Ombe, a mí me tocó cinco de la mañana y nunca lo vi así de bonito. Escribís como desde el lado lindo. De mi lado solo hay ganas de dormir y contar pesos.
Entre el primer sorbo y el abismo
Nos levantamos de la cama más o menos a las cinco de la mañana, hora en la que comienza el día de muchos colombianos y personas que trabajan día a día no solo por sueños, sino más precisamente por…
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Pensamiento
Ombe, a mí me tocó cinco de la mañana y nunca lo vi así de bonito. Escribís como desde el lado lindo. De mi lado solo hay ganas de dormir y contar pesos.
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Nos levantamos de la cama más o menos a las cinco de la mañana, hora en la que comienza el día de muchos colombianos y personas que trabajan día a día no solo por sueños, sino más precisamente por la necesidad: los servicios, el mercado quincenal, el refrigerio de los niños o el mismo transporte público que se paga con una gran porción de un salario que toca hacer rendir.
Desde el cielo azulado mañanero aún, se respira un aire gélido; por lo menos en la capital, las personas enchaquetadas con sus audífonos buscan una forma de armonizar el desconcierto de haberse levantado por el aturdimiento de las alarmas y el desarmónico pensar en los fracasos o, en casos más positivos, en los objetivos y metas del hoy. O también un poco de cada energía y sentimiento que termina en un choque dialéctico de las diferentes personalidades de esa voz que no es voz, pero que naturalmente nos habla; muchos dicen que es uno mismo; otros, que es un ser que habita dentro de nosotros. Lo cierto es que está más presente que cualquier ambición o preocupación reiterada.
La mañana sigue su curso; la cama hace ojitos cariñosos y calurosos en los que el instinto genuino del cuerpo y del placer arremeten para poder compartir un rato más; la cobija destendida también oscila en ese campo de atracción entre el ser y el no ser: es una espectadora que quiere arropar o ser doblada. La mente y el cuerpo, aún dispersos, revisan el celular: primero para confirmar la hora y, posterior a saciar esa preocupación, ver si hay notificaciones de alguien a quien uno aprecia o también si la foto subida sobre el viaje o la sesión de fotos tuvo la suficiente repercusión mediática de un influencer actual. En mi caso, 15 likes: un público fiel y exigente al que le interesa muchísimo la vida de uno... o bueno, por lo menos le preocupa interactuar sin ver. A decir verdad, el teléfono se convirtió en el transmisor de una nueva realidad en las mañanas y en el día a día de trabajadores, estudiantes, deportistas, políticos, jefes, animales, libros, cargadores, mesas e incluso botellas plásticas vacías.
Así comienza el día de muchos: acompañados con un café, ya sea hogareño, preparado en la olleta que es un sortilegio familiar o una personificación casi divina encomendada por el Dios que se predica; o, en su defecto, en el puesto de la vecina morena, ama de casa con una energía rebosante que prepara delicias en su puesto ambulante, vendiendo pericos y tintos acompañados de cigarrillos, papas o chicles de 200 pesos (o bueno, eso hace un par de años). Y, por supuesto, con esa energía más que iluminadora en los días angustiantes que se pasan acompañados del humo de la bebida cálida en el frívolo despertar de la ciudad.
Las mañanas colombianas terminan siendo un retrato generacional: quizá el cafecito caliente y llenador sea una forma hermosa de recordar a nuestros padres, abuelos o hermanos. No es solo una bebida; es más un retrato intrínseco de cada hogar y espacio. Pero ojo: también hay personas que a esas horas anhelan una guadaña fría, una lluvia torrencial similar al contexto, una botella con agua e hielo, un energizante con azúcares procesados o sueros ideales para la deshidratación que, al fin y al cabo, les gusta para acompañar el día. El acompañamiento celestial del café y el cigarro también puede tener una faceta plural, un antónimo y antagonista: el agua con chicle o mentas, el energizante con chocolatina y gomitas.
Cada persona decide cómo iniciar su día: lleno de preocupaciones, sueños, ambiciones y retos; con algo cálido o, por el contrario, con algo más energizante. Aunque diferentes, no desligan al individuo de su cabeza: cada uno, en su naturaleza distinta, busca retratar y pincelar la diana de su resquemor y oportunidad, donde la flecha del pasaje y del proceso se encamine a un destino rojo y central anímico, lleno de libertad... o bueno, a pagar el pasaje del TransMilenio y llegar a la casa después del caos de la hora pico y sus extravagantes olores, narcisos pasajeros y la severa problemática de la invasión al espacio personal.
Aún así, los pasajeros comparten una idea común aunque distante por el simple hecho de ser cada uno un universo autónomo: los sueños, las metas, los anhelos, la angustia y la poca carga del celular. Aunque algunos aparenten estar vacíos, son el reflejo de una sociedad inflexible. La sociedad dentro de la ciudad —mejor dicho, del país— madruga no para servir a una entidad específica, sino para satisfacer y poco a poco encontrar una pieza que encaje con la felicidad, con el esfuerzo y, por sobre todo, con la risa del otro.
Al final de todo uno se mira al espejo, pero mira más a los demás. Cálidos o frívolos, la diferencia los hace puros y uno termina compartiendo no solo con la mente propia, sino también con la proyección del otro. Dentro de la desigualdad y las preocupaciones, todos comparten un espacio que, aunque mínimo, podría considerarse ocio: tomarse algo, el pequeño momento en donde la vida productiva se pausa y los latentes pensamientos abordan y transforman a cada individuo. Unos hablan con otros sobre qué tal la mañana, qué tal el turno y el amanecer arrugado con la cama, aunque interiormente luchan con sus angustias, préstamos por pagar, supersticiones sobre su compañero de vida o la idea de qué harán sus hijos. Otros piensan en cuándo pagan, porque esa quincena vencida es larga y áspera, y más si esta se paga anticipada por la secuencia de festivos y fines de semana que dan alegría y después lo dejan a uno pelado.
El ritmo íntimo de una comunidad fragmentada por los problemas converge en el día a día: en el vecino que sonríe mientras sopla el tinto, o en el joven que apresurado toma un sorbo del congelado jugo que preparó en su casa. La vida sigue, los pensamientos encaminan y hacen tropezar. Lo impactante de estas mañanas es que el caótico mundo urbano se reduce a una tensión intensa entre unos y otros. La piedra del tropezar enamora y el pequeño ocio o pausa termina encaminando la intención del día; los problemas individuales terminan camuflando lo que socialmente nos hace infelices. Parece casi un adoctrinamiento perfecto: preocúpese por lo que le hace daño y olvide lo demás; venda su alma a su cabeza y deje atrás las decisiones que le incumben pero que no son tan importantes como votar, luchar o resistir; preocúpese más por lo que va a comer esta noche o por la matrícula de los niños. Disfrute cinco minutos para que después no lo haga el resto del día; sea productivo y, no se le olvide, nunca participe en las decisiones de su país.
¿Será mejor invitar a tomar al otro un poco de lo que nos gusta y darse también la oportunidad de probar lo que a él le agrada? Entender al otro, respetarlo, valorarlo...
Thoughts
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PermalinkOmbe, a mí me tocó cinco de la mañana y nunca lo vi así de bonito. Escribís como desde el lado lindo. De mi lado solo hay ganas de dormir y contar pesos.
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PermalinkEn Lima es lo mismo pero sin la poesía. El café es porque sin café no se puede, no porque sea tradición hermosa.
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Permalink¿Y quién decide que la madrugada sea a las cinco? Pregunto porque siempre que alguien madruga, otro se quedó durmiendo para que fuera posible.