Hay amores que se van, amores que no se olvidan, con cada abrazo, con cada beso, con cada llanto, hay amores que no se olvidan.
Triste no es enamorarse, triste es ver que un día ya no está entre mis brazos, se nubla el cielo, el sol se esconde, ya no hay llamadas, los mensajes quedan en visto.
Triste no es enamorarse, triste es lamentarse después de haberla perdido, de no haber visto los errores, el daño que ocasioné con mi desprecio.
No importa cuánto llore, cuánto la extrañe, ella ya no está, ella se fue.
Qué nostalgia es recorrer esos lugares que solíamos caminar a escondidas, por el miedo a que la gente nos vea juntos, porque éramos dos amores prohibidos.
Recordar el primer beso, en aquella fría noche, con los nervios de que tal vez no nos gustáramos lo suficiente como para darnos un beso.
Los perros ladraban ante nuestra presencia, el aire silbaba en nuestros oídos y los grillos cantaban.
Aquellos faros de luz que se veían a lo lejos, el árbol en cuyo tronco nos apoyábamos, son los testigos de que ahí hubo amor.
Éramos tan inocentes, inocentes enamorados, inocentes que amaban, inocentes que se querían casar.
Pero poco duró la novela, no hubo tiempo para escribir el siguiente capítulo.
Autor: Jhon Franklin Gamarra Espinoza