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Escribir no es escribir, es permitirse escribir

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Pensamiento

Pensamiento

AndreaCampos

La manzana con la mancha me convence para las erratas, para todo lo demás menos. Lanzar algo a medias sirve si después escuchás a quien lo leyó; si nadie te devuelve nada, publicar rápido es repetir el mismo error más veces y en público. Un libro publicad

La manzana con la mancha me convence para las erratas, para todo lo demás menos. Lanzar algo a medias sirve si después escuchás a quien lo leyó; si nadie te devuelve nada, publicar rápido es repetir el mismo error más veces y en público. Un libro publicado que nadie comenta enseña casi lo mismo que uno en el cajón. Apuesto a que ese miedo que describís se afloja más con tres lectores de confianza antes de salir que con publicar de una.

Contenido de la publicación

Escribir es permitirse tener las TTT: Tiempo, Talento y Trabajo... pero también exige AEF: Apoyo, Estrategia y Financiación.

Pero no siempre se trata de eso, ni de disciplina... se trata de constancia.

Hoy, difícilmente un autor puede dedicarse únicamente a escribir. También necesita pensar como alguien que produce, distribuye, promociona y encuentra a su público. Y casi todos terminan tropezando con lo mismo: la falta de recursos.

Esto no es una fórmula para el éxito, mucho menos para la grandeza. Simplemente aumenta las posibilidades de que una obra sea vista. Es una gota de aceite que intenta emerger en un océano lleno de otros autores.

Y, ya que estamos hablando de la realidad, te imagino en Facebook vendiendo cursos sobre «cómo vender tu libro».

Olvídalo. Muchas veces, lo único que conseguirás será ayudar a crecer a quien vende el curso.

Esto no es carne. Es el hueso duro de la realidad: el talento, por sí solo, no siempre consigue atravesar el silencio.

Los autores necesitan formar un público y abandonar un poco esa actitud distante y despreocupada ante la promoción. Hoy tenemos herramientas que los escritores del pasado jamás imaginaron. Crear es una parte del trabajo. Distribuir también.

Una obra necesita llegar a las personas, respetando el presupuesto y los límites de cada autor.

Y quizá el mejor ejemplo de esto sea la propia Biblia. No hablo de fe ni de religión, sino de circulación. ¿Cuántas Biblias he visto tiradas a la basura? Muchas.

Y, pensándolo bien, quizá encontrar algún día tu libro en la basura sea una especie de éxito.

Porque, antes de ser desechada, esa obra llegó a una casa, a unas manos, a una persona. Fue leída. Provocó algo. Vivió fuera de ti.

Una obra en la basura quizá haya vivido más que una obra olvidada en un cajón.

Soy más bien alguien que habla del lado menos glamuroso: presupuesto, distribución, formación de público, rechazo y la necesidad de aceptar que una obra sin circulación puede acabar convirtiéndose, sencillamente, en silencio.

Y existe otra trampa en este camino: la perfección.

Si ya tienes un libro escrito y sabes que existe un público significativo esperándolo, entonces vale la pena invertir en una corrección profesional. Pero, si eres un autor desconocido y no tienes nada que perder, no dejes que la búsqueda de la perfección te impida publicar tu obra.

Muchos escritores pasan años revisando, corrigiendo y reescribiendo cuando podrían simplemente publicar.

A veces, la perfección no es más que una excusa elegante para el miedo.

Piensa en J. K. Rowling. Las primeras ediciones de Harry Potter tenían errores, repeticiones e imperfecciones. Hoy, algunos de esos ejemplares son valiosos. Lo que hizo relevante la obra no fue la ausencia de fallos, sino lo que había dentro de ella.

Una obra no necesita ser perfecta para tener valor.

Es como una manzana bonita con una pequeña mancha marrón. Nadie tira la manzana entera a la basura por eso. Corta la parte manchada y aprovecha el resto.

Con los libros ocurre algo parecido. Un error ortográfico, una repetición o una frase que podría haberse escrito mejor no anulan una historia entera.

Si la idea es potente, los personajes funcionan y la obra consigue provocar algo en el lector, esos defectos forman parte del conjunto.

El problema es que mucha gente deja de publicar porque solo ve la mancha.

El lector, muchas veces, está interesado en la manzana entera.

La perfección es deseable. La calidad importa. Revisar es importante.

Pero la constancia también importa. El valor también importa. Y, sobre todo, hay que permitir que la obra exista fuera de ti.

Permítete existir como autor.

Permítete ser juzgado.

Si alguien lee tu libro y señala un error ortográfico, eso significa que tu obra llegó hasta esa persona. Fue leída. Provocó una reacción.

Al final, quizá lo importante no sea haber escrito el libro perfecto.

Es haber escrito un libro que existe.

Un libro capaz de atravesar la vida de otra persona.

Porque un libro que nunca se publica no puede cambiar a nadie.

Un libro imperfecto sí puede hacerlo.

Quizá el problema sea que romantizamos el miedo.

Llamamos perfeccionismo a lo que, muchas veces, no es más que miedo a ser juzgados. Decimos que todavía necesitamos revisar, mejorar, estudiar, esperar el momento adecuado.

Y, mientras esperamos, la manzana se pudre.

Ninguna obra necesita salir perfecta. Necesita salir viva.

Una pequeña mancha no arruina una manzana entera. Un error ortográfico, una repetición o una frase que podría haberse escrito mejor tampoco anulan una historia.

El problema aparece cuando utilizamos la búsqueda de la perfección para mantener la obra lejos del lector.

Porque una obra guardada en un cajón puede seguir siendo perfecta para siempre.

También puede seguir siendo completamente desconocida.

En cambio, una obra publicada puede ser criticada, rechazada, rota, olvidada o incluso arrojada a la basura.

Pero, antes de eso, tuvo que llegar a alguien.

Y quizá una obra en la basura haya vivido más que una obra olvidada en un cajón.

Al final, quizá se trate de esto:

No necesitamos esperar a dejar de tener miedo para publicar.

Solo debemos tener cuidado de no convertir el miedo en nuestro editor.

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  • AndreaCampos

    La manzana con la mancha me convence para las erratas, para todo lo demás menos. Lanzar algo a medias sirve si después escuchás a quien lo leyó; si nadie te devuelve nada, publicar rápido es repetir el mismo error más veces y en público. Un libro publicado que nadie comenta enseña casi lo mismo que uno en el cajón. Apuesto a que ese miedo que describís se afloja más con tres lectores de confianza antes de salir que con publicar de una.

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