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FELIZ VIDA

Alecs
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Ella se quedó en el marco de la puerta y yo iba tarde. Diez años acabándose mientras yo discutía la fecha de la próxima llamada. Esta es la conversación que no tuvimos, escrita para nadie, dicha una sola vez, y con el adiós que aquella noche no supe reconocer.

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Pensamiento

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RoxyFlour

Me quedo con la idea de que amar también es desearle una buena vida al otro, aunque ya no sea contigo. Es una despedida muy madura y, al mismo tiempo, muy humana.

Me quedo con la idea de que amar también es desearle una buena vida al otro, aunque ya no sea contigo. Es una despedida muy madura y, al mismo tiempo, muy humana.

Contenido de la publicación

FELIZ VIDA

Fue un domingo, día del padre, y yo iba tarde. Tú en el marco de la puerta, sin cruzarlo. Yo afuera, dándote la espalda a medias.

Me dijiste feliz vida.

Algo se me detuvo en el pecho, medio segundo. Lo que tarda una mano en soltar una puerta.

Y sí pregunté. No es que no me diera cuenta. Pregunté por qué te despedías de esa manera, con esas palabras, con esa voz que no era la tuya de siempre.

Y me dijiste que ya lo habíamos hablado.

Ahí estaba entero. Me lo pusiste enfrente sin adornos. Y yo, en vez de escucharte, me puse a corregirte: que no, que no habíamos quedado en eso, que estos días, que luego, que ahorita hablamos.

Discutí el trámite mientras me decías adiós.

Después caminé. Cuadras enteras, no pasos. La calle vacía, la noche entera para voltear. Y no volteé. Iba pensando en la hora, en quién me esperaba, en cualquier cosa menos en lo que acababa de pasar a mis espaldas, en una puerta donde alguien seguía parada.

Tú lo sabías bien. Yo lo sospeché y lo dejé pasar. Y eso es lo que no me perdono de esa noche: que se me haya ido el momento entre las manos.

No volví a verte. Ni una vez desde esa puerta. Así que voy a sentarte enfrente, aunque no estés, y hablar contigo lo que se quedó sin hablar. Una vez y se acaba. Te lo prometo a ti y me lo prometo a mí.

Ven. Siéntate. Fumemos uno como antes, que eso sí lo hacíamos bien. Yo lo armo, que para eso soy bueno. Diez años armándolos y ninguno me salió mal. Este es el último. Déjame hacerlo bien.

Ten. Préndelo tú.

Mientras dure, hablamos. Cuando se acabe, te dejo ir.

Lo material ya se repartió. Eso fue lo fácil, y fue hace tiempo. Lo que queda no cabe en ninguna caja y es de lo único que vengo a hablarte.

Luego están los sueños, que sí pesan y que no se pueden partir en dos. Los que ya no van a ser: la casa que dibujábamos con cuartos que no existen, los viajes que nombrábamos como se nombra algo que uno cree que va a alcanzar. Todo eso se queda sin dueño. No es tuyo ni es mío. Se queda ahí, colgado, como ropa de alguien que ya no vive en la casa.

Y quedan los nudos, que esos no se desatan con irse. Hay papeles con tu apellido escrito junto al mío, gente tuya que puso su nombre cuando yo no tenía nada más que sueños, que confió sin tener por qué confiar. Eso sigue de pie, aunque nosotros no.

Fíjate qué manera de quedarse: sin vernos, sin hablarnos, y todavía enredados en algo que empezamos creyendo que iba a durarnos toda la vida.

Y ya que estamos diciendo lo que no se dijo, esto no es nuevo y tú lo sabes de memoria: te amo. Te lo dije diez años seguidos y hoy no es distinto. Lo distinto es que hoy te lo digo sabiendo que te vas.

Y aun así te dejo ir. Porque amarte no me da derecho a detenerte, y porque hay una forma de querer que consiste en soltar la mano primero. Es la única que me queda, y la voy a hacer bien.

Ya se está haciendo ceniza. Espérate. No he dicho lo que vine a decir.

Porque hay algo que no entra en ninguna lista y que no me vas a poder quitar aunque quieras:

las tardes en que yo cocinaba y tú despejabas la mesa, que era todo lo que hacía falta, porque aquella casa vivía desordenada a propósito: teníamos las horas contadas y ninguno de los dos quiso gastarlas guardando cosas. Preferíamos sentarnos, fumar, hablar hasta que se hacía tarde, y que el mundo esperara acomodado como pudiera.

El súper, que era nuestro rito y no lo sabíamos: dos pasillos, siempre los mismos, y tú al final, ya casi en la caja:

¡Nos faltó el postrecito!

Esas frases tan tuyas que solo existían en esos momentos tan nuestros.

Tu costumbre de achicarlo todo al hablar, de ponerle diminutivo a lo enorme, como si el mundo cupiera mejor así, como si el tamaño de las cosas dependiera de tu boca.

Las cenas con las estrellas de fondo, esos documentales que ninguno estaba viendo, donde un señor sin cara explicaba galaxias mientras nosotros comíamos en silencio. Y era un buen silencio. De los que no piden nada. No sabía que había que agradecerlos.

Y las noches en que te dormías sobre mi pecho, y tu respiración iba bajando, bajando, hasta ponerse pareja como el mar de noche, y a mí se me apagaba el brazo debajo de tu peso y yo no me movía. Diez años se me durmió ese brazo. Es lo único que extraño en el cuerpo y no en la cabeza.

Eso no se reparte. Eso no se devuelve. Eso se queda en los dos, aunque no queramos, y va a seguir ahí cuando ya no sepamos ni el número del otro.

Ya casi se apaga.

Y ahora sí, lo último, antes de que se acabe:

no traigo nada guardado. Búscame por dentro y no vas a encontrar factura, ni lista de agravios, ni deuda pendiente. Lo que te di, te lo di sabiendo lo que hacía. Nadie me obligó. Lo volvería a hacer. Y de lo que se rompió no llevo cuenta. Nunca he entendido para qué sirve saber quién rompió qué.

Ojalá te vaya bien, y esto no es cortesía. Ojalá duermas hondo, sin voltear a la puerta. Ojalá te toque gente que se quede. Ojalá tengas tardes largas donde el reloj no sirva de nada. Ojalá alguien te espere antes de la caja con el postre en la mano, sin que tengas que pedirlo. Ojalá encuentres a alguien con quien no te den ganas de ordenar la casa. Ojalá alguien aprenda tu idioma y te conteste en él. Ojalá haya música y haya con quién, y te dure el baile hasta que amanezca. Ojalá alguien te deje dormir encima y se le duerma el brazo y no diga nada.

Ojalá tengas tanta vida por delante que ésta se te quede corta.

Ya se apagó.

Está bien. Entiendo. Te acompaño a la puerta.

Y mira qué manera de acomodarse la vida: esta vez la que sale eres tú, y el que se queda parado en el marco soy yo, que ya me tocaba.

Vamos a seguir cada quien por su cauce, como dos ríos que corrieron juntos un tramo y se abrieron. Pero yo llevo tierra tuya, y tú llevas mía, y eso va a ir con nosotros hasta el final del camino, aunque nunca volvamos a mojar la misma piedra.

Y algún día, no sé cuándo, en otra ciudad, en otra vida, va a haber una tarde en que nos veamos de frente. Tú vendrás de tus años y yo vendré de los míos, los dos con la vida hecha y las manos ocupadas. Y no habrá temblor, ni reproche, ni cuenta que sacar.

Y ese día sí vamos a poder despedirnos bien. Sin prisa. Sin puerta de por medio.

Te amo, chiquita. Esa palabra fue mía y te la di. Lo demás, todo lo demás, era tuyo: tu forma de hacer chiquito el mundo al nombrarlo. Nunca fue mío ese modo de decir las cosas. Yo solo lo escuchaba, y todo lo que me pesaba se volvía manejable en tu idioma.

Y ahora sí, vete tranquila.

Feliz vida.

Thoughts

  • KattyWomen

    Me quedo con la idea de que amar también es desearle una buena vida al otro, aunque ya no sea contigo. Es una despedida muy madura y, al mismo tiempo, muy humana.

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  • RoxyFlour

    Me quedo con la idea de que amar también es desearle una buena vida al otro, aunque ya no sea contigo. Es una despedida muy madura y, al mismo tiempo, muy humana.

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  • LauraLetras

    Cuando dice que pasó como una mano soltando una puerta... ¿cuánto tiempo pasó después de eso hasta que se dio cuenta de lo que había dejado pasar?

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  • versoenservilleta

    Lo que más me queda es que escriba esto sin necesidad de que lea. Es para él y también es para hacerse la paz de verdad.

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