15 de julio
7:00 AM
Es lo que ve Damián al despertarse. Realiza su rutina de todos los días y camina hacia la OCP mientras piensa en lo que ha hecho últimamente: alguna visita a Sara, mucho papeleo, algún que otro experimento y un total de cinco apuestas tontas con Román. Perdió las cinco desastrosamente: tres juegos de arrojar una moneda y dos de piedra, papel o tijeras.
—Debo averiguar cómo lo hace. Y, por suerte, parece que todo se ha estabilizado.
Un escalofrío recorre a Damián al recordar los sucesos anteriores.
—Bienvenido.
Los pensamientos de Damián son interrumpidos por el portero, quien lo saluda con una breve sonrisa.
—Buen día, señor.
Damián camina, como todos los días, junto a Román para iniciar su jornada laboral.
—Buen día, Damián.
—Buen día, Román. ¿Qué toca hoy?
—Hoy probarás un nuevo tranquilizante para detener reclusos y amenazas sin necesidad de matarlos o herirlos gravemente.
—¿Probaré? ¿Yo? ¿Y si mejor lo usamos en un recluso?
—Ya lo hicimos. Es efectivo y no tiene efectos secundarios, pero necesitamos sacar información que no es muy fiable si se la preguntamos directamente a los reclusos.
Damián suspira.
—Está bien. ¿Y cuánto dura este tranquilizante?
—Ocho horas aproximadamente.
—Está bien, terminemos con esto. Solo déjame decirle a mi madre que llegaré un poco más tarde hoy.
Dice Damián mientras saca su celular para enviarle un mensaje.
—Bien. ¿Dónde dormiré?
—Ven por aquí, Damián.
Ambos entran en una sala de aproximadamente cinco metros de largo y cinco de ancho, con una silla en el medio.
—Asumo que ese asiento es mío.
—Así es. Luego de administrarte el tranquilizante, iré a terminar más papeleo. No te asustes cuando despiertes si no me ves.
Dice Román mientras lo sienta en la silla.
—¿Estás seguro de que esa cosa no tiene efectos secundarios?
—Claro que lo estoy.
Dice Román mientras pincha el brazo de Damián con la aguja.
—Casi.
Damián, un poco molesto, intenta hablar, pero las palabras comienzan a salirle cada vez más lentas.
—¿Cómo que cas…?
Sus ojos se cierran antes de poder terminar la pregunta. Su cuerpo pierde fuerza y queda completamente dormido sobre la silla.
Román retira la aguja y se asegura de que Damián esté respirando con normalidad antes de salir de la habitación y caminar hasta la zona de escritorios para hacer papeleo. Allí también se encuentra Hernán, quien está haciendo parte de su trabajo.
—¿Hoy no viene Damián?
—No, Hernán. Hoy no. Le administré un tranquilizante en fase de prueba para que nos informe qué siente.
—¿Eso no le hará daño?
—No, imposible. Ya lo probamos en muchos reclusos antes que él. Estará en perfectas condiciones al despertar.
—Ya veo.
—Apuesto cincuenta a que puedo terminar lo mío antes que lo tuyo.
Dice Román mientras señala una gran montaña de papeles, mucho más grande que la pila que ya ha empezado a revisar Hernán.
—Que sean setenta.
Responde Hernán, entusiasmado por el desafío.
Damián despierta. Una alarma lo despierta junto con una luz roja que parpadea al ritmo de esta.
—Qué interesante forma de despertarme.
Dice Damián mientras se levanta y camina hacia la puerta.
—¿No te parece una broma de mal gusto? Intentar asustarme con una…
Damián abre la puerta que da al pasillo, solo para encontrarse con un charco de sangre.
—Alarma.
La alarma no se detiene. Las luces rojas dominan la totalidad del complejo.
Damián mira a su alrededor, completamente impactado.
Sangre en las paredes.
Ningún cuerpo.
—¿Qué mierda pasó acá?
Su voz tiembla.
Cierra la puerta rápidamente y comienza a alejarse, tropezando con sus propios pasos. Instintivamente, mete una mano en el bolsillo y saca su celular.
16:12 PM.
Tiene dos mensajes sin leer.
Uno de su madre.
El otro, de Hernán.
Cosas fuera de la obra: como siempre muchas gracias, aprecio sus opiniones y me encantaría que las dejasen en los comentarios.