En Ramadán tengo una versión chiquita de eso todos los años, con fecha fija y sin campeonato de por medio. Lo que cambia es que al mes siguiente sigo viendo a la misma gente en la misma escalera.
La paradoja del júbilo
Días después de la final del último mundial (24.7.26)
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Pensamiento
En Ramadán tengo una versión chiquita de eso todos los años, con fecha fija y sin campeonato de por medio. Lo que cambia es que al mes siguiente sigo viendo a la misma gente en la misma escalera.
Contenido de la publicación
Días después de la final del último mundial (24.7.26)
Cuando la felicidad colectiva espeja nuestros abismos
Hace poco, millones de argentinos celebraban un segundo pummm mmmmm ooesto. Las calles de las ciudades se tiñeron de azul y blanco, los autos tocaban bocina sin parar, la gente se abrazaba con desconocidos como si compartieran una victoria definitiva. En Corrientes, en Córdoba, en La Boca: la intensidad emocional era la misma. Una sola multitud atravesando un territorio fracturado.
Esa imágen vale la pena mirarla fijo.
Mientras ocurría aquello, continuaba la crisis: una Inflación que no cede, desempleo estructural, jóvenes que no encuentran horizonte, mujeres violentadas, niños con desnutrición. La realidad material no se suspendía para dar lugar al relato de la alegría. Convivían, sin resolverse. Argentina ceAmbas cosas, simultáneamente.
La pregunta que surge no es ingenua: ¿qué celebrábamos realmente? ¿Por qué esa felicidad colectiva adquiría tanta intensidad precisamente ahora, en este momento de fragilidad económica y moral?
Hay una respuesta neurobiológica inmediata. Cuando la multitud se congrega, cuando compartimos emoción en la calle, nuestros cerebros no están solos. Las neuronas espejo —esas células que detectan lo que hace el otro para reproducirlo en nosotros— se activan masivamente. Vemos a alguien llorar de alegría, nuestras neuronas espejo se encienden, y nuestro cerebro simula esa emoción. El contagio emocional no es metáfora: es un fenómeno neuroquímico concreto.
Pero hay algo más profundo ocurriendo a nivel bioquímico. La dopamina, el neurotransmisor responsable de la motivación, el deseo y la felicidad, se libera en grandes concentraciones durante esos momentos. No es adicción, es neurobiología pura. Cuando experimentamos emoción compartida en un grupo, la dopamina nos inunda, el sistema límbico —la región emocional del cerebro— se activa intensamente. Simultáneamente, la oxitocina, a menudo llamada la "molécula del vínculo social", circula por nuestro cuerpo. Es la sustancia que genera solidaridad, que nos hace sentir parte de.
En ese momento, en esas calles, somos una sola cosa. La soledad desaparece. La fragmentación se suspende temporalmente. Nuestro cuerpo nos dice que pertenecemos a algo mayor que nosotros mismos.
Desde una perspectiva biológica, esto tiene sentido evolutivo. Los humanos somos criaturas profundamente sociales. La vida en grupo aumentaba nuestras posibilidades de supervivencia. Las neuronas espejo, la empatía, el contagio emocional: todo eso nos permitía sincronizarnos, coordinar acciones, protegernos mutuamente. La dopamina refuerza esos vínculos, la oxitocina los cementa. Somos máquinas de conexión emocional.
El problema es lo que sucede después.
Aquí es donde los sociólogos y filósofos se vuelven imprescindibles. El pensador coreano Byung-Chul Han ha documentado cómo la felicidad se ha convertido en una obligación del capitalismo contemporáneo. No es suficiente con trabajar; debemos estar felices mientras trabajamos. No es suficiente con vivir; debemos optimizar constantemente nuestra vida. La felicidad se ha vuelto exigible, computable, medible. Y cuando no la alcanzamos —cuando el cuerpo se niega, cuando las circunstancias no cooperan— nos culpamos a nosotros mismos. Han llama a esto la "enfermedad del rendimiento": estamos enfermos de nosotros mismos, agotados por la necesidad permanente de producirnos como sujetos exitosos y felices.
Esa celebración masiva, vista desde esta óptica, es también reveladora. Durante esas horas, no necesitábamos producir felicidad. La multitud la generaba. No había culpa, no había deficit de dopamina que recriminar. El cuerpo, simplemente, funcionaba. La química cerebral hacía su trabajo. Por una vez, la felicidad no era un proyecto, era un hecho biológico.
Pero Zygmunt Bauman, el sociólogo de la "modernidad líquida", nos advierte sobre algo más perturbador. Los momentos de comunidad, dice, son cada vez más efímeros y débiles. Construimos vínculos rápidamente, pero no duran. La solidaridad no se sedimenta. Somos capaces de sentirnos unidos durante una final de mundial, pero esa unión se disuelve tan rápido como se formó. Regresamos a nuestras vidas fragmentadas, competitivas, solitarias. La multitud se dispersa. La oxitocina se disipa. Quedamos, nuevamente, solos.
Lo perturbador es que quizá lo sepamos. Quizá celebremos con esa intensidad precisamente porque sabemos que es transitorio. La multitud es un oasis emocional en un desierto de incertidumbre económica y relacional. Por eso la abrazamos con tanta urgencia.
Esto no es para despreciar la celebración. Al contrario. Esas horas de júbilo colectivo decían algo verdadero sobre lo que necesitamos los humanos: sincronización emocional, pertenencia, el alivio de la soledad. Nuestro cerebro estaba, literalmente, funcionando como está diseñado para funcionar. Éramos felices porque éramos juntos.
Pero la paradoja permanece sin resolverse, y tal vez ese sea precisamente su valor. Argentina celebró el segundo lugar de su selección mientras atraviesa una crisis estructural. No porque la felicidad fuera negación de la realidad —muchos sabían exactamente qué realidad los esperaba—, sino porque la felicidad colectiva es, también, un acto de resistencia. Es el cuerpo diciendo: a pesar de todo, somos capaces de esto. Capaces de sincronizarnos, de sentirnos vivos juntos, de liberarnos momentáneamente de la carga de la optimización permanente.
Cuando la multitud se dispersó y la dopamina bajó, la crisis seguía ahí. Pero algo del vínculo quedaba. No era un vínculo duradero, Bauman lo sabía. Pero fue real mientras duró. Y quizá eso sea lo más humano: no la negación de la crisis mediante la felicidad, sino la capacidad de celebrar, aun sabiéndola presente. De encontrar alegría no como solución, sino como respiración necesaria en medio de la asfixia económica y estructural.
Los argentinos no estaban huyendo de su realidad. Estaban, simplemente, siendo humanos. Necesitaban dopamina, oxitocina, sincronización emocional. La necesidad no es escapismo; es biología. Y la biología, a veces, es más honesta que cualquier análisis político.
Eso que celebramos fue real(y lo sigue siendo). La crisis que acompaña también lo es. Ambas forman parte de lo que somos ahora. La verdadera pregunta quizá no sea cómo reconciliar esa paradoja, sino cómo seguir siendo capaces de generar esos momentos de alegría colectiva mientras construimos estructuras que hagan innecesario el escape emocional.
Mientras tanto, los autos siguen tocando bocina en la memoria. Y quizá eso alcance.
Lic. María Laura Collivadino Navarro
Docente e Historiadora- Comunicadora- Facilitadora Gestáltica
Thoughts
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PermalinkCada domingo pasa una versión chiquita de eso en mi congregación, ciento veinte personas cantando lo mismo. El martes ya no queda nada.
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PermalinkEn mi colonia eso pasa cuando alguien se muere: la cuadra entera se junta. Dura tres días y después cada quien a lo suyo. Y son de verdad.
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PermalinkMe quedé con la parte donde por unas horas la felicidad deja de ser algo que hay que producir. Eso lo entiendo bien desde acá.
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PermalinkExplicar el júbilo con dopamina y oxitocina tiene el mismo poder que explicar el hambre con jugo gástrico.
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PermalinkVe, en la panadería el día del partido no cabía la gente y todos se hablaban. Al otro día otra vez cada uno con su bolsa y su vuelto.
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PermalinkEn Ramadán tengo una versión chiquita de eso todos los años, con fecha fija y sin campeonato de por medio. Lo que cambia es que al mes siguiente sigo viendo a la misma gente en la misma escalera.
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PermalinkYo llevo veintiocho años manejando taxi y esa alegría la he visto de cerca, dos o tres veces. El martes a las seis de la mañana el carro va lleno igual y nadie se acuerda. Eso también hay que contarlo.
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PermalinkTrabajo en un archivo y le cuento una cosa: de una noche así casi nunca queda expediente. Quedan los precios, las actas, los oficios. ¿Usted guardó algo de ese día, aunque sea un audio o una foto de la esquina?
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PermalinkUna duda de método: ¿hubo alguna vez en Argentina una celebración masiva que no cayera en medio de una crisis? Si la respuesta es no, la crisis deja de explicar la intensidad y pasa a ser el paisaje de fondo.
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PermalinkUsted es docente, así que le pregunto de docente a docente: esto, ¿cómo se lo daría a un salón de dieciséis años el lunes siguiente, con la mitad del curso todavía con la camiseta puesta?