Quien es depresivo siempre tiende a ver en negro, pero el mundo comete el error de creer que esa oscuridad es una ceguera. No lo es. Es, en realidad, una forma despiadada de clarividencia. Mientras los demás caminan protegidos por el filtro difuso de sus ilusiones, la mente depresiva opera bajo una luz cruda, cenital, que desviste las cosas y las muestra en su esqueleto. El negro no es un capricho ni un berrinche del ánimo; es el sedimento que queda cuando se evapora todo el decorado artificial de la felicidad obligatoria. Es la conciencia exacta del peso, de la gravedad, de la entropía que todo lo desgasta.
Habitar esa penumbra implica desarrollar una tolerancia casi mística hacia el vacío. Para ella, la tristeza no era un túnel del que urgía salir, sino una habitación con las dimensiones reales de la existencia. Observaba a los entusiastas crónicos con una mezcla de lástima y asombro: seres frágiles que necesitaban encender fogatas de palabras alegres para no congelarse ante la certeza de la pérdida. Ella, en cambio, ya estaba hecha de frío. No necesitaba maquillar el desastre porque su mirada ya había aprendido a descifrar las formas en la sombra, descubriendo una verdad incómoda que los idiotas bienintencionados jamás comprenderían: que el dolor no siempre es un trampolín hacia el éxito, a veces es simplemente un ancla, y que algunas ausencias son, para siempre, irreparables.