Tu mirada incierta y tus vestidos blancos hacen
elegancia, pero a la vez es un aliento
que paraliza mis emociones y detiene mi corazón.
Hace un juego con el negro de terciopelo.
No te conozco, pero veo en tu mirada frágil
el llanto de la juventud,
el llanto de tus lágrimas.
Y te ves como una muñeca a la cual quisiera abrazar muy cerca.
Todo me parece sincero y siniestro,
dando un juego casi insípido a un momento que olvido.
Todo se ve tan lejano que me da miedo.
No imaginas mi sufrimiento.
No sientes mis labios temblar.
Es el remordimiento.
Nos unimos en las sombras conectadas.
Nos unimos al corazón vivo que se pudre,
a los tormentos que se aferran a los vidrios.
Si nuestros reflejos muestran el eco
de lo sintético del corazón,
para hacer una poesía cubierta en flores que
se marchitan y su ruido
me estremece.
Su aliento me destruye; todo parece poético
porque hace que me pierda
tan lejos de este cruel invierno.
¿Has sentido mis gritos,
mi dolor y sufrimiento que se acogen
como ramas torcidas que giran
en el viento?
A veces he pensado en que cada oración
se hace presente y no lo puedo negar.
Es la tristeza que se siente en el aire
y la mezcla del viento.
Soy asesino de mi vida.
Soy alquimia que viaja en la vanguardia.
Soy esa esquina de la razón que se pierde en agonía, en gritos que piden clemencia.
Escúchanos, Señor.
Imploro mi alma a la oscuridad
porque es tan suave que yo la quiero recordar
para sentirme vivo,
aunque mis ojos no te podrán ver.
Pero mi corazón late unido en conexión a la sombra de tus lúgubres cabellos,
que son parte como el hielo
frío de mis palabras.