Poco a poco, el tiempo se volvió un hilo invisible que me ataba, se tensaba y se enredaba.Lo mismo ocurrió con las palabras. Cada una brotaba de mi interior y caía al vacío. Alborotada por las emociones y los sentimientos, fui auxiliada por un cuaderno, donde sabía que cada una de ellas se mantendría a salvo; un encuentro que se adueñó de mi vida.
Empecé con miedo de manchar las hojas blancas. Cuando aquella misma sensación brotó de mí, una señal que compredí; agarré el lápiz desgastado y comencé a dar trazos, algunos más altos que otros, incluso más anchos, repletos de garabatos y mala caligrafía.
Un grito ahogado, lleno de nostalgia y tragedia, resonó dentro de mis escritos. Las hojas empezaron a llenarse, el grosor del cuaderno aumentó: dos puentes que unían mi pasado. Dando pasos con cautela, me acercaba a la luz y, cuando sentí el destello, me detuve.