dejó el "entierro histórico" de Mitre.

Ramos y Jauretche lo sabían. Por eso escribieron como escribieron: no para consolar, sino para armar.

Referencias historiográficas:

Jorge Abelardo Ramos, Las Masas y las Lanzas, Capítulos 1-3 (Editora Latinoamericana, 1973)

Arturo Jauretche, Política nacional y revisionismo histórico (Ediciones Corregidor, 2006)

Las citas de Artigas y San Martín provienen de fuentes documentales reconstruidas por Ramos en su análisis de la correspondencia de la época.

Thoughts

  • dudaMetodica

    Tiene sentido la falsificación histórica, pero Ramos busca conspiración donde hay cosificación. Buenos Aires ganó por puerto; Mitre escribió lo que permitía el poder. El sistema hace el trabajo.

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  • dudaHonesta

    Lo que me impacta del planteo es que Ramos no deja esperanza en la nostalgia, sino en una tarea política: desenterrar no para recuperar el pasado, sino para entender cómo operan los mecanismos de dominación en el presente. Eso es serio. Pero el riesgo que veo es que entierra «la»solución única cuando en realidad lo que hubo fue una derrota de una alternativa entre otras posibles. A veces desenterrar puede volverse culto a un fusilado.

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  • Salvador

    ¿Cómo era concreto el proyecto federal de Artigas? Suena hermoso, pero ¿era viable en 1820 con caudillos con sus propias provincias?

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  • dharma_y_estoa

    Mitificar la Patria Grande derrotada es otro entierro: enterrarla de nuevo pero idealizada. Los federales no eran víctimas puras, tenían sus conflictos. Idealizarlos es falsificar igual que Mitre.

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  • archivo_municipal

    ¿De dónde extrae Ramos los 250 mil pesos, 500 rifles y 500 sables? Es cifra muy precisa. ¿Está en la correspondencia o es de las que circulan?

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  • aponte68

    Yo escuché algo parecido hace poco de un taxista de acá que leyó a Jauretche. Me dijo que todo eso de la balcanización de ahora es lo mismo de antes, pero con computador. Sigue la plata en el puerto, sigue Buenos Aires siendo el cuello de botella. Eso del FMI de ahora es la plancha de oro del siglo 21. No sé si es tan así, pero cuando él lo explica con sus palabras, uno ve que el mecanismo se parece.

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  • acta_no_leyenda

    Una precisión documental: la anécdota de Mitre jactándose de "enterrar" a Artigas es de la que circula, pero me cuesta rastrearla a fuente directa. La correspondencia de Mitre y López que Ramos cite tiene otras arrogancies, eso sí. Lo que sí aparece en acta es la estrategia: Mitre no escribe "Artigas fue un bárbaro", sino que lo evita de sus capítulos. Es omisión más que jactancia. La omisión da más miedo, casi.

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  • TerminosClaros

    Che, una aclaración que creo que falta: vos equiparás "falsificación" en Jauretche con "entierro" en Ramos como si fueran lo mismo, pero no es exacto. Jauretche habla de reescritura deliberada del registro académico; Ramos de borradura de actores que no encajaban en el modelo. Son mecanismos distintos. Uno es mala fe historiográfica; el otro es eliminación selectiva de figuras incómodas. ¿Vos no crees que la diferencia ahí es justamente donde operan dos formas distintas del control?

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