Ha llovido torrencialmente durante toda la noche. El río en medio del bosque está desbordado; la lluvia no era normal, fue como el juicio definitivo, la opinión final, el resultado inevitable e inexorable de una serie de eventos descorazonadores, horribles, tristes, injustos y grotescos que sucedieron en la tierra a plena vista del cielo. El cielo había decidido descargar su furia sobre esa tierra de animales malvados y ruines desde el atardecer. Tenía la misma fuerza ahora, que era casi momento de las primeras luces azul oscuro de la madrugada, que cuando comenzó en el ocaso del día anterior. Era una lluvia que limpiaba pecados y errores por igual.
El cielo tenía la esperanza de que, cuando cesara de demostrarle a la tierra la reacción que le había causado todo lo que ella permitió que sucediera (por no poder intervenir y estar irremediablemente condenada a ser escenario de los seres que la usan como el lugar que ocupan en la vida), todo sería completamente diferente. Se habrían muerto los tramposos y odiosos animales que eran falsos, los bichos mentirosos, los carroñeros que no pudieran soportar la fuerza del agua y murieran aplastados y ahogados por ella, y todos los demás animales abusadores, perniciosos, taimados, violentos, ambiciosos, deshonestos, tramposos... Se habría destruido ese paisaje horrible, indigno, asfixiante y esclavizante, que le exigía esa mentalidad tan asquerosa a toda esa fauna de ese trozo específico del bosque (la realidad siempre es un espacio específico de un espacio).
El cielo quería borrar todo eso y a eso se dedicó todo ese tiempo, con todo su empeño, como si de verdad no hubiera podido dejar de poner atención y mucho menos pudiera dejar de hacerlo ahora; como si no solo no pudiera dejar de prestar atención, sino que su atención se debiera a un motivo delicado. Se había interesado demasiado y ahora no podía dejar atrás nada de ello porque le importaba demasiado, y cuando algo que te importa demasiado te decepciona, te sientes triste, perplejo y, sobre todo, traicionado... ¿Cómo vengarte de eso que te hacen sentir tan plenamente por no poder dejar de verlo?
Ten mucho cuidado con lo que te importe muchísimo, tanto como para que, cuando te decepciones, te rompa el corazón. Esa es la lección que nunca habrá escuchado el cielo, y si lo ha hecho, pues igual la habrá desechado por ser solo una opinión hecha del vaho del aliento moldeado por el pensamiento del humano...
En fin...
La naturaleza posee una fuerza descomunal cuando en su manifestación de poder se desborda, pero esa fuerza posee límites claros. Por muy fuerte que sea una tormenta en medio del claro desordenado de un bosque, no puede durar para siempre, y eso se aplica a todo desastre natural...
La lluvia aún caía, pero su fuerza equivalía al aguacero más fuerte que cayera en una ciudad. De un momento a otro, esa violencia en el viento se empezó a aflojar; el agua empezó a aminorar su intención de golpear. Ahora caía como un baile de gotas de cristal suicida de nube entristecida, ya no furibunda. Cuando la luz empezó a hacer su entrada en la escena, la lluvia dejaba ver todo otra vez: se había desaparecido la gris cortina y todo se empezaba a sentir tan fresco y frío como le es tan provechoso a las venas de lo vegetal, al alma del suelo y de las rocas.
Si había aves con vida o no, no se sabía porque no cantaban; no se oía nada, tan solo todavía el agua, golpeteando como llovizna con autoridad de fuerza todavía. Quería que le terminara de quedar claro su sentir a cada hoja verde que aún de pie se sostuviera, y el murmullo del paciente riachuelo ahora era una voz desbordada que rugía: también expresaba su queja, apoyado por la fuerza de la lluvia que el cielo le regaló como oportunidad para expandir su rabia. No quedaba apagada; tal vez la lluvia ya de verdad cesaba, empezaba a ser una brisa débil, similar a un viento como los suspiros exhalados después de llorar profundamente.
La potencia del riachuelo desbordado, después de recibir doce o trece horas de lluvia, era el sonido de una severidad que no había hecho más que comenzar a manifestarse ante tanta falta tan grave cometida adrede por esos desagradecidos personajes envilecedores del paisaje. Aquel que esté a su alcance será destruido por la potencia del cauce; será una estupidez para los monos grotescos y malignos columpiarse para pasar sobre el río violento, no podrán más que resbalarse, equivocarse, caer y desbaratarse como lo merecen. Nada a su paso se sostiene: es otra potencia limpiándolo todo lo que quede a su merced...
Se levanta una niebla tan espesa que parece el alma flotante de la humedad en sí misma. ¡Qué mañana tan maravillosa para todo aquello que no posea pulso de sangre! Toda esa humedad es insoportable incluso para la piel de un reptil...
El río es tan poderoso, tan potente; es un juicio implacable y tajante. El cielo se esconde tras de sí mismo con un poco de vergüenza por la reacción que acaba de tener, y por eso la niebla oculta todo a la vista. Árboles y piedras celebran aquella venganza del cielo, seguro la necesitaban más que los castigados para la que se desplegaba; seguro lo que pasaba a su alrededor (cómo las ardillas se apuñalaban unas a otras por robarse las nueces, por ejemplo) no les causaba más que indiferencia. ¿Quiénes eran ellos o qué podían hacer para detener la barbarie y el horror en la que se había inmerso todo aquello? Lo que no podían soportar era la aridez del suelo, la sequedad del viento, lo horrible e insoportable del calor, lo duras y calientes que sentían sus raíces bajo la tierra. Esto —este torrencial destructor, este río empoderado arrancándolo todo si no se tiene la firmeza suficiente para soportar una potencia descomunal, esta niebla— era una gran bendición que el universo les otorgaba. Tuvieron que esperar a que el corazón roto del cielo se decepcionara y quisiera castigar para poder recibir lo que deseaban y necesitaban.
Sigue la niebla subiendo y el río desbordado disfruta mucho su voz. Nadie que no sea una roca disfrutaría tanto esto: incluso para lo que no tiene pulso existe la felicidad de algún tipo. Se relame la boca atiborrada el musgo y bailan de felicidad los hongos mientras van brotando. Todo aquello está contento: ya no olerá a pelaje sudoroso, ya no se verá cómo los lobeznos terminan convirtiéndose en asesinos tan solo por ser lobos, ya no se oirán lamentos ni los pájaros trinarán melodías funerarias sobre cadáveres de zorros y linces anónimos. Será el dominio de la alegría de lo que no posee un pulso de sangre mientras la niebla se engrose o el río siga poseyendo ese poder de voz tan estruendoso...
Pantano y agua, agua y piedra, madera, flor y helecho: es la pureza de lo que antes era una barbaridad calamitosa. Solo se ven animales de los que saben refugiarse o sobrevivir cada vez que el cielo desate el destructivo torrencial que albergue en su corazón: caracoles saboreando el delicioso frío de las rocas; gusanos que disfrutan demasiado la humedad que se ha tragado la tierra aflojándola y facilitándoles el tránsito en su interior; mariposas que nacieron a pesar de la humedad de sus crisálidas, sobrevivieron envolviendo su capullo en otro de esperanza; ranas reflexivas que se avergonzaban de las actitudes grotescas, deleznables y lascivas de las otras criaturas rastreras, a quienes con la mirada confirman la ausencia de aquellos seres que eran pura toxicidad maligna y que a la fauna deshonraban.