Esto no es un poema, tampoco lo escribo en versos. Quizás suene un poco raro, tal vez quede hasta mal hecho. Solo son palabras que brotan y que no sé si tengan sentido, pero se sienten como un nudo en el pecho, ese que te quita el respiro.
A veces suele pesar y no siempre se demuestra, hasta que el pecho no aguanta más y salen como letras. Corren hasta mis manos y siento casi palparlas; escucho su débil alarido que gritan ya casi mudas, suplicando ya su exterminio.
No soy un dios, solo soy un hombre frágil cual cristal que en ocasiones se rompe y le cuesta volverse a armar. Ese que es sensible y se ilusiona sin pensar; que sufre, que ama y extraña, y nada lo hace a la mitad.
Y sé que muchos a eso lo llaman debilidad. No es debilidad, es un privilegio: no cerrarse ante el desamor aunque duela y lastime, aunque sufra el corazón.
Imaginar una vida juntos: una casa, dos hijos y un perro; un patio grande con un árbol al medio; un columpio donde allí nos sentaríamos, viendo a nuestros hijos correr mientras nosotros reíamos, tal vez tomando café o simplemente limonada... Y es triste ver cómo todo eso quedó en el olvido, solo en sueños y en un pensamiento que se refleja como un suspiro.
Y cuánto pesa y cómo duele saber que eso nunca pasará, tener que vivir con esa pérdida, tener que levantarme y continuar. A todo eso lo llamo «Futuralgia»: el arte de sufrir por aquello que una vez prometimos lograr.