" te diré algo que ya sabes, el mundo no es un arcoíris y nubes rosas, es un mundo malo y muy salvaje. y no importa que tan rudo seas te pondrá de rodillas y te dejara si permanentemente si lo dejas. ni tu, no yo , ni nadie golpeara tan duro como la vida, pero no importa que tan duro lo hagas , importa lo duro que resistas y sigas avanzando. cuanto resistirás y seguirás avanzando"
-Rocky balboa
Todos hablan de la disciplina como si fuera levantarse temprano, entrenar todos los días o nunca rendirse. Pero nadie habla de la disciplina más difícil: la de volver a vivir.
La vida nos golpea de maneras que nunca esperamos. Perdemos personas que amamos, cometemos errores, nos sentimos culpables y, muchas veces, nos preguntamos por qué nos está pasando todo esto. Incluso llegamos a pensar que Dios nos ha abandonado.
Yo también me hice esas preguntas.
Cuando perdí a mi hermana, sentí que una parte de mí murió con ella. No tenía ganas de hacer nada. Levantarme de la cama era una batalla. Hasta que mi mamá me obligó a entrar a un deporte. Yo no quería, pero acepté. Sin darme cuenta, ese lugar se convirtió en mi refugio. No borró mi dolor, pero me devolvió algo que había perdido: las ganas de seguir viviendo.
Años después, cuando falleció mi abuelo, decidí que esa tristeza no me iba a detener. La convertí en la fuerza que me impulsó a entrenar con más determinación. Ese camino me llevó a convertirme en campeona nacional de kickboxing en Chile. No porque nunca cayera, sino porque aprendí a levantarme una y otra vez.
Hoy, a mis 16 años, sigo aprendiendo. Y no voy a negar que muchas veces me siento perdida. Hace poco perdí a mi abuela, quien fue como una segunda madre para mí. Estuvo en mis primeros pasos, escuchó mis primeras palabras y me enseñó a amar de una forma que nunca olvidaré. Su ausencia es una herida que todavía duele.
Hay días en los que quiero rendirme. Días en los que siento que ya no puedo más. Pero entonces recuerdo algo que la vida ya me enseñó: ser fuerte no significa no caer; significa levantarse una vez más.
Sé que mi abuela no querría verme vivir atrapada en el dolor. Por eso, cada día le hago una promesa: seguir intentándolo. Aunque falle. Aunque llore. Aunque tenga que empezar de nuevo.
Hoy entendí que la disciplina no es hacer las cosas cuando todo está bien. La verdadera disciplina es seguir caminando cuando el corazón está roto. Es levantarte cuando no tienes fuerzas. Es creer que todavía hay un mañana, incluso cuando todo dentro de ti dice lo contrario.
No podemos evitar que la vida nos golpee, pero sí podemos decidir qué hacer con cada golpe. Podemos dejar que nos destruya o convertirlo en el combustible que impulse nuestros pasos.
Esa es la decisión que tomo cada día.
Y si algún día vuelvo a caer, volveré a levantarme. No porque sea invencible, sino porque las personas que amé me enseñaron que vivir también es tener el valor de seguir adelante.
Porque la mayor disciplina no es ganar una pelea. Es encontrar el coraje para volver a vivir después de que la vida te rompe el corazón.