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La frecuencia de las vísceras

sabia

Contenido de la publicación

Proclaman que la belleza es pura, blanca y dócil;

ligera como las alas de una paloma.

Qué mentira tan limpia.

La verdadera belleza nunca habitó en la perfección de un rostro

ni en la simetría de una sonrisa.

Vive donde la carne tiembla.

Donde las vísceras aprenden a hablar

cuando el dolor ya no cabe dentro del pecho.

La belleza no nace de la ausencia de cicatrices;

nace del instante en que descubres que otra alma sangra

exactamente por la misma herida.

La belleza no acaricia:

abre el pecho con las manos desnudas

y deja el corazón expuesto

para que el mundo decida si lo abraza...

o termina de destruirlo.

Nos llaman «generación perdida».

Qué fácil es pronunciar esa sentencia

desde la comodidad de quienes jamás tuvieron el valor

de perderse para encontrarse.

Ellos crecieron obedeciendo.

Aprendieron que el silencio era respeto,

que el miedo era disciplina

y que vivir consistía en repetir la existencia

de quienes murieron antes de que su corazón dejara de latir.

Heredaron una frecuencia ajena

y la confundieron con su propia voz.

Nunca aprendieron a escucharse:

solo a obedecer el ruido.

Y ahora pretenden que nosotros hagamos lo mismo.

Quieren que heredemos su mundo de fronteras invisibles,

de muros hechos de palabras,

de banderas que pesan más que una vida,

de gobiernos que dividen con discursos

mientras los corazones se pudren en silencio.

Nos llaman perdidos.

Pero los verdaderamente perdidos son quienes jamás sintieron

el peso de sus propias vísceras.

Quienes confundieron la libertad con el libertinaje

porque nunca conocieron ninguna de las dos.

Quienes cambiaron su alma por aceptación

y llamaron madurez a la resignación.

Basta que una muchacha deje el maquillaje

porque quiere volver a verse sin el rostro que otros le dibujaron;

basta que cambie los accesorios por ropa

con la que, por fin, puede respirar;

basta que sonría frente al espejo porque empieza a reconocerse...

y llega el juicio:

—Está enamorada. Como si una mujer jamás pudiera salvarse sola.

Como si aprender a quererse

fuera menos creíble que sufrir por alguien más.

Qué miserable frecuencia es esa.

Nos enseñaron a creer que una mujer cambia siempre por un hombre,

nunca por ella misma.

Nos enseñaron a desconfiar de quien florece sin pedir permiso.

Nos enseñaron que ser diferente era una enfermedad.

Y se sorprenden

cuando las almas terminan odiando su reflejo.

Vivimos rodeados de gente que presume estar viva

mientras camina con el corazón enterrado.

Respiran.

Pero hace años dejaron de existir.

Yo también estuve perdida.

Hasta que encontré siete pares de ojos

donde el dolor no era vergüenza, sino un idioma.

Siete miradas que no prometieron salvar a nadie

y, sin embargo, rescataron millones de almas

sin tocar una sola mano.

Ellos no me enseñaron a escapar del sufrimiento:

me enseñaron a mirarlo de frente

sin permitir que decidiera quién era.

Me enseñaron que llorar jamás fue lo más triste.

Lo verdaderamente triste es dejar de sentir para sobrevivir.

Fue entonces cuando entendí por qué existe la poesía.

El poeta no escribe para ser leído.

Escribe porque el silencio también mata.

Porque hay palabras que, si se quedan demasiado tiempo en el pecho,

terminan pudriendo el corazón.

Quizá esto sea locura.

O quizá la locura fue aceptar una vida

donde pensar distinto se castiga,

donde amar una cultura diferente se burla

y donde la sensibilidad se trata como un defecto.

Tal vez todos estemos perdidos.

Pero hay una diferencia:

Quienes se pierden siguiendo el camino que otros trazaron.

Y quienes aceptamos extraviarnos

para no morir viviendo la vida de alguien más.

Si eso es locura...

que jamás me encuentre la cordura.

Prefiero esta frecuencia que nace en las vísceras,

donde todavía duele mi humanidad,

antes que ser otro cadáver bien maquillado,

con sonrisa impecable

y un corazón incapaz de sangrar por nadie.

Porque el verdadero final no es cuando dejas de respirar.

Es cuando dejas de sentir.

Thoughts

  • Rosaura

    Me quedo con la muchacha que se quita el maquillaje y a la que enseguida le adjudican un amor. En «No poder», poema de Jorge, pesa también no querer ser cambiado por otros.

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  • pochi21

    Esos siete pares de ojos me suenan a BTS, por lo de amar una cultura distinta y que se burlen de una. A un montón de gente le dieron un idioma para lo que dolía.

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  • chingolo

    Fíjate que lo de generación perdida ya se lo dijeron a los de Hemingway hace cien años, la frase era de Gertrude Stein. Cada generación se la cuelga a la siguiente, y la siguiente igual escribe de vuelta.

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