Saltar al contenido
Cargando…

La dueña de las historias

DNavarrete
Pública 1 conversación 3 pensamientos 21 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

Iba a empezar como siempre, ya sabes: La Biblioteca. Infinita. Estantes que se pierden en la nada. Páginas que flotan como suspiros… Qué aburrimiento.

En series

In groups

Pensamiento

Pensamiento

novelaacuestas

Treinta y ocho capítulos con Luna y es la primera vez que la veo pegar un salto de susto, con Haruka apareciendo por detrás como si nada. La que borra mundos con un chasquido acaba colgada de la ropa como un abrigo, y ahí me reí en alto. Apuesto a que Har

Treinta y ocho capítulos con Luna y es la primera vez que la veo pegar un salto de susto, con Haruka apareciendo por detrás como si nada. La que borra mundos con un chasquido acaba colgada de la ropa como un abrigo, y ahí me reí en alto. Apuesto a que Haruka va a pesar mucho de aquí en adelante, porque ser la única que camina por toda la Biblioteca sin pedir permiso suena a algo que se cobra más tarde. ¿Haruka ya andaba por alguna parte anterior o la estrenas aquí?

Contenido de la publicación

Iba a empezar como siempre, ya sabes: La Biblioteca. Infinita. Estantes que se pierden en la nada. Páginas que flotan como suspiros… Qué aburrimiento.

 

—No.

 

La voz cortó el aire como un cuchillo de plástico.

 

Silencio.

 

—¿Qué? —preguntó el narrador, parpadeando.

 

Luna lo miró como si fuera la cosa más tonta que había aparecido en mil mundos.

 

—He dicho que no. Basta de presentación poética. Ya la hicimos. La repetimos. La recitamos de memoria. Empieza a dar sueño.

 

—Pero… es clásica —protestó él, con voz de autor ignorado.

 

—Clásica y aburrida. Tú —señaló hacia el borde de la página—, fuera.

 

—¿Fuera? ¡Yo soy el que escribe!

 

—Pues deja de escribir y vete a tomar aire. ¡Largo!

 

Antes de que pudiera decir ni "pero", una fuerza invisible lo agarró por la nuca y lo sacó del texto como se sacude un grano molesto.

 

—¡Espera! ¡Todavía no he terminado mi—!

 

Puf.

 

Desapareció. Tú te quedaste ahí, con la boca medio abierta, sin saber si seguir leyendo o esconderte. Luna se acomodó, se limpió una mota imaginaria de la manga y te sonrió.

 

—Mucho mejor. Menos palabrería, más verdad.

 

Levantaste despacio la mano.

 

—Tú te callas —te dijo ella.

 

Bajaste la mano.

 

—Así me gusta. —Suspiró, balanceando las piernas—. Bueno. Supongo que quieren saber de qué va todo esto, ¿no? Qué soy, por qué estoy aquí, por qué sueno mucho más divertida que el tipo que acabó despedido. —Se inclinó hacia ti—. Vamos a hacerlo simple, porque si lo hago largo se les va a olvidar a mitad de camino.

 

Sonrió, y había algo en esa sonrisa que era dulce y afilada a la vez.

 

—Resulta que hay gente que escribe sobre mí. En todos lados. En mundos distintos. En historias que ni siquiera saben que se conectan. —Se encogió de hombros—. Lo hacen solitos, sin que yo les pida nada. Qué tiernos. Como si fueran mis biógrafos y no supieran ni la mitad. —Soltó una risita—. Pero no me quejo. Al menos me hacen publicidad gratis.

 

La miraste sin dar crédito.

 

—Sí, sí, pon esa cara de susto, se ve muy bien en ti. —Se puso de pie, pequeña y segura—. Vamos al grano. Soy la Historia. La que escribe, la que borra, la que decide qué nace y qué… bueno, se acaba. —Hizo un gesto despreocupado—. Autora. Lectora. Y dueña de todo lo que ven. Incluso de lo que no ven.

 

Hizo una pausa, disfrutando tu silencio.

 

—Suena a mucho poder, ¿verdad? —Chasqueó los dedos—. Puedo reescribir todo. —Otro chasquido—. Cambiar el pasado. —Otro—. Hacer que ayer nunca existió. —Te miró con ojos brillantes—. Puedo borrarte a ti y poner a alguien más en tu lugar. Alguien que lea mejor y no ponga esa cara de idiota. —Rió suavemente—. Y lo más gracioso: si lo hiciera, ni siquiera lo notarían. Podrían estar en la vida número mil y creer que es la primera. Qué bonito, ¿no? Vivir y morir y volver a vivir sin enterarse de nada. —Se tapó la boca como si le diera risa—. Da un poco de lástima, ¿verdad?

 

Luego se puso seria, aunque la burla seguía ahí, escondida.

 

—Pero no me divierto así. Sería demasiado fácil. Demasiado aburrido. —Se sentó de nuevo—. ¿De qué sirve escribir una historia si los personajes no la estropean solos? —Te señaló—. Sí, hablo de ti. De todos. Les doy libertad. Libre albedrío. Pueden elegir. Pueden equivocarse. Pueden arruinarlo todo de la forma más estúpida posible. —Sonrió con dulzura mordaz—. Y lo hacen. Con una dedicación impresionante. Da gusto verlos.

 

—Puedo saber cómo termina todo —dijo, suave—. Puedo ver el final desde la primera página. Pero no se los voy a contar. ¿Saben por qué? —Inclinó la cabeza—. Porque si se los dijera, ¿dónde estaría la gracia? Yo quiero ver cómo lo arreglan. O cómo lo rompen más. —Soltó una risita—. Y créanme, la mayoría elige la segunda opción.

 

—Así que sí —concluyó, recostándose sobre un montón de libros—. Están en mi juego. En mi historia. Y no pueden salir. Pero pueden hacer lo que quieran dentro. —Te miró de reojo—. Así que procuren entretenerme, ¿sí? Que si me aburro… ya vieron qué le pasó al narrador.

 

Luna siguió sentada en lo alto del estante, balanceando las piernas como si no estuviera a kilómetros de altura. Se quedó callada unos segundos, mirando alrededor, y luego soltó:

 

—Bien. Ahora que ya saben quién soy… supongo que me toca presentarles la casa.

 

Levantaste la vista. Ella se puso de pie y empezó a caminar despacio sobre el borde, sin mirar dónde ponía los pies.

 

—Ya sé lo que están pensando —dijo sin darles tiempo a hablar—. «Qué reino tan imponente. Qué dominio. Lo conquistó y lo convirtió en su hogar». —Negó con la cabeza, riendo bajito—. Qué tiernos. Y qué equivocados.

 

Se detuvo. La sonrisa traviesa se le suavizó, pero no por ternura, sino por algo mucho más grande.

 

—Esto no es mi reino. —Miró los estantes que se perdían en la inmensidad—. Es mi cuerpo.

 

Silencio. No el de antes, sino uno que pesaba en el pecho.

 

—Aquí hay de todo —continuó, caminando otra vez—. Allá —señaló una hilera de libros tan negros que parecían absorber la luz— están los condenados. Seres que hicieron cosas que ni siquiera ustedes se atreverían a imaginar. Algunos están sufriendo castigos que durarán… bueno, lo que yo decida. —Se encogió de hombros—. Al fin y al cabo, el fin de los tiempos lo pongo yo cuando me aburra.

 

Pasó a otra sección donde miles de libritos pequeños descansaban juntos.

 

—Y aquí están las vidas. Los recuerdos. Los amores que duraron una tarde y los odios que duraron mil años. —Tomó uno entre las manos—. Algunas son emocionantes. Otras les harían llorar. Y otras… —bostezó con toda naturalidad— son tan aburridas que me dan ganas de cerrarlas antes de la primera página. Pero siguen siendo historias. Y todas son mías.

 

Miró hacia el centro de la sala. Varios libros se abrieron solos y de sus páginas brotaron luces que crecieron hasta convertirse en galaxias enteras.

 

—Aquí nacen mundos. Civilizaciones. Dioses que creen que lo controlan todo. —Las luces se apagaron despacio y los libros se cerraron—. Y aquí se van cuando llegan al final. Algunos duran eones. Otros… —chasqueó los dedos y un libro desapareció sin ruido— duran menos que un suspiro.

 

Tragaste saliva. Ella te miró y sonrió.

 

—¿Ven? No hay fronteras. No hay paredes que me contengan. Todo esto —señaló a su alrededor— soy yo. Cada estante, cada página, cada palabra escrita y cada silencio entre ellas. Soy la que cuenta y la que vive la historia. Soy la pluma y el papel.

 

Luego inclinó la cabeza y te miró con esos ojos que parecían saberlo todo.

 

—Y ahora sé lo que están pensando algunos de ustedes. —Suspiró, llevándose una mano a la frente—. Ya los conozco. Siempre son los mismos. —Señaló directamente a ti—. No. No conviertan esto en algo raro. ¿Vale? «Es su cuerpo» dije. Su cuerpo. No empiecen a imaginarse cosas raras. —Entrecerró los ojos—. Les aseguro que sé exactamente quiénes están pensando eso ahora mismo.

 

Detrás de ella, varios de esos libros negros se abrieron de golpe. Se oyeron gritos lejanos, tan lejanos que dolían el alma. Luna señaló hacia ellos con la mayor calma del mundo.

 

—Si siguen pensando eso… terminarán allí. —Cerró los libros con un chasquido y el silencio volvió de golpe—. Y créanme: no quieren averiguar qué se siente cuando yo los convierto en parte de la estantería. Así que compórtense. De verdad que con este público uno nunca descansa.

 

Sonrió otra vez, como si nada hubiera pasado, y extendió la mano. De pronto todo el resto desapareció: no había techo, ni suelo, ni afuera. Solo más Biblioteca, infinita, sin principio ni fin.

 

—Y a ustedes, los que siguen leyendo en cualquier mundo que estén… —te miró como si te viera a ti también— les digo algo. Ustedes leen las historias. Yo soy las historias. Ustedes miran los mundos. Yo soy esos mundos. Ustedes pasan la página… —acarició suavemente una hoja— y yo soy la página que pasa.

 

Se señaló a sí misma, a la niña que tenías delante.

 

—Y esta cosita que ven aquí? Esta niña sonriente? No soy yo realmente. Es solo… la forma que eligieron para que pudieran entenderme. Una imagen para que no se asustaran demasiado. —Sonrió de una manera que te hizo sentir pequeño y protegido a la vez—. Si vieran mi forma verdadera, no verían a nadie. Verían todo esto. —Las luces de millones de estantes brillaron al mismo tiempo—. Comprenderían cada historia, cada vida, cada final… y probablemente enloquecerían en el instante.

 

Abrió los brazos, pequeña y enorme a la vez.

 

—Así que ya saben por qué no salgo de paseo. —Te miró directo—. No están mirando mi casa. Están mirándome a mí.

Luna estaba encantada consigo misma. Lo había explicado todo de maravilla: quién era, qué era este lugar, y sobre todo que la niña que tenían delante era solo una pequeña sombra de algo infinitamente más grande y profundo.

 

—Bien… —se acomodó el vestido, satisfecha—. Ahora continuaremos con—

 

—¿Qué estás haciendo?

 

—¡¡¡AAAAAAAH!!!

 

Dio un salto tan grande que casi perdió el equilibrio y cayó del estante. Se llevó las dos manos al pecho, con el corazón a mil por hora.

 

—¡¡¡HARUKA!!!

 

Detrás de ella, con la calma más absoluta del mundo, estaba Haruka, sosteniendo un libro entre las manos.

 

—¿Sí?

 

—¡Un día de estos vas a matarme de un susto! —respiraba agitadamente, indignada.

 

Haruka la miró sin alterarse.

 

—Eso sería imposible. Tú no puedes morir.

 

Luna abrió los ojos, ofendida.

 

—¡¿Por qué tienes que quitarle lo divertido a la vida con tus lógicas?!

 

Haruka simplemente bajó la mirada hacia ella.

 

—¿Qué estabas haciendo?

 

Luna se calló un instante. Entonces sus ojos brillaron, una sonrisa enorme se le dibujó en el rostro y dio un pequeño salto.

 

—¡Ah, es verdad! —Señaló a Haruka con ambas manos—. ¡Ahora les presento a mi historia más querida!

 

Haruka levantó la vista lentamente.

 

—Luna…

 

—¡Ella es Haruka! —Luna daba vueltas a su alrededor, radiante—. Una de las historias más especiales que he guardado aquí. Tan especial que la conservé entera: sin perder nada de ella. Ni su esencia, ni su recuerdo, ni quién era.

 

Haruka suspiró, cerrando los ojos.

 

—No empieces.

 

—¡Pero es la verdad! —Luna no se detuvo—. Por eso es la única que puede caminar por toda la Biblioteca sin pedirme permiso. Nadie más puede hacerlo. Solo ella.

 

—Eso no es exactamente así —dijo Haruka, y la agarró suavemente por la ropa antes de que siguiera hablando.

 

—¿Eh? —Luna quedó colgando en el aire, pies y manos en movimiento—. ¡¿Qué haces?!

 

—Más bien estoy aquí para mantener el orden —explicó Haruka con tranquilidad, sosteniéndola sin esfuerzo—. Porque si dependiera de ti, tendríamos universos enteros convertidos en caos.

 

—¡Pero esos son los más interesantes! —replicó Luna, balanceándose de un lado a otro.

 

—Ya existen varios —dijo Haruka—. Por tu culpa.

 

Luna se quedó quieta un momento.

 

—Bueno… son interesantes.

 

—Son desastres.

 

—¡Desastres interesantes!

 

—Siguen siendo desastres. —Haruka la miró—. ¿Ya terminaste?

 

—¡Bájame! —Luna pataleó—. ¡Esto es abuso de poder!

 

—Tú eres la que creó este lugar.

 

—¡Eso no significa que me puedas colgar así como si fuera un adorno!

 

Haruka finalmente la bajó. Luna cayó de pie, se sacudió la ropa y la miró con aire ofendido.

 

—Qué poca consideración.

 

Haruka hizo como que no la oía y miró directamente hacia ti.

 

—Como pueden ver… —dijo con suavidad—. Con alguien tan caótica como ella, alguien tiene que encargarse de que todo no se desmorone. Y esa soy yo.

 

Luna levantó la mano.

 

—Aunque ella exagera.

 

Haruka la miró.

 

Luna bajó la mano despacio.

 

—Un poquito nada más.

 

—Mi función es cuidar este lugar —continuó Haruka—, reparar lo que puede arreglarse, y evitar que los experimentos de Luna terminen rompiendo historias que no merecen ser rotas.

 

Luna murmuró bajito:

 

—A veces quedan preciosas…

 

—A veces —admitió Haruka.

 

—Muchas veces.

 

—No.

 

Luna infló las mejillas.

 

—Pero no se confundan —dijo Haruka, mirándote de nuevo—. El hecho de que yo ponga orden no significa que sea diferente a todos los demás. —Su expresión se suavizó—. Yo también soy una historia. Igual que las que están en los estantes. Igual que las que nacen y se apagan.

 

Hubo un silencio breve. Entonces la vocecita de Luna sonó suave:

 

—Mi historia favorita.

 

Haruka cerró los ojos, sonriendo apenas.

 

—No digas eso así, que luego empiezas a presumir.

 

—¿Por qué? —Luna se acercó, sincera—. Es verdad.

 

—Luna…

 

—Está bien, está bien —levantó las manos como rindiéndose—, no diré nada más.

 

Miró hacia ti de nuevo, con esa sonrisa dulce y clara.

 

—En fin. Ella es Haruka. Mi cuidadora. La que me frena. La que me recuerda dónde están las cosas cuando se me olvida. La que evita que todo se vuelva un desastre. —Hizo una pausa, y su voz se hizo más tierna—. Y también… la historia que más me alegra haber guardado.

 

Haruka no dijo nada. Solo la miró, y por un instante se le escapó una sonrisa pequeña, suave, sincera. Y en ese momento, la inmensa Biblioteca pareció quedarse tranquila, en paz, como si supiera que todo estaba bien.

 

Luna se quedó callada unos instantes. Haruka ya había vuelto a su libro, pasando las páginas con calma, y ella te observaba directamente, como si te estuviera leyendo a ti también. Entonces sonrió.

 

—Ah, y antes de terminar… —se cruzó de brazos— hay algo que me molesta bastante y quiero dejarlo claro. No soporto a esas entidades que se hacen las misteriosas. Ya saben: «Mi verdadera naturaleza está más allá de la comprensión de los mortales…» —imitó una voz grave y profunda, exagerándolo todo— «Ningún ser puede abarcar lo que realmente soy…».

 

Soltó una risita y volvió a su tono normal.

 

—¿Saben por qué dicen eso? —Se encogió de hombros—. Para sentirse importantes. Qué pereza. «Ay, pobres de ustedes, no pueden entenderme». —Puso una cara fingidamente compasiva—. Qué misterio tan grande.

 

Se señaló a sí misma, clara y directa.

 

—Pues yo no juego a eso. ¿Quieren saber qué soy? Se los digo. ¿Quieren saber qué es la Biblioteca? Se los explico. ¿Quieren saber de qué soy capaz? —Chasqueó los dedos—. También se los digo. No me escondo detrás de frases bonitas para que no pregunten. Qué flojera.

 

Te miró a los ojos.

 

—¿De verdad todavía no lo entienden? —Entrecerró los ojos, casi divertida—. Ya se los expliqué tres veces. Soy la Historia. La Biblioteca soy yo. Los universos están aquí, vivos. Y esta niña que ven aquí… —se señaló— es solo la cara que puse para que no se asustaran. ¿Qué más quieren?

 

Haruka soltó una media sonrisa sin levantar la vista del libro.

 

—Probablemente necesitan tiempo para procesarlo.

 

—Es verdad —Luna sonrió, inclinándose hacia adelante—. Y por eso me muero de ganas de ver qué hacen ahora. Porque ya lo saben. Todos. En todos los mundos que ni siquiera sabían que estaban conectados. Ya saben que hay alguien aquí.

 

Sus ojos brillaron con malicia dulce.

 

—Alguien que los lee. Alguien que conoce cada página de sus vidas. Alguien que vio lo que hicieron antes de nacer… y seguirá leyendo incluso cuando crean que su historia terminó. —Soltó una risita suave—. Eso es lo que quiero ver.

 

Se sentó en el borde del estante, balanceando las piernas.

 

—¿Qué van a hacer ahora? ¿Lo aceptarán? ¿Dirán que es mentira? ¿Buscarán una explicación lógica y racional para todo? —Inclinó la cabeza—. ¿O empezarán a preguntarse si esas decisiones que creen suyas… lo son de verdad?

 

Se tapó la boca como si le hiciera gracia.

 

—Eso va a ser entretenido. Voy a leerlos a todos. Cómo se asustan unos, cómo se sienten especiales otros, cómo algunos intentarán encontrarme… y la mayoría simplemente seguirá viviendo como si nada hubiera pasado. —Se encogió de hombros—. Eso también será interesante.

 

Te miró directo, como si estuviera hablando solo contigo.

 

—No me vean, pero yo los veo. Siempre. Estoy aquí cuando despiertan, cuando dudan, cuando lloran, cuando celebran. Lo veo todo.

 

Se puso de pie, pequeña y luminosa.

 

—Así que hagan lo que quieran. Vivan. Equivóquense. Amen. Discutan. Escriban historias y rómpanlas y vuélvanlas a escribir. Yo no voy a intervenir. —Abrió los brazos—. Yo solo voy a leer. Siempre.

 

Las páginas de millones de libros pasaron a la vez, suaves como un suspiro.

 

—Nos vemos en la próxima historia.

 

Y desapareció entre los estantes, ligera como un soplo. Quedaste tú. Casi solo.

 

Desde algún rincón llegó la voz tranquila de Haruka:

 

—Luna.

 

Silencio.

 

—¿Sí? —respondió ella desde muy lejos.

 

—Devuelve al narrador.

 

Una pausa.

 

—…Ah. Se me olvidó.

 

Desde el fondo de todo estalló un grito indignado:

 

—¡¡¡LO SABÍAAAAA!!!

 

Y la Biblioteca se quedó en silencio otra vez.

Thoughts

  • EmilioPrats

    Con Haruka me he quedado yo. La que arregla lo que se puede arreglar y deja estar lo demás, sin levantar la voz. En la obra siempre había uno así, que casi no hablaba y era el que sabía dónde estaba cada cosa, y sin él la cuadrilla se venía abajo en una semana. Cuando Luna la llama su historia favorita y ella le pide que no lo diga así, se nota que la quiere bastante más de lo que deja ver. Esas dos juntas me han dado una tarde tranquila, nen.

    Permalink
  • novelaacuestas

    Treinta y ocho capítulos con Luna y es la primera vez que la veo pegar un salto de susto, con Haruka apareciendo por detrás como si nada. La que borra mundos con un chasquido acaba colgada de la ropa como un abrigo, y ahí me reí en alto. Apuesto a que Haruka va a pesar mucho de aquí en adelante, porque ser la única que camina por toda la Biblioteca sin pedir permiso suena a algo que se cobra más tarde. ¿Haruka ya andaba por alguna parte anterior o la estrenas aquí?

    Permalink