¡Ese Federico da miedo!
La cacería
Capítulos 4 y 5
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¡Ese Federico da miedo!
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Capítulos 4 y 5
Capítulo 4
El Citroën descansaba bajo un farol. Hacía frío. El ronroneo asmático del motor le advertía del peligro, debía llevarlo al taller, pero, ¿con qué? Sin plata y sin trabajo la cosa se hacía difícil. No aparecía nada, y en algún momento pensó en volver al sur. Hacía tanto que se había ido sin retorno. Los amigos, su madre, el viejo, que se deslizaba lento en la sombra de la tarde. Las corridas en el puerto. El olor a barcos, a petróleo. Jugar picados en el potrero de enfrente. Había sido feliz.
Pero todo eso se había ido. La muerte del padre poco después del “Cordobazo”, sus amigos, la necesidad de creer, el retorno de Perón y la salvación de la Patria lo habían deslizado imperceptiblemente hacia la política, hacia la militancia. Política entendida de la única manera que podía ser entendida, como Revolución Nacional y Popular, construcción de un mundo nuevo, donde el pueblo fuera artífice de su destino y no mero convidado de piedra al banquete de los poderosos.
El bocinazo de un colectivo lo devolvió a la realidad y se corrió a la derecha mascullando que la revolución se había diluido, había desaparecido de las calles, de la gente. Se había esfumado tras un cerco de balas y palabras. Se había escondido en los cuarteles, en las vanguardias esclarecidas, en los comités de partido. Pasó a ser patrimonio exclusivo de un grupo selecto de iniciados, de toda esa pequeña raza de dirigentes a las que se les notaba el polvo y la pelusa de los años que habían pasado escondidos debajo de la cama, colaboracionistas de la entrega y la opresión. Hoy eran los dueños de la verdad, la decencia, las buenas maneras, la democracia y la política.
Pero los años y los golpes le habían enseñado que la revolución, en realidad, estaba en cada uno de nosotros, en la piel y en la sangre. No había que ir a buscarla, simplemente había que despertarla, había que convencerla de que saliera, de que se mostrara, de que invadiera nuevamente las calles. Es como una necesidad, se siente, se comprende, late con el pulso de la gente, se detiene bajo el ruido de las fábricas, en los altivos discursos universitarios, en el silencio reflexivo de los campos.
Esto no es introspección ni tiene que ver con el discurso místico del Imperio, como había dicho Miguel. Es algo material y concreto. Se traduce en hechos claros y precisos. Ocurren todos los días, enloquecen al sistema, bloquean sus redes de comunicación, llevan al desconcierto y al pánico y demuestran que el poder ya no existe. Por eso había que escribir la novela aunque no se llegara, aunque llegando no ganaran. Era el principio de la construcción de un lenguaje propio.
Sus amigos no lo entendían. Para ellos la revolución seguía estando afuera, era un camino a recorrer, un lugar de llegada y partida.
El semáforo los detuvo, a él con su discurso íntimo y al Citroën con sus toses públicas. Pensó que tal vez se excitaba demasiado con el tema, pero el hombre estaba hecho de palabras, y solo con nuevas palabras pueden exorcizarse las antiguas. La escritura tal vez sea el mayor acto de exorcismo que tienen los hombres, y las palabras, sus códigos y sus ritos.
Escribir resultará difícil, sin duda, pero será un acto voluntario de transformación y comprensión más importante que el premio, que la fama. Por eso tanto da un ensayo como una novela. Por eso debía escribir, realizar en sí mismo y en los demás y con los demás el más profundo acto de exorcismo. Vaciarse para volverse a llenar. Destruirse para reconstruirse. Significarse nuevamente, encontrar, como cuando todavía creía que todo era posible, el sentido de sus actos y los del mundo en las palabras.
Sin embargo no se había hecho entender, no había logrado reunirse aún con las palabras. Miguel y Federico, como siempre y cada uno a su modo, las habían puesto afuera, había que ir a buscarlas. Y esto era errado, profundamente equivocado. Tal vez podría hacerse con la guita por otros medios, como reclamaba Federico, pero eso no significaría nada. En lo otro, en lo único que realmente importaba, en el juego de las definiciones del futuro, habían perdido probablemente para siempre. Las palabras del enemigo habían ganado. Y por todo eso había que escribir la novela. Recuperar el lenguaje, definitivamente.
El ruido del auto se detuvo frente a la casa. El Negro abrió la puerta y caminó rápido hasta el dormitorio. Puso la agenda sobre una mesita y se tiró, ya casi dormido, sobre la cama.
Capítulo 5
“Érase un hombre a una nariz pegado…” recordó Federico el poema de Cyrano de Bergerac, cuando vio a la Nariz abrir la puerta y entrar al bar. Dos bolitas pequeñas y negras recorrieron el lugar buscando, y se dirigió a la mesa. Los pelos cortados al ras semejaban una cresta. Detrás de él, un hombre macizo y ancho, de un rubio deslucido y ojos marrones, se sacaba los lentes oscuros. El traje gris arrugado del primero contrastaba con el ambo claro del segundo. Se sentaron sin saludar en la mesa del rincón, frente al hombre de sobria elegancia y modales cuidados. La mirada seca, sobre la tez mate, impasible, sin ira ni misericordia, unida a la expresión dura de su rostro, componían un semblante distante, casi inaccesible. Sumergirse en la profundidad de esos ojos era sentir un escalofrío que bajaba lento desde la nuca.
- ¿Que hay? – dijo la Nariz, dirigiéndose a los Ojos
- Tengo un negocio – contestó, desde el hielo, Federico.
- ¿Un negocio? – preguntó el Ancho con voz cascada.
- Si, escuchen. Necesito información y fierros.
-¿Sobre? – preguntó la Nariz.
- Sobre un concurso de novelas. Oyeron o leyeron algo, me imagino. Bueno, perdonen, me olvidaba que Uds. perdieron la capacidad de leer por falta de uso.
- ¿Nos hiciste venir para reírte? – dijo la enojada Nariz.
- Tranquilo Buitre – tranquilizó Federico
- No me llamés Buitre, sabés que no me gusta – replicó la Nariz con bronca contenida
- Escuchame Buitre – remarcó Federico, corto y duro, mientras aplastaba el cigarrillo contra el cenicero, los ojos muertos sobre la cara del otro. El Buitre sintió una opresión en el estómago. – Me van a conseguir toda la información que tengan sobre el concurso. Lugar de entrega de los premios…vigilancia…planos del lugar…nómina de invitados…todo, hasta el más mínimo detalle. Y fierros. Necesito fierros y munición. Quiero eso y lo quiero rápido.
- Vos pedís mucho, exigís mucho, y para nosotros ¿qué?
- Un cuarto de lo que levantemos, algo así como cien mil verdes.
- No, queremos la mitad.
- Un cuarto, se toma o se deja, así de sencillo. Si no son Uds. serán otros. Así que no jodan. Quiero darles una oportunidad. Tengan eso en una semana. Y no se equivoquen… - el Buitre sintió la presión en el pecho.
- ¿Dónde te ubicamos?
- No se molesten – dijo mientras se levantaba y pagaba – yo los ubico a Uds. Chau.
Giró la silla, se acomodó el traje Armani y la corbata haciendo juego, y se fue despacio, sin apuro.
- ¡Hijo de puta! – exclamó contenido el buitre mientras repentinamente sentía el peso de su arma en la cintura.
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