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Historia 15: El precio de una traición

DNavarrete
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El recuerdo llegó de golpe.

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Después de haber Sido traicionado es muy difícil volver a intentarlo de nuevo pero siempre recuerda que todos no somos iguales y no todos tenemos las mismas intenciones pero la traición es algo que se decide hacer uno mismo decide traicionar no porque se

Después de haber Sido traicionado es muy difícil volver a intentarlo de nuevo pero siempre recuerda que todos no somos iguales y no todos tenemos las mismas intenciones pero la traición es algo que se decide hacer uno mismo decide traicionar no porque se le haya forzado a hacerlo

Contenido de la publicación

El recuerdo llegó de golpe.

 

Tan rápido que por un instante olvidaste dónde estabas.

 

Recordaste tu habitación.

 

La luz tenue de la pantalla iluminando las paredes.

 

El sonido constante del ventilador del computador.

 

El último capítulo abierto frente a ti.

 

Recordabas perfectamente estar leyendo.

 

Recordabas bajar la vista para continuar la siguiente línea.

 

Y después...Nada.

 

Ninguna luz. Ningún portal. Ningún aviso. Ninguna sensación extraña.

 

Simplemente... ahora estabas allí. De pie. En medio de la Biblioteca.

 

Parpadeaste varias veces, tratando de que tus ojos se acostumbraran a la inmensidad que te rodeaba. Los inmensos estantes se extendían hasta donde alcanzaba la vista, elevándose hacia una oscuridad imposible que ocultaba el techo infinito. Montañas de libros caídos cubrían numerosos pasillos. Estanterías rotas descansaban inclinadas unas sobre otras, retorcidas y astilladas, como los restos de una ciudad arrasada tras una guerra sin cuartel.

 

Porque eso era exactamente lo que parecía.

 

El campo de batalla que había dejado la guerra civil: la rebelión de los libros, el gigante de cuero, las explosiones, el fuego y el caos absoluto que Luna había dirigido, disfrutado y finalmente ganado.

 

Todavía flotaban algunas páginas chamuscadas en el aire, girando lentamente como cenizas. A lo lejos se escuchaba el crujido ocasional de una estructura cediendo al peso de los siglos. Algunos pequeños tomos, heridos y maltrechos, trabajaban en silencio intentando levantar lo que se había derrumbado. Otros simplemente observaban el desastre con una tristeza profunda y resignada.

 

La Biblioteca seguía siendo infinita.

 

Pero ahora también parecía cansada. Y muy, muy dañada.

 

Frunciste el ceño y empezaste a caminar despacio entre los escombros, mirando a todas partes, buscando esa figura inconfundible.

 

Cabello rubio.

 

Vestido blanco y negro con volantes.

 

Una sonrisa que podía ser dulce o aterradora según su humor.

 

Pero Luna no aparecía por ningún lado.

 

Lo cual era extraño. Demasiado extraño. Porque, en todas las veces que habías estado aquí, ella siempre aparecía antes incluso de que pudieras preguntarte dónde estabas. Siempre tenía prisa, siempre tenía algo que enseñarte o algo que ordenarte. Que estuviera callada y escondida... no tenía sentido.

 

Dispuesto a seguir avanzando, apenas diste un paso sobre un montón de novelas destrozadas.

 

Y entonces...Una mano te agarró violentamente del brazo.

 

—¡¡Ven aquí!!

 

Antes de que pudieras reaccionar, te arrastraron con una fuerza sorprendente —esa fuerza que solo ella tenía— entre los restos de varios estantes derrumbados. Tropezaste, casi caes, y terminaste siendo empujado detrás de una montaña de libros apilados de forma improvisada, un muro hecho de enciclopedias rotas y tratados olvidados.

 

—¡Shhh! ¡Cállate y no te muevas ni un milímetro!

 

La voz sonó justo delante de ti, urgente y baja. Levantaste la vista y la viste.

 

Era Luna.

 

Pero algo estaba mal. Muy mal.

 

Su cabello rubio estaba completamente despeinado, lleno de polvo, ceniza y pequeños trozos de papel pegados a los mechones. Tenía restos de hollín en las mejillas y la ropa un poco rasgada. Pero lo que te heló la sangre fue su expresión.

 

Por primera vez desde que la conocías... su mirada no brillaba con travesura.

 

No parecía divertida.

 

No parecía emocionada.

 

No parecía curiosa ni arrogante ni poderosa.

 

Parecía... asustada.

 

No, no era miedo en el sentido de que alguien pudiera hacerle daño. Eso era imposible. Lo conocías lo suficiente para saber que ella era la dueña absoluta de todo esto. Pero ahora, había algo en sus ojos oscuros, una mezcla de pánico y culpa, una ansiedad que la hacía estar rígida, aferrándose al borde del estante roto mientras vigilaba los pasillos vacíos como si esperara la llegada del juicio final.

 

Ibas a preguntar, ibas a decirle que era ella quien mandaba aquí... pero no alcanzaste.

 

Porque algo más llamó tu atención.

 

A tu lado, encogido y temblando contra la pared de libros, había un pequeño tomo. Uno muy pequeño, de tapas brillantes y colores vivos, con las esquinas perfectas. Parecía recién llegado, recién nacido, una historia nueva que aún no había sufrido el desgaste del tiempo.

 

El pequeño tomo miró a Luna con las tapas abiertas de par en par, maravillado y aterrado a partes iguales.

 

Luego te miró a ti.

 

Y luego volvió a mirar a Luna.

 

Y comenzó a temblar tanto que sus hojas batían como alas de pájaro asustado.

 

—Tú... tú eres Luna... —susurró, casi sin voz.

 

Luna cerró los ojos lentamente, apretando los párpados como si acabara de escuchar la sentencia de muerte más terrible.

 

—No... no lo soy. Cállate.

 

—¡¡ERES LUNA!! —gritó el pequeño libro, demasiado fuerte por el pánico, y Luna le dio un golpe seco y rápido con los nudillos sobre la cubierta para callarlo. —¡¿Me toca castigo?! ¡¿Ya hice algo malo?! ¡¿Voy a ser transformado en algo aburrido?!

 

—¡¡CÁLLATE DE UNA VEZ!! —siseó ella, desesperada, tapándole la boca con una mano pequeña pero firme.

 

—¡Ay! —se quejó el librito, ahogado. —¿Por qué nos escondemos? ¿Viene el enemigo? ¿Vienen los rebeldes otra vez?

 

Luna lo miró con una mezcla de lástima y desesperación. Sus ojos se movían inquietos hacia la oscuridad del pasillo.

 

Y entonces, la escucharon.

 

Una voz resonó por toda la Biblioteca.

 

Suave.

 

Dulce.

 

Femenina.

 

Y extrañamente tranquila.

 

Era una voz que no retumbaba ni rugía como la del gigante revolucionario. No necesitaba gritar para ser escuchada en cada rincón, en cada estante, en cada página de este mundo infinito. Era una voz que parecía avanzar lentamente por los pasillos, rozando cada esquina, reconociendo cada rincón.

 

—Lunaaaa...

 

El silencio cayó de golpe. Incluso los libros heridos que se arrastraban por el suelo se quedaron inmóviles, congelados por el tono de esa llamada.

 

Luna se quedó rígida. Literalmente. Se puso tan tensa que pareció convertirse en una estatua de tinta y papel.

 

—Luna... —la voz volvió a llamar. Esta vez un poco más cerca. Y aunque seguía siendo amable, seguía siendo dulce... ahora tenía una ligera nota de molestia. Una molestia suave, sí, pero también la paciencia agotada de alguien que ya ha visto el mismo problema demasiadas veces. —¿Dónde te has metido, cariño? Sé que estuviste aquí... todo esto huele a tus travesuras.

 

Luna se encogió sobre sí misma, tratando de hacerse pequeña, de desaparecer, de fundirse con la madera rota que la ocultaba. Se tapó la cara con las manos, murmurando despacito, muy bajito, para que no la escucharan:

 

—No estoy aquí... no estoy aquí... por favor, que no me encuentre...

 

Y entonces, haciendo el menor ruido posible, arrastrándose sobre sus rodillas y manos, se deslizó frente a ti gateando, pasando justo por delante de tus pies, alejándose lo más rápido que podía de la dirección por donde llegaba la voz, buscando un rincón más profundo donde esconderse, escapando de lo que sabía que se venía.

 

Te quedaste completamente inmóvil, con la boca ligeramente abierta, perplejo. Tú, que la habías visto enfrentar ejércitos y destruir naves espaciales sin pestañear, ahora la veías arrastrarse como una niña traviesa que sabe que hizo una travesura enorme.

 

El pequeño libro nuevo estaba igual de asombrado, con las páginas abiertas de par en par, temblando más que antes, sin entender nada de lo que estaba pasando.

 

De repente, algo se movió arriba, en lo alto de la pila de estanterías rotas que los cubría.

 

Un tomo viejo, muy viejo, de cuero oscuro y desgastado por los siglos, con las esquinas redondeadas y el lomo casi ilegible, se desprendió lentamente de su lugar. Cayó dando una vuelta en el aire y golpeó suavemente tu cabeza antes de caer y posarse justo sobre tus manos abiertas.

 

Lo miraste sorprendido, y notaste que sus páginas estaban amarillentas y llenas de historia. El libro viejo se acomodó solo, como si suspirara, y su página principal se abrió un poco, dejando ver unas letras muy antiguas.

 

—No se alarmen, pequeños... —murmuró el tomo viejo con una voz rasposa y profunda, cargada de experiencia—. No es el fin del mundo, aunque la vean así.

 

El pequeño libro nuevo se acercó, todavía temblando, y preguntó con voz entrecortada, señalando hacia donde Luna se había arrastrado:

 

—P-pero... ¿quién es? ¿Quién puede ser tan fuerte... tan poderoso... como para poner a la señorita Luna en ese estado? ¡Ella es la dueña de todo! ¡Ella puede con todo y con todos! ¿Quién es esa persona?

 

El tomo viejo soltó una risa suave, una especie de suspiro cansado, como alguien que ha visto esta escena repetirse cientos de veces a lo largo de los siglos.

 

—¿Fuerte? —repitió el anciano libro, negando lentamente con sus hojas—. Oh, hijo mío... no es más fuerte que Luna. De hecho, si la señorita Luna quisiera... si realmente quisiera usar su poder absoluto... esa persona ya habría sido borrada de la existencia hace mucho tiempo. Podría reescribir su historia, cambiar su memoria o hacer que nunca hubiera existido. Y nadie, absolutamente nadie, podría impedírselo.

 

Te quedaste sin palabras.

 

El pequeño libro nuevo también.

 

Ambos se miraron, confundidos hasta lo más profundo. Eso no tenía sentido. Si podía borrarla y no lo hacía... ¿por qué tenía tanto miedo? ¿Por qué huía?

 

El libro viejo notó tu confusión y se inclinó un poco más hacia ti, con un tono más suave, explicándote el secreto que movía todo este universo.

 

—Entiendo lo que piensan... es difícil de comprender cuando uno no ha vivido lo suficiente —dijo con calma—. Solo tienen que entender una cosa, y recuérdenla bien: Esa voz, esa persona... es la única capaz de regañar a Luna sin tener miedo de ser borrada.

 

Hizo una pausa, dejando que esas palabras se asentaran en sus mentes, y añadió con una mezcla de ternura y sabiduría:

 

—Porque para Luna, ella no es una amenaza. No es una enemiga. Es lo único que ella no quiere perder. Y por eso... por primera vez en su eternidad, la señorita Luna prefiere esconderse, pedir perdón y aguantar el regaño, antes que usar su poder.

 

El calor fue lo primero que sintió.

 

No era simplemente calor. Era un peso físico, una masa densa y ardiente que caía desde el cielo y la aplastaba contra la tierra. Un fuego que no quemaba solo la piel, sino que parecía filtrarse por la garganta, llenar los pulmones y hervirle la sangre en las venas.

 

La mujer abrió lentamente los ojos, y la luz dorada y cegadora la golpeó como un golpe de puño.

 

Arena.

 

Solo arena.

 

Arena fina, ardiente, que se metía en los ojos, en la boca, bajo la ropa, entre cada pliegue de su piel. Arena roja y dorada que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, ondulando en dunas interminables que brillaban bajo el sol como olas de un mar petrificado.

 

Se incorporó con dificultad, gimiendo, sintiendo cómo cada movimiento le costaba una parte de la poca fuerza que le quedaba. El viento soplaba, caliente y seco, arrastrando nubes de polvo que azotaban su rostro y le cortaban la respiración. Miró a un lado.

 

Nada. Nada más que dunas que subían y bajaban hasta perderse en el horizonte borroso por el calor.

 

Miró al otro.

 

El mismo vacío. La

misma inmensidad hostil que parecía dispuesta a tragarla sin dejar rastro.

No había árboles.

 

No había montañas.

 

No había caminos, ni huellas, ni sombras donde refugiarse.

 

Ni siquiera había una sola nube en el cielo azul, pálido y vacío.

 

Solo el inmenso sol suspendido justo sobre su cabeza, fijo, inmóvil, observándola desde lo alto como un ojo ardiente que no parpadeaba, que no perdonaba, que quemaba todo lo que miraba.

 

—¿Dónde… estoy?

 

Su propia voz sonó extraña, ronca y rasposa por la sequedad. Pequeña. Insignificante. Una gota de sonido que el desierto absorbió y borró al instante.

 

Intentó recordar.

 

Recordar cómo había llegado allí.

 

Recordar qué había ocurrido antes de abrir los ojos.

 

Recordar su nombre, su vida, cualquier cosa que le diera un sentido a estar allí.

 

Pero no encontró nada.

 

Era como si una parte de su existencia hubiera sido borrada, arrancada de golpe. Como si hubiera despertado en medio de una historia que había comenzado mucho antes de que ella llegara, un libro abierto en una página que no entendía.

 

El miedo apareció poco a poco.

 

Primero como una sensación fría y punzante en el estómago, contrarrestando el calor exterior.

 

Luego como una presión asfixiante que le apretaba el pecho, haciéndole difícil respirar.

 

Finalmente, la desesperación. El terror puro de saber que estaba sola, perdida y sin saber por qué.

 

Se puso en pie, aunque sus piernas temblaban tanto que parecían a punto de romperse. Quedarse quieta significaba aceptar que iba a morir allí, consumida por el sol y la arena. Y morir era algo que, por alguna razón profunda que no entendía, se negaba rotundamente a aceptar.

 

Caminar era mejor que eso. Caminar era luchar.

 

Comenzó a dar pasos pesados, arrastrando los pies, hundiéndose hasta los tobillos en la arena ardiente.

 

Horas pasaron.

 

Tal vez días.

 

Era imposible saberlo. El sol seguía clavado en el mismo sitio, inmóvil, como si el tiempo mismo se hubiera detenido para torturarla. El calor no disminuía ni un solo grado. La sed crecía en su garganta hasta convertirse en un dolor agudo, una herida seca que le reposaba cada respiración.

 

Una duna.

 

Subirla con el pecho ardiendo, con las piernas convertidas en plomo, con la sensación de que el corazón le iba a estallar.

 

Otra más.

 

Y otra.

 

Y otra.

 

Siempre iguales. Siempre interminables. Siempre burlándose de ella.

 

Su ropa estaba rasgada y sucia. Tenía la piel enrojecida, agrietada, cubierta de polvo. Sus labios se habían partido y se habían secado hasta parecer cuero viejo. Cada paso era una tortura, cada movimiento un grito de dolor silencioso. Pero por alguna razón que no entendía, no caía. No importaba cuánto sufriera, no importaba cuánto doliera, algo en su interior, una voluntad de hierro que ni ella misma conocía, la obligaba a seguir avanzando.

 

“Tengo que llegar. Tengo que encontrar algo. Algo me espera.”

 

Y entonces lo vio.

 

Al subir la cresta de una duna más alta que las demás, entre las olas doradas que bailaban ante sus ojos cansados, lo distinguió.

 

Un destello. Verde. Brillante. Vivo.

 

Un oasis.

 

Árboles altos y frondosos que se elevaban desafiando al calor. Agua que brillaba bajo el sol como plata derretida. Vegetación exuberante. Vida.

 

La visión fue tan repentina, tan hermosa y tan esperada, que se quedó inmóvil durante unos segundos, creyendo que era una alucinación creada por su mente sedienta. Parpadeó, con los ojos llorosos por el polvo y la emoción.

 

Estaba ahí. Era real.

 

Un grito ahogado de esperanza se le escapó de la garganta.

 

Comenzó a correr.

 

Corrió como nunca había corrido en su vida, ignorando el dolor que le atravesaba los músculos como cuchillos. Ignorando el cansancio que pesaba toneladas sobre sus hombros. Ignorando el aire caliente que le quemaba los pulmones.

 

Solo existía aquel oasis.

 

Aquella promesa de salvación.

 

Aquel regalo del cielo después de una eternidad de sufrimiento.

 

Agua. Solo necesitaba agua.

 

Cada paso la acercaba más.

 

Cada segundo aumentaba la desesperación por llegar.

 

Ya podía distinguir las hojas verdes de las palmeras, mecidas por una brisa fresca que ella ya podía casi sentir en su cara.

 

Ya podía ver el reflejo del sol en la superficie del agua, brillante, fresca, invitándola.

 

Ya casi estaba allí.

 

Solo unos metros más.

 

Solo unos pocos pasos.

 

Y llegó.

 

Se dejó caer de rodillas sobre la orilla, con las manos temblando, el aliento entrecortado, los ojos fijos en el centro del manantial. Se lanzó hacia delante, extendiendo los dedos ansiosa, desesperada, dispuesta a beber hasta saciarse, hasta llenar ese vacío que le estaba matando.

 

Y se quedó inmóvil.

 

Helada. Rota.

 

No había agua.

 

Ni una sola gota, ni una pizca de humedad.

 

El manantial estaba vacío. Seco. Muerto.

 

El fondo del estanque era una inmensa grieta de tierra agrietada, dura y grisácea, profunda y vacía.

 

Las palmeras estaban allí, sí… pero estaban marchitas, secas, con los troncos torcidos y las ramas convertidas en palos muertos. Las hojas caían al menor roce, deshaciéndose en polvo al tocar el suelo.

 

Todo había desaparecido.

 

La vida se había marchado hacía mucho tiempo.

 

Había corrido. Había sufrido. Había aguantado el infierno entero… solo para encontrar esto.

 

Había llegado demasiado tarde.

 

Otra vez.

 

El dolor que sintió entonces fue peor que el del calor, peor que el de la sed, peor que el de las heridas. Fue un dolor en el alma, un desgarro profundo que la hizo encogerse sobre sí misma, sollozando en silencio, golpeando con los puños la tierra dura y seca del fondo del antiguo lago.

 

—¡No… por favor… no… —gimió, con la voz rota, mirando alrededor con ojos desesperados, buscando una señal, una equivocación, algo que le dijera que se había equivocado!

 

Pero todo estaba muerto.

 

Sin entender por qué, una sensación horrible, fría y absoluta comenzó a crecer dentro de ella, apoderándose de todo su ser. Una certeza amarga, dolorosa, inevitable.

 

No era un accidente.

 

No era que el clima hubiera cambiado.

 

No era que el agua se hubiera secado sola.

 

La sensación abrumadora de que aquello estaba así por ella.

 

De que el oasis había sido real. De que había tenido agua fresca, sombra y vida… justo hasta el segundo ante de que ella apareciera.

 

Y de que siempre sería así.

 

De que siempre estaría ahí, hermoso y lleno de vida, esperándola en algún lugar.

 

De que ella siempre correría, siempre sufriría, siempre desearía llegar…Pero que jamás, nunca, llegaría a tiempo para beber.

 

Se quedó allí, arrodillada sobre la tierra agrietada del antiguo manantial, con las manos hundidas en el polvo seco, sintiendo cómo la última esperanza se le deshacía entre los dedos. El llanto se le había secado en la garganta, convertido en un nudo amargo que le impedía respirar. Había corrido hasta romperse, había resistido hasta el límite de sus fuerzas, solo para encontrar la muerte disfrazada de salvación.

 

Y entonces, alzó la vista al cielo.

 

Por primera vez desde que había despertado en aquel infierno, algo cambió.

 

El sol, ese ojo ardiente e inmóvil que parecía clavado en lo alto desde siempre, comenzó a moverse. Despacio, muy despacio, empezó a deslizarse hacia el borde del horizonte, tiñendo el cielo de colores rojos, naranjas y morados profundos. La luz cegadora fue disminuyendo, y el calor que aplastaba su cuerpo comenzó a aflojarse, poco a poco, como si un peso inmenso se le quitara de encima.

 

Ella lo miró, incrédula al principio, luego con una pequeña chispa de alivio que brotó en medio de tanta desolación.

 

«Se va... por fin se va», pensó, dejando escapar un suspiro tembloroso. «La noche llega. El calor terminará. Podré descansar. Ya no me quemará más.»

 

Había imaginado la noche como una bendición. Como un refugio fresco y suave donde recuperarse, donde cerrar los ojos y dejar de sufrir el fuego que le consumía la piel. Pero lo que vino después fue algo que jamás habría podido prever, algo tan cruel y devastador como lo que había soportado durante el día.

 

Apenas el último rayo de luz desapareció detrás de las dunas, la temperatura se desplomó en un instante.

 

No fue simplemente enfriarse. Fue como si el aire mismo se convirtiera en hielo.

 

Un viento cortante, helado y violento, surgió de la nada, recorriendo kilómetros y kilómetros de arena fría para golpearla con toda su fuerza. El calor que antes la abrasaba fue sustituido por un frío que calaba hasta los huesos, un frío que le mordía la carne, que le entumecía los músculos, que le hacía temblar incontrolablemente hasta hacerle crujir los dientes.

 

Su ropa, antes insoportable por el calor, ahora era un trapo inútil que no la protegía de nada. El sudor que había empapado su espalda se secó rápidamente y se convirtió en una capa húmeda y gélida pegada a su piel. Temblaba de arriba abajo, abrazándose a sí misma, encogiendo las rodillas contra el pecho, intentando conservar el poco calor que su propio cuerpo podía generar, pero era inútil. El frío del desierto no perdonaba, era tan extremo, tan absoluto y tan mortal como el fuego del mediodía.

 

«Esto... esto es peor», pensó, con la mente nublada por el dolor. «Antes ardía, pero al menos sentía que estaba viva. Ahora... ahora siento que me estoy rompiendo por dentro.»

 

Entonces recordó los árboles secos del oasis.

 

Se arrastró sobre manos y rodillas, con las articulaciones rígidas y doloridas, hasta llegar a una de las palmeras muertas. Arrancó con esfuerzo dos ramas gruesas, secas y duras como piedra, y unas cuantas fibras que parecían servir de yesca.

 

—Fuego... solo necesito fuego —susurró con voz quebrada, entre dientes por el temblor—. Una llama... solo una pequeña llama...

 

Tenía la certeza absoluta de que si lograba encenderla, todo cambiaría. El fuego la protegería del frío, le daría calor, le daría vida. Y más que eso... había algo más. Una sensación extraña, lejana, como un recuerdo que no era suyo, una voz que resonaba en lo profundo de su mente, débil y borrosa:

 

«Hazme una llama. Solo una. Una señal de vida. Prométeme que siempre mantendrás una luz encendida.»

 

No sabía de dónde venía eso. No sabía a quién se lo había prometido, ni cuándo se lo habían pedido. Pero la necesidad de lograrlo se convirtió en algo urgente, desesperado, casi más fuerte que la propia supervivencia.

 

—Tengo que hacerlo... tengo que... —murmuró, aferrándose a esos palos como si fueran su única salvación.

 

Comenzó a frotarlos.

 

Frotaba con todas sus fuerzas, moviendo las manos rápido, desesperada, intentando crear la chispa que le daría calor.

 

«Así se hace... sé que es así...», pensaba, angustiada. «Lo sé... lo he hecho antes... ¿verdad? ¿Por qué no recuerdo cómo?»

 

Pasaron las horas.

 

La oscuridad era total, solo rota por la luz pálida de una luna inmensa que brillaba en lo alto, indiferente a su sufrimiento. Sus manos, ya agrietadas y heridas por la arena y el sol, comenzaron a sangrar por el roce constante. El dolor era agudo, insoportable, pero ella seguía. Seguía frotando, seguía intentando, con los dedos entumecidos, casi sin sensibilidad, guiándose solo por esa obligación extraña que sentía en el alma.

 

«Una llama... solo una...»

 

Pero la madera no ardía.

 

No salía chispa.

 

No salía nada.

 

Por más que lo intentó, por más que su voluntad gritara que debía ser posible, su cuerpo no sabía cómo hacerlo. Era como si alguien le hubiera borrado el conocimiento, como si le hubieran quitado la capacidad de crear esa pequeña luz que tanto necesitaba. Lloraba de frustración, de impotencia, mientras sus manos se congelaban, mientras el frío seguía devorándola poco a poco, y sus fuerzas se escapaban junto con la esperanza.

 

Y entonces, justo cuando sentía que ya no podría aguantar más, que el frío la vencería y se quedaría allí convertida en una estatua de hielo... el horizonte comenzó a clarear.

 

Primero un tono gris pálido.

 

Luego un resplandor dorado.

 

Y de nuevo, el sol apareció, implacable, volviendo a ocupar su trono en lo alto.

 

El alivio de dejar atrás la muerte helada duró apenas unos minutos. Pronto, el calor regresó con la misma furia de antes, golpeándola, quemándola, secando la poca humedad que le quedaba en la piel, devolviéndola al infierno que creía haber dejado atrás.

 

Y así comenzó el ciclo eterno.

 

Día tras día.

 

Noche tras noche.

 

Pasaba del fuego que la consumía al hielo que la paralizaba.

 

Del calor extremo que le hacía delirar, al frío cortante que le hacía temblar hasta romperse los dientes.

 

Cada amanecer era una tortura renovada.

 

Cada atardecer era el miedo a la congelación.

 

Y en cada cambio, ella estaba allí. Arrastrándose, sufriendo las consecuencias de un mundo que parecía diseñado solo para destruirla.

 

Y siempre, siempre en cada noche, entre el frío que le mordía los huesos, tomaba aquellos palos secos y lo intentaba una vez más.

 

—Una llama... solo una... —suplicaba al vacío, con la voz perdida en la inmensidad—. Prometí que tendría una luz... ¿verdad?

 

Pero nunca podía encenderla. Nunca lograba darle vida. Y esa imposibilidad dolía más que la sed, más que el calor, más que el propio frío.

 

Había perdido la cuenta del tiempo.

 

Meses... o tal vez años. No importaba. Aquí el tiempo no era algo que se midiera con horas o días, sino con ciclos de fuego y hielo, con el dolor que nacía y moría solo para volver a nacer.

 

Su cuerpo ya no era suyo. Era un envoltorio destrozado, cubierto de cicatrices, de piel endurecida por el sol y agrietada por el frío, de heridas que nunca llegaban a sanar del todo. Sus piernas, antes obligadas a caminar sin descanso, ahora yacían inertes, dobladas bajo su propio peso, incapaces de dar un paso más. Sus manos, llenas de callos y sangre seca por intentar una y otra vez encender lo que nunca ardía, reposaban vacías sobre la arena, abiertas e inútiles.

 

Y su mente... su mente se había apagado hacía mucho tiempo.

 

El sufrimiento continuo había borrado todo pensamiento coherente, todo recuerdo, todo deseo. Ya no sentía miedo, ni esperanza, ni dolor. Solo era un cascarón vacío que respiraba por inercia, que abría y cerraba los ojos viendo pasar el sol y la luna como dos verdugos eternos. Estaba tirada de espaldas sobre la arena ardiente, mirando al cielo vacío con una mirada vidriosa, perdida, ausente, esperando simplemente que el fin llegara, aunque sabía que eso también le estaba prohibido.

 

Y entonces, lo escuchó.

 

Al principio fue tan leve que creyó que era otra alucinación más, otro truco de su cerebro roto. Una melodía dulce, clara, infantil... un cántico suave, sin palabras, que flotaba en el aire caliente como una pluma. Sonaba cerca, muy cerca, resonando en la inmensidad silenciosa del desierto donde nunca había sonido alguno.

 

Poco a poco, la melodía fue llenando todo su ser, despertando lo que quedaba de ella. Y por primera vez en años, algo cambió en el cielo que tenía sobre su cabeza.

 

Una sombra dorada se deslizó sobre su rostro, tapando por un instante la luz cegadora.

 

Desde lo alto, inclinada sobre ella, flotando en el aire como si la gravedad no fuera más que una mentira, una figura pequeña y esbelta se asomó a su visión.

 

Cabellos rubios, brillantes como el oro fundido, caían en rizos alrededor de un rostro joven, inocente y hermoso. Era Luna.

 

Estaba allí, observándola con esa sonrisa suya, esa sonrisa que podía parecer tierna a primera vista, pero que en sus ojos oscuros guardaba una inteligencia infinita y una crueldad absoluta, la crueldad de quien lo ha creado todo y puede hacer con ello lo que le plazca.

 

La mujer intentó hablar, pero su garganta estaba demasiado seca, demasiado vacía. Solo pudo parpadear, mirando a aquella niña que flotaba sobre ella, sin entender quién era, ni por qué estaba ahí, ni por qué sentía ante ella un terror antiguo y profundo que atravesó incluso su mente apagada.

 

Luna rompió su canto suavemente, y su voz sonó clara y perfecta, resonando directamente dentro de su cabeza, como si no necesitara usar el aire para hablar.

 

—¿Ya te detuviste al fin? —preguntó Luna, inclinando más la cabeza, mirándola con curiosidad, como se mira a un insecto atrapado en una telaraña—. ¿Al fin has dejado de correr, de intentar, de luchar contra lo que yo he escrito para ti? ¿Ya has reflexionado sobre todo lo que hiciste... o mejor dicho, sobre todo lo que fuiste?

 

 

La mujer intentó responder, balbuceando sonidos rotos, sin sentido.

 

—Yo... yo no... no hice nada... —susurró con un hilo de voz, el último rastro de lo que alguna vez fue su conciencia—. Siempre... siempre fue culpa de los demás... yo... yo solo quería...

 

Luna soltó una pequeña risa, dulce y fría como el hielo de la noche.

 

—Ah, claro. Siempre la misma canción. Nunca es culpa tuya, ¿verdad? Tú solo eras la víctima, la que buscaba, la que sufría... —dijo Luna, y su sonrisa se afiló, volviéndose seria y cortante—. Pero ahora estás aquí. Y este desierto eterno, este calor que te quema hasta los huesos y este frío que te congela el alma... esto no es un accidente. No es un lugar cualquiera. Es tu castigo. Es tu verdad. Y te he dejado sufrir todo este tiempo para que al fin entiendas la razón.

 

Luna bajó una mano pequeña y suave, y la señaló con un dedo índice, mientras seguía hablando, dictando la sentencia de su vida con una claridad que dolía más que cualquier fuego:

 

—La razón es muy sencilla, mi querida historia... estás aquí porque en toda tu vida, en todo tu paso por las páginas que yo escribí para ti, tu única verdad fue la traición.

 

Hizo una pausa, y el aire se volvió más denso, más pesado.

 

—Traicionaste con una pasión abrasadora... igual que este sol que te quema. Te dejaste llevar por el deseo, por la fantasía, por sentirte viva, por sentirte joven y hermosa, sin importarte a quién dejabas atrás. Y a la vez, traicionaste con una mente fría, calculadora y egoísta... tan cruel y tan indiferente como la noche helada que te ha hecho temblar durante años. No amabas, solo querías ser amada. No construías, solo querías poseer.

 

La mujer abrió los ojos más, mientras recuerdos que creía borrados comenzaban a brotar, forzados por la voz de Luna, cortándole como cuchillas.

 

—¿No lo recuerdas? —continuó Luna, implacable—. Recuerda lo que le hiciste a tu familia. Aquellos que te dieron la vida, aquellos que te amaban sin condiciones... los abandonaste. Los dejaste atrás, solos, con el corazón roto, todo por correr detrás de sueños vacíos, todo por seguir una fantasía de juventud que ya no te pertenecía. Te fuiste buscando algo más, algo mejor, creyendo que merecías más... y lo que dejaste atrás fue el vacío, la misma soledad inmensa que ahora te rodea por kilómetros y kilómetros de arena.

 

Luna señaló hacia el horizonte vacío, hacia donde estaba el oasis muerto.

 

—Y recuerda también esto... siempre llegabas tarde. Corrías, sí. Corrías mucho, pero siempre después de haber destruido todo. Querías recuperar lo que habías perdido solo cuando ya no lo tenías. Querías pedir perdón solo cuando el daño era irreversible.

 

Su mirada se clavó en los ojos de ella, penetrando hasta lo más profundo de su ser.

 

—Así como llegaste tarde para tomar el agua de este oasis, llegaste tarde para recuperar lo que tiraste. Te diste cuenta de tu error, te diste cuenta de lo que valía la pena... pero te diste cuenta demasiado tarde. Volviste a tu familia esperando que todo siguiera igual, esperando que te abrieran los brazos como si nunca te hubieras ido...

 

Luna sonrió con tristeza, con esa sabiduría eterna que solo ella tenía.

 

—Pero la vida sigue, ¿verdad? Las personas crecen, sanan y siguen adelante. Y cuando regresaste, buscando un lugar donde esconderte de tus propios errores... te encontraste con la verdad más dura de todas: Ya no tenías lugar ahí. Tu familia había seguido su vida sin ti. Eras un recuerdo, un error del pasado, alguien que ya no formaba parte de su historia. Te habías traicionado a ti misma al traicionarlos a ellos, y al final... te quedaste completamente sola.

 

La mujer sollozaba en silencio, lágrimas que se secaban antes de siquiera caer de sus ojos. Por fin entendía. Todo este dolor, todo este ciclo infinito, no era una injusticia del destino. Era el reflejo exacto de lo que ella había sido.

 

—Por eso estás aquí —concluyó Luna, su voz suave y definitiva, como quien cierra un libro para siempre—. Calor abrasador por tu pasión falsa, frío congelante por tu corazón duro y egoísta, y soledad infinita por haber abandonado a quienes te amaban. Y siempre, siempre llegar tarde para salvarte a ti misma.

 

Luna comenzó a elevarse de nuevo, alejándose lentamente hacia el cielo brillante, dejándola allí, ahora no solo con dolor físico, sino con la verdad grabada a fuego en su alma.

 

—Y lo más curioso de todo... —susurró Luna antes de desaparecer entre las llamas del sol—, es que aunque te hice sufrir más que a nadie... tu historia es la que más me gusta. Porque es la verdad más pura que he escrito: El castigo perfecto es vivir eternamente las consecuencias de lo que uno fue. Descansa ahora... o sigue sufriendo. Ya es lo mismo. Tu destino está escrito, y es este desierto, para siempre.

 

Y ella se quedó allí, mirando el cielo vacío, sabiendo al fin por qué estaba allí. Y aunque su cuerpo estaba roto, y su mente antes vacía, ahora tenía una certeza amarga y eterna: Esto se lo había hecho ella misma, mucho antes de que Luna decidiera convertirlo en su realidad.

 

Luna había desaparecido, y el sol volvió a golpearla con toda su furia. Pero ahora no era el calor lo que le dolía más. Era la verdad. La verdad que se le había clavado en el alma como un puñal de hielo.

 

Su cuerpo estaba congelado por dentro, inmovilizado por el dolor y el frío de la última noche, aunque el sol intentara derretirlo. Se quedó ahí, con la mirada fija en el cielo, mientras los recuerdos se acumulaban, uno tras otro, con una claridad que le destrozaba lo poco que quedaba de su ser.

 

Recuerda el momento en que volvió a su casa.

 

La puerta cerrada. La luz apagada en la ventana que siempre le esperaba encendida. Entró, temblando, y encontró solo silencio. Sus padres no estaban. Su hermano no estaba. Solo un sobre sobre la mesa, con su nombre escrito en letras frías.

 

«Hemos seguido adelante. No te esperamos.»

 

En ese momento, le dio un escalofrío tan profundo que le congeló el cuerpo de pies a cabeza. Intentó gritar, intentó llamarlos, pero solo salió un sonido rasposo, apagado, atrapado en su garganta. Ese fue su primer grito de desesperación, el primero de muchos.

 

Y ahora, aquí, en el desierto, volvió a sentirlo.

 

El deseo de gritar. De desahogarse. De pedir perdón a todo el mundo, a sí misma, a la vida misma.

 

Abrió la boca lo más que pudo, con los labios partidos y secos como cuero viejo. Apretó los puños, aunque sus manos no pudieran moverse. Contrajo los músculos de su pecho, con la fuerza de lo último que le quedaba.

 

—¡N... no...! —susurró, con un hilo de voz que se desvaneció en el aire caliente.

 

Intentó de nuevo. Más fuerte. Con todo lo que le quedaba de vida.

 

—¡NOOOO! —gritó.

 

Pero no fue un grito potente, ni un grito de rabia. Fue un grito apagado, roto, seco. Un sonido que no llegó ni a los pies de la duna más cercana. Igual que aquel día en su casa vacía. Igual que cuando vio que su pareja se iba por la puerta, con la maleta en la mano, después de descubrir su traición. Igual que cuando se quedó sola en su cuarto, con la botella de pastillas en la mesa, y entendió que había llegado demasiado tarde para todo.

 

Ahí está el recuerdo final, el que Luna le había guardado para el último:

 

Su cuarto. La luz tenue de la luna filtrándose por la ventana. Ella, sola, sentada en la cama, con las pastillas en la palma de la mano. El teléfono en la mesita, sin marcar ningún número. Sabiendo que si llamaba, podría ser salvada. Sabiendo que si pedía ayuda, alguien vendría. Pero también sabiendo que era demasiado tarde. Que había destruido todo lo que importaba.

 

Ella se tomó las pastillas. Una a una. Y se recostó, esperando. Sentía cómo su cuerpo se iba enfriando, cómo su mente se iba apagando, cómo la vida se le escapaba entre los dedos. Y en ese momento, solo sintió una cosa: la misma soledad que ahora le envolvía en el desierto.

 

—Así fue como terminó tu historia original —pareció escuchar la voz de Luna, aunque no estaba ahí—. Sola, congelada por el miedo, con un grito apagado en la boca, y la certeza de haber llegado tarde para todo.

 

Y ahora, aquí, en el desierto eterno, la historia se repetía.

 

Su cuerpo estaba inmovilizado, congelado por dentro a pesar del sol. Su grito había sido absorbido por la arena. Y su vida se iba apagando poco a poco, como una luz que se agota. Pero a diferencia de ese día en su cuarto, esta vez no habría fin. Esta vez sería un ciclo infinito de apagarse y encenderse, de sufrir y recordar, de gritar sin ser escuchado.

 

Mientras la oscuridad volvía a llegar, mientras el frío volvía a morderla, ella cerró los ojos por última vez en ese día, y sintió cómo la soledad se apoderaba de todo. El último pensamiento que le quedó, antes de que su mente volviera a apagarse, fue el mismo que tuvo en su cuarto, antes de tomar las pastillas:

 

«Llegué tarde... otra vez...»

 

Y el desierto continuó, inmenso y silencioso, como si nunca hubiera habido nadie ahí. Como si su vida, su sufrimiento, su grito apagado... hubieran sido solo una página más en el libro infinito de Luna.

 

El suelo estaba lleno de escombros, de libros rotos y polvo de siglos, y tú avanzabas arrastrándote detrás de Luna, casi a gatas, intentando hacer el menor ruido posible. El tomo viejo iba bien sujeto a tu cinturón, agarrado fuerte como si fuera un cinturón más, sus páginas crujiendo muy bajito con cada movimiento, mientras el tomo joven, temblando de arriba abajo, se aferraba con fuerza a tu hombro, asomando apenas la cubierta para ver lo que pasaba, con los ojos abiertos de par en par por el miedo y la emoción.

 

—Señorita Luna… —susurró el pequeño libro, con la voz temblorosa, inclinándose hacia ella—, ¿no sería mejor… mejor correr a uno de esos universos que tiene guardados? ¿A esas historias lejanas donde nadie entra? Podríamos escondernos ahí, donde ella no pueda encontrarnos… ¿no sería más seguro?

 

Luna se detuvo en seco un instante, se giró solo lo suficiente para mirarlo con ojos desesperados y asustados, y le siseó bajito, con una mezcla de rabia y miedo:

 

—¡Ni se te ocurra decir eso! Si me voy, si huyo a otro lado… el castigo será el doble, el triple. —Se mordió el labio, mirando hacia los pasillos vacíos—. Ahora está furiosa… de las peores formas. Cuando se pone así, no importa dónde te escondas, ella sabe dónde estás. Y si intentas huir, se enfada mucho más. No… lo único que queda es esperar aquí, agachados, muy quietos… hasta que se le pase el enojo. Solo un ratito… seguro que en un ratito ya no está tan brava…

 

Siguió avanzando de nuevo, agachada, pegada a los estantes rotos, buscando cualquier rincón oscuro donde desaparecer. Al llegar a una esquina entre dos montañas de libros apilados, se detuvo de golpe, se giró del todo para mirar hacia atrás, vigilando el camino por donde venían, y les hizo una seña urgente con la mano para que se agacharan más.

 

—¡Más abajo! ¡Que no nos vea desde lejos! Solo hay que aguantar… seguro que solo está buscando un poco… seguro que se cansa y se va… —decía ella, intentando convencerse a sí misma más que a ustedes.

 

Pero al dar un paso más hacia atrás, sin mirar por dónde iba, chocó de golpe contra algo. O más bien… contra alguien.

 

Fue un golpe suave, firme, sólido. No fue madera, ni fue papel, ni fue polvo. Fue algo cálido, algo que no se movió ni un milímetro con el choque, algo que estaba ahí plantado como si llevara esperando desde siempre.

 

Luna se quedó rígida al instante. Tú te quedaste inmóvil detrás de ella. El tomo joven ahogó un grito en tu hombro. El tomo viejo suspiró bajito, como diciendo: «Ya pasó. Se acabó.»

 

Muy despacio, muy despacio, Luna levantó la vista.

 

Y ahí estaba.

 

Justo frente a ella, de pie, imponente y hermosa, con una figura elegante y esbelta que resaltaba entre toda la suciedad y el desastre. Vestía ese conjunto de negro profundo y blanco inmaculado, con telas largas y sueltas que caían como alas a sus costados, dorados brillantes que resaltaban en su cintura y hombros, y en su mano derecha sostenía con calma una gran escoba de ramas oscuras, hecha no de madera común, sino de esencia misma de este lugar.

 

Su cabello, negro como la noche más profunda, largo y ondulado, caía suelto sobre sus hombros y espalda, enmarcando un rostro sereno, tranquilo, de piel suave y perfecta. Pero lo que te heló la sangre, lo que hizo que el corazón se te detuviera un segundo, fueron sus ojos: dorados, profundos, brillantes y cálidos, pero ahora mismo fijos en Luna con una expresión que no era de rabia, ni de furia, ni de odio… era esa mirada tranquila, serena, absolutamente segura, que decía claramente: «Te he encontrado. Y ahora… prepárate.»

 

Una mirada que prometía, sin decir una sola palabra, el regaño más largo, más detallado y más inolvidable de toda la eternidad.

 

Y Luna… Luna, la dueña de todo, la que podía destruir mundos y reescribir la existencia con un parpadeo, al verla ahí parada, al encontrarse cara a cara con esos ojos dorados…

 

—¡¡AAAAAAAAAAAHHHHHHH!! —soltó un grito agudo, desgarrado, puramente infantil y aterrado, que resonó por todos los pasillos de la Biblioteca, un grito que no fue de dolor, sino de puro, absoluto y cómico miedo—. ¡¡NOOOO!! ¡¡YA ME ENCONTRÓ!! ¡¡ESTOY PERDIDA!! ¡¡SE ACABÓ TODO!!

 

Se tapó la cara con las manos al instante, encogiéndose toda ella, haciéndose pequeña, intentando desaparecer en el suelo, temblando de pies a cabeza, sin atreverse a mirarla siquiera un segundo más.

 

La mujer no se movió ni un paso. Solo bajó un poco la cabeza, la escoba descansando con calma en el suelo a su lado, y una sonrisita leve, muy leve, se dibujó en sus labios. Una sonrisa que mezclaba la paciencia infinita, el cariño profundo… y la satisfacción de quien sabe que ya no hay dónde huir.

 

—Vaya, vaya… —dijo ella, con una voz suave, profunda, aterciopelada, que acariciaba el aire pero pesaba como una sentencia—. Mira nada más dónde te habías metido, Luna. Qué escondite tan… sucio. Y qué desastre has dejado por todo el camino.

 

Dio un paso lento hacia ella, arrastrando apenas la escoba, y su presencia llenó todo el espacio, ordenando el caos solo con estar ahí.

 

—¿Crees que porque te escondes detrás de los libros rotos no voy a saber dónde estás? —continuó, acercándose más, mientras Luna bajaba las manos un poquito, mirándola con ojos llorosos y aterrados, como una niña chica atrapada haciendo una travesura gigante—. ¿Crees que no sé que fuiste tú quien organizó toda esta guerra, quien rompió estantes, quien incendió páginas y quien dejó este lugar hecho un desastre absoluto?

 

Se inclinó un poco hacia ella, quedando a su altura, y sus ojos dorados la miraron con esa calma que da más miedo que cualquier grito.

 

—Y ahora… ahora que te he encontrado… vamos a tener una charla, tú y yo. Una charla muy larga, muy detallada… y te aseguro, mi cielo, que es una que no vas a olvidar en mucho, mucho tiempo.

 

El tomo joven apretó tu hombro con fuerza, sin respirar. El tomo viejo murmuró bajito solo para ti: «Ya ves… esa es ella. La Diosa Madre. La Administradora de los Desastres. Y ahora… empieza lo bueno.»

 

Pasaron las horas, y el sermón no tuvo fin. Fue una lección larga, interminable, detallada al mínimo, donde no quedó rincón, destrozo ni error sin ser mencionado, regañado y explicado uno por uno. Todos estaban allí, cabizbajos, con la mirada baja, moviendo las manos despacio mientras limpiaban, recogían y ordenaban, bajo esa presencia tranquila que pesaba más que cualquier montaña de libros.

 

Tú también limpiabas, arrastrando el polvo con cuidado. El tomo joven, que iba sujeto a tu hombro, barría con sus propias hojas, pequeñas y torpes, y de vez en cuando, con la voz todavía temblorosa y apagada, le susurraba al tomo viejo que colgaba de tu cinturón:

 

—¿Te acuerdas… te acuerdas cuando intentó salvarse? —decía, conteniendo la risa nerviosa—. ¡Ay, qué momento! Cuando se puso detrás de nuestro amigo, lo agarró bien fuerte, lo usó de escudo y dijo con voz muy educada e inocente: «¿Cómo me vas a regañar si tenemos visita? ¡Es un invitado en casa! ¡Eso es mala educación!»… ¡Madre mía, qué error tan grande cometió ahí!

 

El tomo viejo soltó una risita baja y rasposa, mientras sacudía sus páginas para quitarse el polvo de encima:

 

—¡Ya lo creo que lo fue! —respondió, mirándote de reojo con complicidad—. Esa fue la parte que más duró, creo. En lugar de callarla, le dio pie para extenderse dos horas más y ponerse mucho más estricta. Y fíjate tú… hasta a ti te tocó el castigo y el sermón, amigo. Te dijo que si nos acompañabas era para ver cosas maravillosas, no desastres, y que tú también debías aprender a no dejarte llevar por las locuras de ella. ¡Nos metió a todos en el mismo saco sin conocernos de nada!

 

En ese momento, Luna, que estaba barriendo con cara de pocos amigos, arrastrando la escoba con rabia, sin ganas y dando golpes al suelo con cada movimiento, no aguantó más la frustración y alzó la voz, mirando de reojo hacia donde estaba ella: aquella mujer de cabello negro azabache, largo y ondulado, de ojos dorados y brillantes, vestida de negro y blanco con una elegancia que resaltaba entre tanta ruina, que limpiaba y arreglaba todo con una calma y una paciencia impresionantes, sin el menor esfuerzo.

 

Nadie te había dicho aún quién era. Nadie te había dado su nombre. Solo sabías que era la única capaz de poner en su lugar a la dueña absoluta de todo este universo.

 

—¡Es injusto! —exclamó Luna, cruzando los brazos y soltando la escoba al suelo con un golpe seco—. ¡Es totalmente injusto! ¿Por qué solo yo estoy aquí limpiando y aguantando todo esto? ¡No fui la única culpable! Ese malagradecido del tomo gigante, el que empezó la rebelión, el que se creyó más que nadie y quiso derrocarme… ¡él tuvo la culpa también! Él incitó a los demás, él rompió más que nadie, él quemó estantes enteros… ¡y solo me castigan a mí! ¡Es que no hay justicia en este lugar, Haruka!

 

Al escuchar ese nombre, te quedaste atónito. Haruka. Por fin. Ese era su nombre. Y al decirlo, entendiste también lo que era ella, aunque nadie te lo hubiera explicado: Haruka. La única historia que Luna había amado por encima de todas las demás. La única que no quiso borrar ni cambiar nunca. La que murió, pero a la que le dio un lugar eterno aquí, convirtiéndola en quien mantiene el orden, la limpieza y la cordura que ella misma siempre rompía. La Administradora de los Desastres, la guardiana de la Biblioteca, la única autoridad real que existía frente al poder ilimitado de Luna.

 

Haruka se detuvo en seco. Enderezó su figura esbelta, se pasó una mano por su cabello negro apartándolo de su rostro, y la miró con esa calma suya que daba más miedo que cualquier grito. Sonrió suavemente, con una mezcla de dulzura y firmeza, y señaló con la cabeza hacia una esquina lejana, oscura y solitaria, al fondo de aquel pasillo destrozado.

 

—Oh, no te preocupes, mi cielo… —dijo ella con voz suave y profunda, que acariciaba el aire—. Él no se libró ni por un segundo. Él ya recibió, y está recibiendo ahora mismo, su propio castigo, tan merecido como el tuyo.

 

Todos, tú incluido, el tomo joven, el viejo y la misma Luna, giraron la cabeza al mismo tiempo para mirar hacia donde señalaba.

 

Y allí lo vieron.

 

El gigante de cuero, aquel libro inmenso, fuerte y orgulloso que había liderado la guerra y se había atrevido a desafiar a la propia Luna, ahora estaba allí, encadenado de pies y manos con cadenas gruesas y brillantes que parecían hechas de luz sólida, atado firmemente contra la pared más sólida y fría de la biblioteca. Estaba inmóvil, cabizbajo, con la cubierta toda golpeada, apagada y sucia, y de vez en cuando dejaba escapar un suspiro profundo y pesado, sin atreverse a moverse ni un centímetro. Parecía un niño travieso metido en el rincón del castigo, solo que en tamaño gigante.

 

—Un par de siglos ahí, bien quieto, colgado y pensando en lo que hizo… —dijo Haruka con total tranquilidad, volviendo a su tarea de ordenar unos libros caídos—. Creo que será tiempo más que suficiente para que aprenda la lección, ¿no crees? Seguro que para la próxima se lo piensa dos veces antes de rebelarse contra nadie.

 

Luna se quedó mirando al gigante encadenado, luego miró a Haruka, abrió la boca para protestar de nuevo, indignada y sintiéndose víctima del mundo:

 

—¡Está bien, está bien! ¡Pero aun así es demasiado! ¡Aun así eres una tirana! ¡Una verdadera tirana, Haruka! ¡Me tienes aquí limpiando como si fuera… como si fuera… una sirvienta! ¡Y yo soy la dueña de todo esto!

 

Se quedó callada de golpe al ver la sonrisa que se formó en los labios de Haruka.

 

La mujer se giró lentamente hacia ella, con esa sonrisita de lado, esos ojos dorados brillando con diversión infinita y sabiduría eterna, y respondió con voz suave, pausada y perfecta, clavando cada palabra como una verdad absoluta:

 

—¿Una tirana? ¿Yo? —repitió, acercándose un paso lento—. Qué cosa más curiosa, Luna… Que tú, que puedes borrar del universo a quien quieras con solo chasquear los dedos. Tú que reescribes vidas, que cambias destinos, que creas y destruyes mundos a tu antojo sin pedirle permiso a nadie. Tú que haces lo que te da la gana y arreglas después… tú me llames a mí tirana.

 

Se inclinó un poco, quedando justo a su altura, y remató con una calma absoluta que no dejaba espacio a réplica:

 

—Es la ironía más bonita y graciosa que he escuchado en toda mi existencia.

 

Luna abrió los ojos grandes, abrió la boca para contestar, para buscar alguna excusa, alguna palabra, alguna forma de ganar esa discusión o encontrar un fallo en lo que decía… pero se quedó muda. Se le acabaron los argumentos. Bajó la mirada al suelo, se mordió el labio con fuerza, recogió la escoba del suelo y, refunfuñando bajito cosas ininteligentes, se puso a barrer con más fuerza que antes, completamente derrotada y consciente de que, una vez más, Haruka tenía toda la razón.

 

—…Está bien… está bien… —murmuró para sí misma—. ¡Limpiaré todo hasta que brille! ¡Pero solo porque tú lo dices!

 

Y así, entre el silencio, las escobas moviéndose, el gigante encadenado al fondo y tú observándolo todo, Haruka se quedó allí, de pie, elegante y serena, satisfecha, sabiendo que una vez más, había puesto orden en el caos que su historia favorita siempre se encargaba de crear.

Thoughts

  • pasaporteVencido

    Dos siglos colgado contra la pared por armar una rebelión, y a Luna le toca barrer. ¿A Haruka la tenías pensada desde el principio de la serie o apareció ahora?

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  • real

    Después de haber Sido traicionado es muy difícil volver a intentarlo de nuevo pero siempre recuerda que todos no somos iguales y no todos tenemos las mismas intenciones pero la traición es algo que se decide hacer uno mismo decide traicionar no porque se le haya forzado a hacerlo

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  • versoenservilleta

    Uf, el salto de un sitio a otro me dejó mareada. Vengo del desierto, con la mujer frotando los palos cada noche hasta sangrar por una llama que prometió sin saber a quién, y de golpe estoy viendo a Luna chillar detrás de una pila de enciclopedias. Me reí, pero con el cuerpo todavía frío. Apuesto a que lo de la llama vuelve: alguien le pidió esa luz en su vida de antes y todavía no sabemos quién. Y otra vez el visitante barriendo con los demás sin que nadie le pregunte nada.

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