Tu alma toca las entrañas de mi ser, lo profundo de mi corazón y lo hondo de mi vasto dolor.
La pulsera que nos ataba se rompió, junto a todos esos recuerdos y lúcidos momentos.
Volver atrás no es una opción, pero realmente me duele el mísero corazón, que te entregué y te adoró incluso en las noches más solitarias y vacías que angustiaban cada tardía y oscura salida hacia un adiós eterno.
Yo solo quería un “te amo”, yo solo quería que me tomaras de la mano, yo solo quería un simple abrazo, yo solo te quería a ti.
Mirarte incluso en aquel momento en que sabía que se acabaría todo me devastó, ¿cómo no? Supliqué y rogué para volverte a ver, para no decir adiós, para no decirte adiós.
Me duele el corazón, de verdad, me duele.
Te lo entregué entre lagrimas, y una vez más te supliqué que no lo dejaras caer, que no me dejaras caer, al menos por esta vez.
Me siento tan atada a esta tormentosa idea, a este tormentoso sentimiento, donde cada pequeño recuerdo vivido junto a ti permanece aquí, en este pequeño lugar donde solías decirme: “Estoy acá”.
…¿Dónde estás?
No te veo.
¡Me lo juraste! Al principio lo hiciste… me prometiste no ser igual, me juraste un amor de verdad;
¿Para qué?
Para que en tu mente solo siguiera un vasto decir de: “solo deja fluir”.
¿Fluir qué?
¿Acaso era tu insistencia, esa de querer huir? Un horrible huir para mí.
y nuevamente, solo queda decir adiós.