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La carta que nunca envié...

Agatha56
Pensamiento

Pensamiento

PilarEscudero

Mira, a mí me pasa con la gente que quiero y que nunca dice lo siento: acabas leyendo los gestos en vez de las palabras, un café que aparece sin avisar, una llamada a deshora. Apuesto a que esa amiga te ha pedido perdón alguna vez sin decirlo, a su manera

Mira, a mí me pasa con la gente que quiero y que nunca dice lo siento: acabas leyendo los gestos en vez de las palabras, un café que aparece sin avisar, una llamada a deshora. Apuesto a que esa amiga te ha pedido perdón alguna vez sin decirlo, a su manera torcida, y tú lo sabes aunque en la carta no lo cuentes. Lo que no tengo claro es si la puerta abierta te pesa o te alivia.

Contenido de la publicación

Hola de nuevo...

No te escribo esto para exigirte una rendición, ni porque guarde en el pecho el deseo pueril de verte doblar la rodilla. Te escribo desde esa calma extraña que deja la marejada cuando por fin se retira de la playa, dejando al descubierto lo que realmente quedó en pie.

Durante mucho tiempo esperé una palabra. Una sola. Un gesto mínimo, una pausa en tu compostura de estatua para admitir que te habías equivocado, que el filo de tu indiferencia me había cortado de verdad. En aquellos días en que el mundo se me venía abajo y busqué en ti el mismo refugio que tantas veces te ofrecí sin condiciones, solo encontré la distancia fría de quien decide no mirar para no sentirse culpable. Esperé que tu afecto pesara más que la necesidad de tener la razón. Esperé que entendieras que pedir perdón no es arrodillarse, sino tender un puente sobre el abismo.

Pero el tiempo, ese maestro sabio y paciente que todo lo acomoda con el aroma de los años, me enseñó a leer tu arquitectura. Entendí que hay personas para quienes reconocer una falta equivale a desmoronarse por entero, como si el orgullo fuera el único cimiento que las mantiene erguidas frente a la vida. Tu silencio no era olvido, era la armadura pesada con la que te proteges hasta de ti misma.

Por eso dejé de esperar. Apagué la vigilia.

No esperé a que vinieras a enmendar el daño para otorgarte mi perdón; te lo di en silencio, una tarde cualquiera, mientras miraba caer la luz sobre las cosas sencillas. Te perdoné no porque me lo hubieras pedido, sino porque no estaba dispuesta a cargar en la mochila un rencor que solo me amargaba el paso a mí. Te liberé de la deuda que nunca quisiste pagar, y al hacerlo, me liberé yo.

Hoy quiero que sepas que la puerta no está cerrada. Sigo siendo tu amiga, la misma que conoce la textura de tus sombras y el peso de tus batallas calladas. Si alguna vez la vida te vuelve a sacudir y necesitas el abrigo de mi voz, aquí estaré. La única diferencia es que hoy caminas a mi lado con tus luces y tus imperfecciones aceptadas: ya no espero de ti lo que tu orgullo te impide dar, ni busco en tu terreno las disculpas que jamás van a florecer.

Te quiero así, con tu armadura intacta y tu empeño en no dar el brazo a torcer. Nuestra historia continúa, no porque hayas aprendido a pedir perdón, sino porque yo aprendí a amar la realidad de lo que somos, por encima de la ilusión de lo que debiste ser.

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  • PilarEscudero

    Mira, a mí me pasa con la gente que quiero y que nunca dice lo siento: acabas leyendo los gestos en vez de las palabras, un café que aparece sin avisar, una llamada a deshora. Apuesto a que esa amiga te ha pedido perdón alguna vez sin decirlo, a su manera torcida, y tú lo sabes aunque en la carta no lo cuentes. Lo que no tengo claro es si la puerta abierta te pesa o te alivia.

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