—¿Qué haces aquí? —le pregunté a mi gata—.
Tú no me das amor por dármelo; estás tan atenta, tan sonriente y cariñosa... algo tienes.
—¿Qué haces aquí? —pregunté nuevamente—.
Ronroneas y te restriegas contra mi cintura, contra mis brazos y contra mis piernas, pero...
—¿Qué haces aquí? —pregunté insistente—.
¿Qué haces aquí? ¿Qué haces aquí? ¡Oh gran gata, andas a cuatro patas buscando engatusarme! ¡Largo, largo!
No vengas, no a mí, pues te echaré de una patada. ¡Largo, largo, gata maleducada!
Maullas pidiendo alimento, y yo te rechazo y te lo niego; tú insistes, pues eres buena haciéndolo. Continúo rechazándote, pues no me interesa tu cariño.
¡Sal ahora, gata embustera! Que los grillos hablan y tú solo sabes el mismo canto; sigues insistiendo, pero ni los insectos le temen a tu audacia.
— Jorge Guzmán