Iba en el autobús camino al trabajo, disfrutando cada bocado de mi desayuno: unas tostadas con mermelada y un buen café caliente. Estaba tan absorto en ese pequeño placer matutino que casi no me percato de que el vehículo hacía su parada habitual. Sin embargo, al levantar la mirada, el tiempo pareció detenerse.
Ahí estaba ella. Una joven pelirroja de presencia magnética, vestida con una elegancia impecable: falda negra recta, camisa blanca y una corbata impecablemente anudada. Todo en ella transmitía distinción; supuse que también se dirigía a su jornada laboral. El único asiento libre en la fila era el que estaba a mi lado. Le sonreí ligeramente y me corrí para darle lugar. Al sentarse, un delicado perfume a jazmín inundó el aire. Ella notó mi tostada a medio comer y me dedicó una sonrisa tibia, apenas perceptible, pero suficiente para desarmarme.
Mi parada estaba muy cerca, pero de pronto sentí una atracción irrazonable, como si un imán me sujetara al asiento. Empecé a comer lo más despacio posible solo para alargar los minutos a su lado. No era afán de acoso, sino el chispazo inconfundible de un amor a primera vista, de esos que sabes que se te quedan grabados en la memoria para siempre. Tuve que bajarme a regañadientes cuando el autobús llegó a mi destino, con la firme esperanza de volvérmela a cruzar en el trayecto de salida o en algún momento donde ninguno de los dos llevara la prisa de la rutina.
Llegó el sábado, mi día libre. Decidí ir al centro comercial por un café y unos pastelillos para despejar la mente. Caminé con mi bandeja hacia un área más apartada del bullicio y, al alzar los ojos, me quedé helado: era ella. Estaba sentada sola, comiendo un helado, luciendo tan auténtica y radiante que la habría reconocido en cualquier rincón del mundo.
El corazón empezó a martillearme el pecho. Quise acercarme de inmediato, pero las piernas me pesaban, dominadas por esa mezcla de duda y respeto. Finalmente, tomé aire y caminé hacia su mesa.
—Hola —le dije, intentando mantener la voz firme—. No sé si me recuerdas, pero coincidimos en el autobús hace unos días. Me pareciste muy linda, pero más allá de eso, no pude evitar admirar el color de tu cabello y tus ojos, tan cálidos y claros como el café que bebo cada mañana. Me gustaría mucho tener la oportunidad de conocerte.
Ella dejó la cuchara a un lado y me regaló una sonrisa serena. Con tono divertido, me respondió que sí se acordaba de mí, pero que la próxima vez que coincidiéramos en el autobús me daría una respuesta definitiva sobre la invitación.
—Está bien, no la molesto más. Que pase un buen día, cara mia —añadí, dejando fluir esa última frase en un italiano suave. Ella no entendió las palabras exactas, pero devolvió el gesto con una amable inclinación de cabeza.
Transcurrió la semana entre la impaciencia y los horarios habituales. Llegó el viernes. Como de costumbre, subí al autobús con mi café y un pan con mantequilla. A mitad del recorrido, las puertas se abrieron y ella apareció. Esta vez, al ver mi desayuno improvisado, no solo sonrió, sino que dio el primer paso.
—Hola —dijo, deteniéndose junto a mi asiento con la misma elegancia de siempre—. Acepto la propuesta. Salgamos a conocernos y veamos qué nos depara esto.