No era una metáfora exagerada, ni una forma poética de decir que estaba perdida: era, más bien, una manera silenciosa de existir. Vivía de espaldas al mundo, como si todo lo importante ocurriera detrás de ella y no adelante. Miraba sin ver del todo, escuchaba como si los sonidos llegaran con eco, y sentía… sentía siempre un segundo tarde.
Había aprendido a caminar así, con el corazón apuntando hacia atrás, aferrado a lo que fue, a lo que pudo haber sido, a lo que nunca terminó de irse. Mientras los demás avanzaban, ella parecía retroceder sin moverse, atrapada en recuerdos que le susurraban más fuerte que cualquier presente.
No era tristeza exactamente. Era otra cosa. Una forma extraña de nostalgia constante, como si su alma no entendiera el idioma del ahora. Y aun así, seguía. Porque incluso al revés, incluso de espaldas, seguía latiendo.