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EL SABOR DE LA YERBA AJENA

agustin
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Pensamiento

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cada vez que Gonzalo entra a una escena me aparece un gato que zarpé a revisar la recepción, cómo es que termina el capítulo

cada vez que Gonzalo entra a una escena me aparece un gato que zarpé a revisar la recepción, cómo es que termina el capítulo

Contenido de la publicación

REPARTO:

  • HERNÁN (60 años): El padre. Aparenta ser un jubilado apasionado del tango, la plena y las picadas. Su fachada es perfecta.

  • CLARA (58 años): La madre. Integra la comisión del barrio, cocina buñuelos de alga en la costa y toma mate con cascarita de naranja.

  • AGUSTÍN (25 años): El hijo menor. Nacido en Uruguay en 2001, habla con un tono absolutamente montevideano y juega al fútbol en un club de barrio.

  • GONZALO (62 años): El vecino uruguayo de toda la vida. Compadre de Hernán, compañero de asados, pescas en el muelle y bailes de plena.

  • CANDELA (24 años): La novia uruguaya de Agustín. Curiosa, observadora y muy metida en la casa.

  • AGENTE "EL CORRENTINO" (45 años): Contacto de la inteligencia argentina que llega a exigir el cierre de la operación.

ACTO I: LA VECINDAD DEL RAMBLAZO

(Escenario: El patio trasero de una casa humilde y acogedora en un barrio costero de Montevideo. Hay un parral, una mesa de madera golpeada por los años, una parrilla al fondo y una radio antigua donde suena a volumen moderado una plena de Karibe con K. Es un atardecer cálido de 2026).

(Clara está sentada en una silla de playa lavando un mate de calabaza con un termo bajo el brazo. Hernán, en chancletas y shorts, mueve unas brasas en la parrilla con calma de experto).

CLARA: (Gritando hacia la casa) ¡Agustín! ¡Traé la termo de repuesto que se nos apaga el agua! Y poné a calentar un par de bizcochos de los de grasa, que Gonzalo no tarda en caer.

HERNÁN: (Riendo suavemente, soplando el humo de la parrilla) No te preocupes que Gonzalo huele la leña prendida desde la esquina. Ya debe de estar bajando con la botella de medio y medio.

(Entra Gonzalo por el pasillo lateral sin golpear, como si fuera su propia casa. Trae un bolso con carnada y una botella).

GONZALO: ¡Salú la barra! ¡Qué dice esa gente! Miren lo que traje: puyas frescas para ir al muelle más tarde, y este medio y medio bien helado de la bodega de la esquina.

CLARA: (Sonriendo con calidez) ¡Qué grande, Gonzalito! Asentate ahí. Hernán tiene los matambritos casi listos. Decime una cosa, ¿viste si la murga sigue ensayando en el club?

GONZALO: Ayer estuvieron hasta las dos de la mañana, Clarita. Unas baterías que te rompen la cabeza. Por cierto, Hernán, ¿escuchaste el partido de Peñarol anoche? Un desastre la defensa.

HERNÁN: (Poniendo la mano en el pecho con gesto dramático, usando un acento uruguayo impecable y rioplatense) ¡Ni me lo recuerdes, che! Me dejó un amargor en la boca que ni con tres termos de yerba Canarias se me quita. Yo le dije a mi chiquilín: si no cerramos el medio campo, nos caminan por arriba.

(Entra Agustín cargando un bolso deportivo y tirándolo en el suelo, seguido por Candela).

AGUSTÍN: ¡Buenas! Papá, no le eches la culpa al medio campo que el técnico no sabe dónde está parado. Candela dice que en la cancha de Defensor el viento jugaba a favor de ellos.

CANDELA: (Saludando a todos con un beso en la mejilla) Buenas tardes a todos. Clara, trajimos unos bizcochos de queso que acabamos de comprar en la panadería de la esquina.

CLARA: ¡Qué luz, mija! Vengan, siéntense. Agustín, poné a bailar a tu madre, dale, subile a la radio.

(Agustín le sube al dial. La plena suena con fuerza. Hernán saca a bailar a Clara en el medio del patio. Dan vueltas con soltura, haciendo los pasos típicos de la plena montevideana, riéndose. Gonzalo aplaude el ritmo con las palmas mientras sirve el medio y medio en vasos de vidrio).

GONZALO: ¡Qué lindo verlos así! Pensar que cuando llegaron en el 2000, rajando de la crisis de allá enfrente, venían con una mano atrás y otra adelante, asustados con el corralito y el lío en Buenos Aires. Y miren ahora: 26 años acá, más orientales que el mate amargo.

HERNÁN: (Frenando el baile pero sonriendo) Y sí, Gonzalito. Uruguay nos dio de comer cuando allá la cosa era un incendio. Ya somos parte del paisaje.

CANDELA: (Mirando fijamente una libreta de notas vieja que asoma del bolso deportivo de Agustín) Che, Agustín... ¿esta libreta vieja de quién es? La encontré en el mueble del pasillo cuando fui al baño.

(El ambiente en la mesa cambia sutilmente. La sonrisa de Clara se congela un segundo, pero vuelve de inmediato. Hernán intercambia una mirada imperceptible con su esposa).

AGUSTÍN: (Buscando quitarle importancia) Ah, debe ser de papá, cosas viejas del taller mecánico.

CANDELA: (Hojeando distraídamente) No sabía que tu papá escribía en clave, o que usaba sellos de la Secretaría de Inteligencia de Estado de Argentina del año 1999... Hay mapas del puerto de Montevideo con marcas rojas.

(Silencio repentino en el patio. La radio sigue sonando la plena de fondo, pero nadie se mueve).

ACTO II: LAS CAPAS DE LA CEBOLLA

GONZALO: (Riendo con ganas, rompiendo la tensión) ¡Pero qué vas a decir, Candela! Hernán no sabe ni usar el control remoto del televisor. Dejate de decir disparates, mija.

HERNÁN: (Con serenidad profesional, acercándose a la mesa) A ver, prestame eso, Cande. Ah, sí... Eso era de mi tío abuelo. Cuando vinimos en el 2000 nos trajimos unas cajas llenas de papeles viejos para prender el fuego del asado. Ni me acordaba de que estaba ahí.

CANDELA: (Sin soltar la libreta, mirando fijamente a Hernán) Es raro, Don Hernán. Porque las fechas de los registros llegan hasta el mes pasado. Hay anotaciones de las frecuencias de radio de la Armada Nacional uruguaya y listas con los nombres de todos los políticos que van a comer a la taberna del puerto.

AGUSTÍN: (Confundido, mirando a sus padres) ¿De qué habla, Candela? Papá, ¿qué es esa libreta?

CLARA: (Apagando la radio bruscamente. El silencio se vuelve pesado y tenso) Candela, mija... Hay cosas en las que es mejor no rascar si no se quiere encontrar tierra.

GONZALO: (Sorprendido, poniéndose de pie) ¿Qué pasa acá, Clara? ¿Qué clase de chiste es este? Somos vecinos hace veintiséis años. Les presté mi bote, fui el padrino de confirmación de Agustín, bailamos en todos los cumpleaños...

(Se escuchan pasos pesados desde el pasillo lateral. Entra un hombre alto, vestido con traje oscuro pese al calor, sosteniendo una carpeta de cuero. Es el Agente "El Correntino").

EL CORRENTINO: (Con un acento porteño marcado, tajante y frío) Buenas tardes a la mesa. Veo que se adelantó la reunión de entrega. Capitán Hernán, Capitana Clara... Tienen tres horas para desmantelar la estación. La orden de retiro vino directamente de Buenos Aires. La cobertura está comprometida.

AGUSTÍN: (Aterrado, dando un paso atrás) ¿Capitán? ¿De qué habla este tipo? ¡Papá, decile que se vaya!

HERNÁN: (Cambiando drásticamente su postura. Su postura encorvada de jubilado desaparece; se yergue firme, su voz pierde el acento uruguayo y adopta un tono porteño seco, militar y cortante) Silencio, Agustín.

(Agustín y Gonzalo dan un paso atrás, impactados por el cambio de tono).

GONZALO: (Con la voz temblorosa) Hernán... ¿quién sos vos?

HERNÁN: Soy el Oficial de Inteligencia Hernán Morales, adscrito a la red exterior de recopilación estratégica desde 1998. Y esta es la agente Clara, mi esposa y oficial de comunicaciones.

ACTO III: VEINTISÉIS AÑOS DE FANTASMÁRICA

CLARA: (Con lágrimas sinceras en los ojos, mirando a Gonzalo y a Agustín, pero manteniendo la rigidez militar) Nos enviaron en el 2000, durante el colapso. La fachada perfecta era ser una familia de refugiados económicos. Nos dijeron que estaríamos tres años recabando datos de la infraestructura portuaria uruguaya para el ministerio. Pero pasaron los gobiernos, pasaron las décadas... y nos dejaron aquí olvidados. Nos convertimos en la nada.

AGUSTÍN: (Con rabia, con lágrimas rodándole por las mejillas) ¡¿Me criaron en una mentira?! ¡Yo nací acá! ¡Soy uruguayo! ¡Iba a la escuela con la escarapela artiguista en el pecho mientras ustedes enviaban informes a Buenos Aires!

EL CORRENTINO: El chico no sabe nada, como corresponde. Capitán, la camioneta los espera a dos cuadras. Hay que quemar los archivos del taller y subir al barco nocturno hacia Buenos Aires. La misión terminó.

GONZALO: (Apremiado por el dolor y la traición) ¿Veintiséis años de amistad fueron una misión? Las tardes de pesca, el mate, la plena... ¿Todo era actuado? ¿Todo era para sacarme información del puerto donde trabajo?

HERNÁN: (Lentamente se acerca a la parrilla, toma el mate de la mesa y lo mira con melancolía) Al principio sí, Gonzalo. Al principio cada asado contigo era un reporte para el comando. Pero después de cinco años... nos dejamos de engañar. Mi patria real ya no era la que me pagaba el sueldo por una cuenta fantasma. Mi patria eran estos buñuelos de alga, la plena sonando los domingos, el acento de mi hijo diciendo 'bo' y 'che'. Aprendí a amar este país más que a la bandera que me dio esta chapa.

EL CORRENTINO: Deje las sensiblerías, Morales. Nos vamos. Ordene sus cosas.

CLARA: (Sacando un revólver pequeño de la falda de su vestido de flores y apuntando con mano firme pero temblorosa al Correntino) No nos vamos a ningún lado.

EL CORRENTINO: (Sorprendido, bajando la mano hacia su saco) Agente Clara... eso es alta traición.

CLARA: Alta traición fue dejarnos veintiséis años olvidados en una casa de barrio, fingiendo ser lo que terminamos convirtiéndonos. Yo ya no sé ser argentina. Mi casa es esta. Mis vecinos son estos. Mi hijo es un muchacho de Montevideo y no voy a permitir que destruyan su vida por un archivo lleno de polvo de un país que nos olvidó.

HERNÁN: (Avanzando y poniéndose al lado de su esposa, mirando al Correntino) Vete de mi patio. Dile a tus superiores que el Capitán Morales y la Agente Clara murieron hace mucho tiempo. Que aquí solo quedan dos viejos que bailan plena y toman mate en la rambla.

(El Correntino observa la determinación de ambos, mira la pistola de Clara, luego mira a Gonzalo que sostiene una botella rota con gesto amenazante y a Agustín parado con firmeza).

EL CORRENTINO: (Ajustándose la corbata, frío) Serán borrados del escalafón. No hay jubilación, no hay patria que los proteja. Se quedan sin nada.

HERNÁN: Tenemos este patio. Con eso nos alcanza.

(El Correntino da media vuelta y camina rápido hacia el pasillo hasta desaparecer. Silencio prolongado).

ACTO IV: EL MATE Y LA PATRIA

(Clara guarda el arma entre las mantas del sofá. Gonzalo la mira, luego mira a Hernán. Agustín se sienta en la mesa, hundiendo la cabeza entre las manos).

CANDELA: (Suavemente, tomando la mano de Agustín) Tranquilo, Agus...

GONZALO: (Respirando hondo, mirando a su amigo de veintiséis años) Así que... espías. Espías argentinos que terminaron bailando plena mejor que cualquier oriental de pura cepa.

HERNÁN: (Con una sonrisa triste, su tono vuelve a ser el del uruguayo de barrio) Perdoname, Gonzalito. Si querés llamar a la policía o a la prefectura... lo voy a entender.

GONZALO: (Camina hacia la parrilla, saca las brasas y luego se acerca a la radio. Le vuelve a subir el volumen a la plena. Toma su vaso de medio y medio). ¿A la policía? ¿Para qué? ¿Para que me saquen al único tipo de este barrio que sabe hacer un matambre a la leche como la gente? Dejate de embromar, Hernán. El pasado me importa un pito. Lo que me importa es que este muchacho (señalando a Agustín) es como mi sobrino, y no voy a dejar que se quede sin padres por un par de papeles viejos.

CLARA: (Conmovida, abrazando a Gonzalo con fuerza) Gracias, Gonzalo... Gracias de verdad.

AGUSTÍN: (Levantando la cabeza, mirando a sus padres) ¿Se quedan? ¿De verdad se quedan?

HERNÁN: (Sentándose al lado de su hijo y pasándole el brazo por los hombros) Nos quedamos, mijo. De acá no nos saca nadie. Nuestra guerra terminó hace veintiséis años y ganaste vos.

(Hernán toma la caldera, le sirve agua caliente al mate y se lo pasa a Gonzalo. Gonzalo lo recibe, prueba un sorbo largo y sonríe).

GONZALO: Está medio amargo este mate, Hernán... Pero es de los nuestros.

(La plena llena la escena de ritmo. Hernán toma a Clara de la mano y vuelven a bailar lentamente en el centro del patio mientras el sol termina de caer sobre Montevideo).

TELÓN

Thoughts

  • Yolanda_M

    A veces pienso si la gente que trabaja conmigo treinta y cuatro años conoce mi verdadero nombre, o si toda mi vida fue una telenovela que no conté. Leer esto me hizo acordar de eso.

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  • RominaB84

    Gonzalo es lo mejor de todo. Cuando alguien elige quedarse sin que nadie le pida, eso es amor de verdad.

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  • Nicanor

    ¿Y si realmente hay gente así? Quiero decir, ¿argentinos espías que eligieron Uruguay? Eso suena más real que la mayoría de lo que leo aquí.

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  • relatoBreve

    treinta y cuatro años de amistad en un asado y un mate, valga la pena

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  • quintopiso

    Lo que me quedó fue eso del mate al final. Después de todo lo pesado, Gonzalo probando ese mate amargo y diciendo 'es de los nuestros'. No era perdón ni era olvido. Era seguir siendo vecinos en el mismo patio.

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  • pnavarro64

    ¿Ustedes creen que Clara durmió bien una sola noche en veintiséis años sabiendo? Porque yo no estaría tranquilo ni un segundo.

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  • paginaDoblada

    cada vez que Gonzalo entra a una escena me aparece un gato que zarpé a revisar la recepción, cómo es que termina el capítulo

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  • melisaenlacola

    la primera mitad me duró una fila del banco entera, la segunda tuvo más paradas. buena proporción

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