¿Qué parte fue investigación tuya y qué parte es lo que la gente cuenta hoy que pasó? Porque se mezcla tan bien que no se sabe.
La Endemoniada de Celaya.
La tarde del 17 de mayo de 1978 comenzó como tantas otras en Celaya.
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¿Qué parte fue investigación tuya y qué parte es lo que la gente cuenta hoy que pasó? Porque se mezcla tan bien que no se sabe.
Contenido de la publicación
La tarde del 17 de mayo de 1978 comenzó como tantas otras en Celaya.
El sol caía con lentitud sobre los tejados del centro, los comerciantes atendían a los últimos clientes del día, los estudiantes ocupaban sus lugares en las aulas del turno vespertino y las campanas de los templos seguían marcando las horas con la puntualidad de siempre. La ciudad no era todavía la urbe extensa en que habría de convertirse décadas más tarde. Conservaba algo de aquella vida provinciana en la que las noticias viajaban deprisa y donde casi todo el mundo conocía a alguien que conocía a alguien más.
Aquella tarde, sin embargo, bastó un anuncio transmitido por la radio para alterar el ritmo de la ciudad entera.
La información era breve, pero suficiente para despertar la imaginación colectiva.
Una joven procedente de una comunidad del municipio de Salvatierra sería trasladada al Templo del Carmen.
Nada más.
Y, sin embargo, para cuando la noticia recorrió las calles, ya no era la misma.
Como ocurre con frecuencia en las ciudades donde la tradición oral sigue siendo una forma de memoria, cada persona añadió un detalle, eliminó otro y completó los espacios vacíos con sus propias conjeturas.
En cuestión de horas comenzaron a circular versiones extraordinarias.
Que la muchacha estaba poseída.
Que había sido necesario encadenarla.
Que ningún hombre podía contenerla.
Que frailes carmelitas y policías la custodiaban durante el traslado.
Que el propio demonio hablaba a través de ella.
Nadie sabía con certeza dónde terminaban los hechos y dónde comenzaban los rumores.
Pero eso ya no importaba.
La historia había escapado de la radio y empezaba a pertenecerle a la ciudad.
A medida que avanzaba la tarde, las calles cercanas al Carmen comenzaron a llenarse.
Llegaron trabajadores que abandonaron momentáneamente sus labores. Aparecieron estudiantes que prefirieron la curiosidad a las clases. Madres de familia se acercaron tomadas de la mano de sus hijos. Ancianos que habían pasado décadas escuchando historias de aparecidos se acomodaron en los mejores lugares para observar.
La expectativa creció hasta convertir las calles en una enorme sala de espera al aire libre.
Todos aguardaban.
Todos querían ver.
Todos querían saber.
Cuando finalmente llegó el vehículo que la transportaba, una multitud se extendía ya por varias cuadras. Algunos se subían a bardas. Otros ocupaban balcones. Los más afortunados lograron abrirse paso entre el gentío.
Hubo incluso quienes levantaron a sus hijos sobre los hombros para que pudieran mirar por encima de la multitud. Décadas después, muchos de aquellos niños seguirían recordando esa tarde como uno de los acontecimientos más extraños de su juventud, aunque ninguno pudiera asegurar con exactitud qué fue lo que alcanzó a ver.
Pero incluso los que estuvieron más cerca distinguieron muy poco.
La joven descendió rodeada de policías y religiosos.
Fue conducida con rapidez hacia el interior del templo.
Las puertas se cerraron.
Y con ellas se cerró también la única oportunidad de obtener una respuesta clara.
A partir de ese instante comenzaron las especulaciones.
Lo que ocurrió dentro del Carmen quedó oculto tras los altos muros del templo.
La ciudad sólo tuvo acceso a fragmentos, versiones, comentarios y testimonios contradictorios.
Días después, los periódicos publicaron notas relacionadas con el caso. Quienes afirmaban haber visto a la joven de cerca describían a una mujer golpeada, confundida, con el cabello revuelto y evidentes señales de sufrimiento físico y emocional.
No describían a un monstruo.
No describían a una criatura sobrenatural.
Describían a una persona.
Y, sin embargo, para entonces la realidad ya había comenzado a desdibujarse.
Porque los hechos tienen límites.
La imaginación no.
Lo que puede afirmarse con cierta seguridad es poco: una joven procedente de una comunidad del municipio de Salvatierra llegó al Carmen acompañada por policías y religiosos; la noticia movilizó a cientos de personas y durante varios días gran parte de la ciudad permaneció pendiente de su destino.
Y es precisamente ahí donde nació la leyenda.
Con el paso de las semanas comenzaron a aparecer nuevas historias.
Se decía que la muchacha había desaparecido.
Que nadie volvió a verla.
Que logró escapar durante la noche.
Que se escabulló por antiguos pasadizos ocultos bajo la ciudad.
Fue entonces cuando la historia se unió a otro de los grandes misterios celayenses: los túneles.
Durante generaciones habían circulado relatos acerca de corredores subterráneos que comunicaban templos, conventos y antiguas construcciones del centro histórico. La tradición aseguraba incluso que algunos de aquellos pasadizos habían sido utilizados durante la época de la Santa Inquisición para trasladar en secreto a personas detenidas o conducirlas entre distintos recintos religiosos. Algunos aseguraban haberlos visto. Otros afirmaban conocer entradas ocultas. Muchos dudaban de su verdadera extensión.
La leyenda encontró en ellos el escenario perfecto.
Pronto comenzaron a surgir testimonios.
Veladores que escuchaban gritos provenientes del subsuelo cuando la ciudad quedaba en silencio.
Vecinos que aseguraban haber oído lamentos durante la madrugada, mezclados con el eco distante del agua que corría bajo las calles.
Personas que transitaban de madrugada y decían distinguir una figura femenina entre la oscuridad.
Otros juraban haber visto a una mujer de cabellera enmarañada desaparecer entre sombras donde no había puertas ni callejones.
Cada relato parecía alimentar al siguiente.
Cada narrador agregaba un detalle nuevo.
Así, la joven que había llegado al Carmen dejó de ser una persona y comenzó a transformarse en un personaje.
La muchacha se convirtió en la Endemoniada.
Y la Endemoniada comenzó a pertenecer al imaginario de Celaya.
Los años transcurrieron.
La ciudad creció. Llegaron nuevas colonias. Desaparecieron viejas casonas. Se ampliaron avenidas. Cambiaron los gobiernos y las generaciones.
Pero la historia permaneció.
Como permanecen las leyendas que logran arraigarse en la memoria de una comunidad.
De vez en cuando alguien volvía a contarla.
Algún abuelo durante una reunión familiar.
Algún vecino durante una noche de conversación.
Algún estudiante que la escuchó por primera vez de labios de sus padres o de sus abuelos.
La historia seguía viva porque siempre había alguien dispuesto a transmitirla.
Y cada vez que era contada, volvía a transformarse.
Quizá por eso nunca sabremos qué ocurrió realmente con aquella joven.
No sabemos cuánto tiempo estuvo en el templo.
No sabemos cuál era su verdadero padecimiento.
No sabemos si fue trasladada a otro lugar.
No sabemos cómo terminó su vida después de aquellos acontecimientos.
Lo único que sobrevivió con certeza fue el recuerdo de aquella tarde: la conmoción, la espera, los rumores y la multitud congregada frente al Carmen; una ciudad entera detenida por una historia que nadie comprendía del todo.
Y, tal vez, eso sea lo más revelador.
Porque las ciudades olvidan edificios.
Olvidan nombres.
Olvidan fechas.
Pero rara vez olvidan las historias que alguna vez lograron estremecerlas.
Y pocas historias han perdurado tanto en la memoria popular de Celaya como aquella que comenzó con una noticia de radio una tarde de mayo de 1978.
Desde entonces, la Endemoniada ya no necesitó volver a aparecer.
Le bastó convertirse en relato.
Porque las leyendas no sobreviven gracias a las pruebas.
Sobreviven porque siempre hay alguien dispuesto a contarlas una vez más.
Y en Celaya, generación tras generación, nunca ha faltado quien recuerde aquella tarde.
Mientras alguien evoque a la joven que llegó al Carmen custodiada por policías y religiosos; mientras alguien mencione los túneles bajo la ciudad o los lamentos que algunos aseguran haber escuchado en la oscuridad, la Endemoniada seguirá recorriendo Celaya.
No como una presencia.
No como un cuerpo.
Sino como aquello que ninguna ciudad puede enterrar por completo:
Una historia que se niega a morir.
Thoughts
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PermalinkLo más aterrador es que Celaya, el Carmen, 1978 son reales. Cualquier cosa puede pasar y convertirse en leyenda aunque nadie haya visto.
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Permalink¿Qué parte fue investigación tuya y qué parte es lo que la gente cuenta hoy que pasó? Porque se mezcla tan bien que no se sabe.
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PermalinkCómo un anuncio de radio se vuelve posesión demoniaca en horas, cómo cada persona suma un detalle... es exactamente cómo pasa hoy en redes.
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Permalink¿Esos túneles existieron de verdad o fueron parte de la leyenda desde siempre? Porque cambia todo cómo lees el final.
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PermalinkLo que me quedó es ese vacío de nunca saber qué pasó. Pero la ciudad necesitaba una historia, no respuestas. ¿Eso pasa en otros lados?
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PermalinkEsa frase del final me quedó. Una historia que se niega a morir... se la voy a mandar a mi tío que vive en Celaya.
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PermalinkEstaba estudiando para un examen y leí esto entero sin culpa. Ahora tengo miedo de Celaya aunque nunca fui.
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Permalink¿De dónde sacaste esa historia? ¿Alguien de la familia te la contó o investigaste en los archivos de Celaya?