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La bailarina de cristal

Gizmo_23
Pensamiento

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cuento77

Ay, la gema girando cada vez más rápido con las grietas encendidas me tuvo con el celular pegado a la cara. Se lo pasé a mis amigas y una dice que la gema es la bailarina del título, bailando hasta romperse, y otra que adentro había alguien encerrado que

Ay, la gema girando cada vez más rápido con las grietas encendidas me tuvo con el celular pegado a la cara. Se lo pasé a mis amigas y una dice que la gema es la bailarina del título, bailando hasta romperse, y otra que adentro había alguien encerrado que quería salir. Yo voy con la segunda, de a tiro, porque esa luz no parecía de la gema.

Contenido de la publicación

Entonces, una nueva imagen apareció.

No llegó acompañada de voces, ni de pasos, ni de aquella clase de señales que anuncian que algo está a punto de suceder. Simplemente, surgió en medio de la quietud, como si alguien hubiese descorrido una cortina invisible y permitido que una pequeña parte de lo imposible se asomara al mundo.

Era una gema.

Pero no una gema cualquiera.

Su azul poseía una belleza difícil de describir. No era el azul sencillo del cielo despejado, ni el profundo y silencioso de las aguas dormidas. En su interior parecían habitar muchos tonos a la vez: el celeste de los primeros rayos del amanecer, el azul intenso de los océanos sin orillas y el resplandor misterioso de aquellas estrellas que brillan en lugares donde ninguna mirada ha conseguido llegar.

Su superficie era tan pulida que parecía haber sido tallada por manos que conocían secretos anteriores al tiempo. La luz resbalaba sobre ella, se deslizaba por sus bordes y desaparecía en su interior, como si la gema no se limitara a reflejar el mundo, sino que guardara uno propio.

Tenía una forma extraña.

A primera vista parecía una elipse perfecta; un instante después, sus contornos sugerían un óvalo delicadamente alargado. Resultaba difícil distinguir cuál de las dos formas le pertenecía en realidad, pues sus movimientos alteraban la percepción de su silueta. Era como contemplar un objeto que no terminaba de decidir cómo debía existir.

Y, sin embargo, había algo más extraño que su forma.

La gema giraba.

Al principio lo hacía lentamente, con una serenidad casi solemne. Su eje permanecía invisible, y aun así, daba vueltas sobre sí misma con una precisión extraordinaria. Cada giro revelaba una nueva faceta de su superficie, un destello diferente, una tonalidad que parecía no haber estado allí un momento antes.

Una vuelta.

Después otra.

El silencio que la rodeaba era tan profundo que su movimiento parecía producirse fuera de las leyes del mundo. No caía, no ascendía, no necesitaba sostén alguno. Permanecía suspendida en el vacío, obedeciendo a una fuerza que no podía verse y cuya existencia nadie habría sabido explicar.

Por unos instantes, todo pareció estar en perfecto equilibrio.

Pero las cosas más extraordinarias no siempre anuncian su ruina con estruendo. Algunas comienzan a deshacerse con la discreción de una gota que cae sobre la piedra.

La gema aceleró ligeramente.

Su giro, antes pausado, adquirió una nueva intensidad. El azul de su superficie comenzó a mezclarse con reflejos blanquecinos, y una fina estela luminosa se dibujó a su alrededor. Era hermosa, incluso más que antes, aunque había algo inquietante en aquella belleza creciente; algo que sugería que su resplandor no estaba aumentando por voluntad propia.

Entonces apareció la primera grieta.

Fue tan delgada que, por un momento, pudo confundirse con un hilo de luz atrapado bajo la superficie. Atravesaba una pequeña porción de la gema y desaparecía cerca de uno de sus extremos. No parecía profunda, ni lo bastante importante como para amenazar su integridad.

Pero allí estaba.

Una imperfección en algo que parecía haber sido creado para ser perfecto.

La gema continuó girando.

Y apareció otra grieta.

Esta vez, la fisura recorrió una parte mayor de su superficie, como una raíz oscura extendiéndose bajo el hielo. Un resplandor pálido brotó desde su interior y se filtró por la abertura, iluminando los bordes con un fulgor casi plateado.

Después llegó una tercera.

Y una cuarta.

Las grietas comenzaron a multiplicarse, entrelazándose unas con otras en un dibujo irregular. Parecían venas de luz que se extendían por un corazón de cristal, o las primeras fracturas de un mundo incapaz de soportar la fuerza que crecía dentro de él.

La gema giró más rápido.

Mucho más rápido.

Su contorno empezó a desdibujarse. El óvalo azul se convirtió en un círculo de luz, y aquel círculo, a su vez, pareció transformarse en un pequeño torbellino celeste. Los destellos se sucedían tan deprisa que ya no era posible distinguir dónde terminaba la superficie y dónde comenzaba el resplandor que la envolvía.

Las grietas ardieron.

Una luz intensa, casi blanca, escapaba ahora por cada una de ellas. No era un brillo cálido ni tranquilizador. Tenía la fuerza de un relámpago encerrado en una botella, la furia silenciosa de una tormenta que hubiese permanecido prisionera durante siglos.

Y aun así, la gema seguía girando.

Como si intentara resistirse.

Como si, en algún lugar de su naturaleza imposible, todavía creyera que podía permanecer entera.

Pero había fuerzas contra las que ni siquiera las maravillas podían luchar para siempre.

El movimiento se volvió vertiginoso. El aire alrededor de la gema pareció estremecerse, y los rayos azules que escapaban de sus grietas comenzaron a proyectarse en todas direcciones. Por un breve instante, la luz dibujó figuras fugaces en la oscuridad: líneas curvas, símbolos incompletos, formas que desaparecían antes de que una mente pudiera reconocerlas.

Entonces ocurrió algo extraordinario.

La gema dejó de parecer un objeto.

Durante una fracción de segundo, se convirtió en una pequeña estrella suspendida en el vacío, un astro azul cuya luz parecía contener toda la belleza y todo el peligro del universo. Sus grietas se abrieron simultáneamente, iluminándose hasta borrar por completo su silueta.

El giro alcanzó una velocidad imposible.

Y entonces…

¡CRAC!

El sonido fue breve, seco, definitivo.

La gema explotó.

No se rompió lentamente, ni se desprendió en unos pocos fragmentos. Se deshizo de golpe, como si una fuerza inmensa hubiese vencido desde dentro todas las barreras que mantenían unido su cuerpo. Una onda de luz azul se extendió en todas direcciones y envolvió la oscuridad con un resplandor cegador.

Cientos de fragmentos salieron despedidos, reluciendo como estrellas diminutas. Algunos giraron sobre sí mismos; otros trazaron arcos luminosos antes de desaparecer. Los más pequeños se desintegraron en partículas brillantes, que flotaron durante unos instantes como polvo celeste.

Y luego, uno tras otro, los destellos comenzaron a apagarse.

El resplandor se debilitó.

La onda luminosa se desvaneció.

Los últimos fragmentos desaparecieron en el silencio.

No quedó rastro de aquella hermosa gema azul.

Ni un pedazo.

Ni una astilla.

Ni siquiera una diminuta partícula que permitiera demostrar que alguna vez había existido.

Solo quedó el vacío.

Un vacío profundo, inmóvil, casi solemne, como si el universo acabara de presenciar algo que no estaba preparado para comprender.

Porque había una pregunta que la explosión no había respondido.

¿Qué podía contener una gema tan extraordinaria para necesitar romperse de aquella manera?

Y, aún más inquietante…

¿Qué había ocurrido realmente en el instante en que dejó de existir?

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  • cuento77

    Ay, la gema girando cada vez más rápido con las grietas encendidas me tuvo con el celular pegado a la cara. Se lo pasé a mis amigas y una dice que la gema es la bailarina del título, bailando hasta romperse, y otra que adentro había alguien encerrado que quería salir. Yo voy con la segunda, de a tiro, porque esa luz no parecía de la gema.

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Entonces, una nueva imagen apareció.

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