Hay cosas que no se dicen,
pero pesan más que un grito.
Se quedan flotando en el aire,
entre un “hola” tibio
y un silencio demasiado largo.
Nada alcanza,
nada es suficiente,
y yo me vuelvo intérprete
de tus pocas palabras,
buscando calor donde hay invierno.
A veces creo que intentás,
que en algún rincón tuyo
hay una intención que no sabe salir,
como manos atadas
que quieren tocar y no pueden.
Y otras veces…
me pregunto si soy yo
inventando esfuerzo
para no aceptar lo que duele.
Porque aceptar
es mirar de frente
que tal vez ya no hay amor,
que lo nuestro respira por costumbre,
como una casa habitada
pero sin luz.
¿En qué pensás
cuando te perdés en tu trabajo,
cuando el cuerpo te duele
y aun así no frenás?
¿De qué te escapás
cuando elegís el cansancio
antes que mirarme a los ojos?
Hay algo en vos
que se aleja cuando me acerco,
como si querer fuera peligro,
como si el amor
fuera una trampa suave
de la que preferís huir.
Y yo acá,
tratando de entender
si es rechazo,
si es miedo,
o si simplemente
dejaste de sentir.
Y lo más triste
no es la distancia,
ni el frío,
ni siquiera el silencio…
es no
saber
si alguna vez
estuviste realmente conmigo.